Un,dos,tres... CUENTOS
Cuentos y textos diversos de Egosum y otros WEBS PROFESIONALES: http://clinica-psicomedica.iespana.es http://alario1.blogspot.com http://nohaymentesincerebro.blogspot.com
Datos personales
Un cordial saludo: Aunque tengo inéditas bastantes novelas y cuentos, lo que sigue representa lo que he publicado hasta la fecha (en Grafein y promolibro ), además de "La conciencia de la bestia" (finalista del Premio Planeta en 1997 y autoeditada, como las demás obras en lulu).
lunes, octubre 31, 2005
SOBRE EL AMOR
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Empujar
una hoja
de aire
y escribir
en ella
un síntoma.
Vicente Ponce, Síntoma
en INSTRUCCIONES PARA
MIRAR EL SILENCIO
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Sobre el amor: una cuestión de adjetivación
Empujar
una hoja
de aire
y escribir
en ella
un síntoma.
Vicente Ponce, Síntoma
en INSTRUCCIONES PARA
MIRAR EL SILENCIO
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Sobre el amor: una cuestión de adjetivación
Esto me lo dijo un día mi amigo Martín Sepulcro del Lobo:“Ellas, cuando han dejado de amarnos, inmediatamente nos odian (porque lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia) y, de forma unánime hasta donde abarca mi experiencia, dicen que estamos locos, que somos borrachos y maricones... Cuando nos querían nos adjetivaban de otra manera.
Nosotros, cuando hemos dejado de amarlas y las odiamos, decimos, también con unanimidad, que son banales, materialistas y putas... Cuando las queríamos les colgábamos mejores adjetivos”.
Yo le contesté que, al menos en ese sentido, el amor podía ser una cuestión de adjetivación.El asintió con poca convicción y fue a la suya, comentando que ya lo había dicho Josep Plá, que el ser menos romántico del universo era la mujer, por materialismo puro, ya que ellas solamente buscaban la seguridad. Esta se entendía, claro, en el buen trato y en la economía.
Bueno, pensé yo que en ese sentido éramos bastante parecidos.
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domingo, octubre 30, 2005
LA CONCIENCIA DE LA BESTIA de Egosum, Finalista del Premio Planeta de Novela de 1997 (www.parisvalencia.com)
DEPOSICIONES PLANETARIAS
Recientemente se falló el Premio Planeta de Novela del 2005, suscitando más polémica que nunca, pese a que es una replicación del constante amañamiento, injusticia y vacuidad de los premios literarios actuales. Solo muy pocos, que sirven al mercantilismo editorial, van a poder tener los dones de las publicación y de la difusión de sus escritos, a despecho de que sus productos sean hueros, pésimos en forma y contenido, deleznables de todo punto, en suma, y contribuyan claramente a la intensificación de la idiocia general y creciente de los tiempos que vivimos: uno que no piensa no puede criticar y, por lo tanto, ejercer oposición a ese monstruo de poder global que nos ahoga al límite.
Resulta patético que en una época en que la información es pletórica en medios, los contenidos sean tan pobres, vulgares y falaces. El que los premios literarios estén amañados se ha denunciado repetidamente: por ejemplo, en una revista litaria seria, se comunicaba no hace mucho que, en su momento, Vargas Llosa no pudo terminar a tiempo la obra que Planeta le encargó y le dieron el premio a Sánchez Dragó, pero sí se lo concedieron al latinoamericano al año siguiente. Recordemos plagios de famosos, negros en las sombras y lo que vino después: concesiones por la moda, los amiguismos de siempre y los premios se nos llevaron de “niñas bonitas” y “lindos niños” que llenaron con sus letras de escoria las páginas que un público ganso y desinformado consumía, posiblemente, creyendo tener entre manos el mejor producto de las letras hispanas y no una pestilente excreta.
Lo que dijo Juan Marsé públicamente, que a esa gente le gusta la vida literaria y no la literatura; sí, y a los editores les gusta el euro no la palabra. Después de Torrente Ballester y de Muñoz Molina no hubo nada que apreciase en esos premios, conclusión que tengo respecto al gris común de las publicaciones que hoy en día suelo leer: son muy pocas las que te despiertan algún interés, no digamos las que me hagan vibrar con su magia. Salvo algunos casos, siempre nos quedan los clásicos.
Que se amañe un premio para un autor consagrado es algo que no puede defenderse, aunque su calidad y su obra puedan hacernos desviar la mirada o entibiar la crítica; que nunca se lo den a alguien desconocido es algo asumido, tan cierto como que el hombre duerme, pero que solamente prosperen los mismos, acates al sistema, es algo muy grave, una indignidad. Esta es una forma más de la injusticia e inmoralidad propias de un mundo esquizofrénico, que recompensa al revés, que se destruye y muere por el poder que cuatro porfían por mantener y acrecentar en este mismo mundo caótico que ellos han generado.
En suma, tratemos de hacer nuestro pequeño espacio personal en este panorama umbrío, sigamos escribiendo los que amamos la literatura, aunque la cosa vaya a peor y no tenga remedio.
Adenda: En 1997 quedé finalista en este mismo premio con La Conciencia de la Bestia y me enteré casi un año después por casualidad, al decírmelo uno de mis profesores. La publiqué a título personal, aunque tenía editor (lo cual fue un error dado que la inexistencia de sello editorial limita muchísimo las posibilidades de un libro) y me dediqué a escribir temas profesionales (ahí no hubo ningún problema). Ganaron José Manuel de Prada y Carmen Rigal y, sinceramente, no pude pasar de las dos primeras páginas de sus novelas. Del primero después leí Coños y me gustó, no me entusiasmó (no es raro este sentimiento ante lo que leo) y nada más, por lo cual no puedo ni quiero hacer ningún juicio cabal sobre el uno o sobre la otra.
En definitiva, después vinieron dos volúmenes en Grafein (Así escribo mi ciudad y 32 maneras de escribir un viaje, están en posts anteriores junto con La Conciencia de la Bestia) con otros autores y nada más, de momento, aunque están en el cajón varias novelas acabadas y muchos cuentos que posiblemente nunca verán la luz (alguna cosa distinta puede haber en un futuro). Tampoco me empeñé esforzarme en publicar, mi cráneo estuvo mucho más interesado siempre en mi profesión.
Que me hubiera gustado un Planeta, por supuesto, nadie lo negaría, porque, entre otras cosas, escribimos por el motivo que hacemos muchas cosas en esta vida, para tener éxito, para tener eso que se llama admiración. Es así y quien lo niegue, miente.
Nada, un saludo a todos y a más ver.
Salvador Alario Bataller, Egosum.
LA CONCIENCIA DE LA BESTIA:
http://elloboylaluna.blogspot.com
sábado, octubre 29, 2005
EL LECTOR
DE CUENTOS COMPLETOS
(obra registrada)
(obra registrada)
Siempre al caer la noche, porque nuestro hombre era de hábitos nocturnos, entraba en la biblioteca y se sentaba en el sillón orejero, junto al añoso escritorio. Un espacio de luz suficiente iluminaba sus lecturas, desde la lámpara multicolor que tenía cerca. Enfrente, a unos dos metros de altura, una tulipa malva afianzada a la madera tallada, iluminaba tenue anaqueles repletos de libros y, un poco más arriba, las sombras se espesaban en altas estanterías que la vista no alcanzaba. Aún así, él sabía el lugar exacto donde encontrar los Miserables o el Ulises.
Muy consciente del privilegio, sus horas pasaban raudas en el placer de la lectura. Apenas esa vecindad -y también las dos veces que estuvo enamorado-, le acercaba al ajeno mundo exterior. Este apenas se prefiguraba en la alquímica caligrafía de los libros.
En cada ocasión, en aquella atmósfera sellada y dilecta, no podía orillar el sentimiento de que otrora, en una vida pasada quizás, ya había estado allí, como ahora, cuando las conversaciones con la página escrita le eran más beneficiosas que la música de lo empíreo o el suave rumor de un río; así mismo, porfiaba en que retornaría a ese mismo sitio al final de todo, cuando sus pasos se confundiesen con su destino.
Muy consciente del privilegio, sus horas pasaban raudas en el placer de la lectura. Apenas esa vecindad -y también las dos veces que estuvo enamorado-, le acercaba al ajeno mundo exterior. Este apenas se prefiguraba en la alquímica caligrafía de los libros.
En cada ocasión, en aquella atmósfera sellada y dilecta, no podía orillar el sentimiento de que otrora, en una vida pasada quizás, ya había estado allí, como ahora, cuando las conversaciones con la página escrita le eran más beneficiosas que la música de lo empíreo o el suave rumor de un río; así mismo, porfiaba en que retornaría a ese mismo sitio al final de todo, cuando sus pasos se confundiesen con su destino.
Salvador Alario Bataller
viernes, octubre 28, 2005
OPERACION MUNDO
de CUENTOS COMPLETOS
(obra registrada)
Luis había sido siempre un hombre bueno, honrado y trabajador, y no entendía porqué siendo bueno, honrado y trabajador, apenas tenía donde caerse muerto. Toda la vida había trabajado como un mulo, incluso ahora que se acercaba a los sesenta.
Malhumorado, se enjuagó el sudor de la cara con el pañuelo y siguió limpiando las mesas del bar. Había pocas personas sentadas en las mesas, la mayoría cerca del televisor que escupía las imágenes de aquel programa estúpido. Medio país estaba pendiente a esas horas de aquellos niñatos superficiales, a los cuales el mundo recompensaría con abastanza. No se paró a pensar que, tal vez, no fueran más que un producto de las circunstancias, unas víctimas, algunos al menos, del demonio materialista que ahogaba su época.
De lo que estaba seguro era de que se encontraba muy cansado, agobiado y desilusionado. Durante la semana se agostaba en la obra y los fines de semana trabajaba de camarero en aquel barucho de mala muerte, para sacar unos euros adicionales que despilfarraría la bruja de su mujer. Si hubiese tenido redaños, haría años que estaría separado, pero reconocía que era un don nadie, un calzonazos, un hombre ninguneado, débil y vulnerable, que siempre se encontraba en manos de los demás.
-Mira, ahí está tu hija pequeña –dijo alguien, señalando al televisor.
El asintió y siguió trabajando. Ni siquiera levantó la vista.
Una chica mona, apenas adolescente, ciertamente muy vistosilla, ligera de ropa y cargada de pins y colorines, contoneándose como una putilla, hacía gorgoritos junto a un chico feminoide. El programa se llamaba Operación Mundo y teóricamente trataba de encontrar nuevos valores entre la juventud del país, promocionar cantantes para el futuro. La gente estaba enloquecida con ellos.
Hastiado Luis siguió a la suya, detestando el mundo en que vivía, un mundo de guerra, de hambre, de fieras. Todo había cambiado para mal, ya no reconocía su patria, tal vez tampoco se reconociera a sí mismo en aquel ambiente desastroso, de terrorismo, de adolescentes muertas y violadas, de mujeres maltratadas y asesinadas, de corruptelas políticas, de gente que arrastraba hacia el polvo patrio su hambruna desde países extraños. Los hombres cada vez estaba más locos, el mundo estaba cada vez más degenerado.
Los aplausos, caudalosos, llegaron a sus oídos. El público estaba entusiasmado. Uno de los clientes dijo que la actuación le había encantado, pero Luis hizo caso omiso.
Su mujer y él nunca se llevaron bien. Ella dedicaba todas sus atenciones a las niñas, sobre todo a la pequeña, y para él quedaban solo las recriminaciones, las malas caras y los enfados. La niña estaba triunfando, representaría al país en un importante certamen musical de carácter internacional. Había grabado un disco y con él había ganado más dinero en unos meses que él en toda una vida de trabajos y sacrificios. No llegaba a entender cómo las cosas podían andar tan torcidas, y estaba convencido de que algo debía ir muy mal en el país, cuando dejaba en la cuneta a las personas buenas, trabajadoras y honradas como él.
(obra registrada)
Luis había sido siempre un hombre bueno, honrado y trabajador, y no entendía porqué siendo bueno, honrado y trabajador, apenas tenía donde caerse muerto. Toda la vida había trabajado como un mulo, incluso ahora que se acercaba a los sesenta.
Malhumorado, se enjuagó el sudor de la cara con el pañuelo y siguió limpiando las mesas del bar. Había pocas personas sentadas en las mesas, la mayoría cerca del televisor que escupía las imágenes de aquel programa estúpido. Medio país estaba pendiente a esas horas de aquellos niñatos superficiales, a los cuales el mundo recompensaría con abastanza. No se paró a pensar que, tal vez, no fueran más que un producto de las circunstancias, unas víctimas, algunos al menos, del demonio materialista que ahogaba su época.
De lo que estaba seguro era de que se encontraba muy cansado, agobiado y desilusionado. Durante la semana se agostaba en la obra y los fines de semana trabajaba de camarero en aquel barucho de mala muerte, para sacar unos euros adicionales que despilfarraría la bruja de su mujer. Si hubiese tenido redaños, haría años que estaría separado, pero reconocía que era un don nadie, un calzonazos, un hombre ninguneado, débil y vulnerable, que siempre se encontraba en manos de los demás.
-Mira, ahí está tu hija pequeña –dijo alguien, señalando al televisor.
El asintió y siguió trabajando. Ni siquiera levantó la vista.
Una chica mona, apenas adolescente, ciertamente muy vistosilla, ligera de ropa y cargada de pins y colorines, contoneándose como una putilla, hacía gorgoritos junto a un chico feminoide. El programa se llamaba Operación Mundo y teóricamente trataba de encontrar nuevos valores entre la juventud del país, promocionar cantantes para el futuro. La gente estaba enloquecida con ellos.
Hastiado Luis siguió a la suya, detestando el mundo en que vivía, un mundo de guerra, de hambre, de fieras. Todo había cambiado para mal, ya no reconocía su patria, tal vez tampoco se reconociera a sí mismo en aquel ambiente desastroso, de terrorismo, de adolescentes muertas y violadas, de mujeres maltratadas y asesinadas, de corruptelas políticas, de gente que arrastraba hacia el polvo patrio su hambruna desde países extraños. Los hombres cada vez estaba más locos, el mundo estaba cada vez más degenerado.
Los aplausos, caudalosos, llegaron a sus oídos. El público estaba entusiasmado. Uno de los clientes dijo que la actuación le había encantado, pero Luis hizo caso omiso.
Su mujer y él nunca se llevaron bien. Ella dedicaba todas sus atenciones a las niñas, sobre todo a la pequeña, y para él quedaban solo las recriminaciones, las malas caras y los enfados. La niña estaba triunfando, representaría al país en un importante certamen musical de carácter internacional. Había grabado un disco y con él había ganado más dinero en unos meses que él en toda una vida de trabajos y sacrificios. No llegaba a entender cómo las cosas podían andar tan torcidas, y estaba convencido de que algo debía ir muy mal en el país, cuando dejaba en la cuneta a las personas buenas, trabajadoras y honradas como él.
Salvador Alario Bataller
jueves, octubre 27, 2005
CRONICAS DE UN ÉCOUTEUR...
CRÓNICAS DE UN ÉCOUTEUR NOCTÁMBULO
El rey amarillo
Hoy en el pub Strigoi, el aire se puede cortar con un cuchillo. Fuera del acostumbrado ronroneo de los amigos que hablan, hoy parece que revolotea por aquí una nube de moscardones; de vez en cuando alguien levanta el tono, incluso de profieren palabras fuertes y también alguna blasfemia. Es viernes, normalmente estos diálogos escuchados tienen lugar los viernes por la noche, raramente un sábado. No es un lugar, pues, de bar´s flys.
Por lo demás, las mesas parecen haberse juntado, unos charlan de modo cruzado con algún vecino, salvedad hecha por del Grial y Morgano que parecen no ser de este mundo.
Escucho al más cercano, a Martín Sepulcro del Lobo, quien está con su hermano Juan, Ricardo Meynard y Patricio del Toro y Godoy. Comenta:
-Ayer, por casualidad me senté, a altas horas de la noche, ante el televisor. Sabéis que detesto la caja tonta, pero alguna vez acontece lo inesperado. En nuestro canal autonómico se hablaba de un tema que llena de desesperación a ésta, anteriormente prometedora y magnífica provincia. Dos empresarios, uno del textil, otro del calzado, debatían ante un representante del empresariado chino. Había otro entre los contertulios, un economista o abogado, no recuerdo o meramente no me enteré y, claro, el presentador.
>>El chinito de marras, ufano, más ancho que alto, aseguraba:
-Lo que pasa actualmente en los negocios de aquí es porque hay globalización. Esto es la globalización.
>>Y se quedó callado, mirando desafiante a los demás, como Pedro por su casa; los otros, conteniendo la bilis, y tratando de aparentar, pues, cortesía, dijeron lo esperable: Que en poco tiempo más arruinarían a estas industrias, como antes los malos gobiernos acabaron con los cítricos, la pesca, el arroz y la ganadería; que al entrar en la OTAN, en el Mercado Común, a causa de políticas bastardas y suicidas, que, de paso, les llenaron el saco a los políticos de turno con pingües beneficios, vendieron la huerta y en suma las cuatro cosas que poseía la comunidad; que hace unos años un alcalde de un pueblo dijo que se había dedicado a la política por el poder y se armó una escandalera de mil demonios, cosa que ahora todos ven claramente y nadie dice ni mú; que, antes, al menos, cuando un ministro metía la pata tenía el pudor de dimitir, mientras que ahora todo da lo mismo, porque siguen en el puesto, ignorando el desafuero cometido y negando simplemente, con cara de merluzo, lo que han dicho o hecho; que lo malo es que nadie hace nada, que no hay Dios que les meta en el sitio, ése chalet de altos barrotes sin vistas al mar y mejor si tiene paredes acolchadas, que parece estar solamente reservado para los 4 desgraciados que la genética y sistema se encargaron de malograr; qué esto y lo otro, y así y demás…>>.
A mi comienza a dolerme un poco la cabeza, no por desinterés de lo que se habla sino de real irritación, de impotencia de tener que tragar, como muchos, lo indigerible y no verle la solución y de que, para más INRI, se nos rían en la cara.
>>-¡Lo que pasa es que ustedes no trabajan, no les gusta trabajar! –arremetió Fu-Manchú ante el estupor de a los allí reunidos, sigue Martín-. Trabajan solamente 42 horas semanales y después nada, no como nosotros que trabajamos 14 horas al día.
>>-Claro, después cuando nos hayáis eliminado a todos del mapa, cuando no tengáis competencia, pondréis el precio que os de la gana. Y tendremos un sector más de la población empobrecido y sin futuro –protestó el empresario del Calzado.
>>-Pero, ¿no se puede hacer nada para parar esto?- inquiere el presentador con aire amedrentado, pero nadie le contesta específicamente, sino quese produce una acalorada discusión donde prolifera la palabra globalización>>.
-Rediez, que el chinolis nos llamó vagos y se quedó tan pancho –añade Patricio, indignado y arrasa el cubata de un trago.
Las criptas más amargas de los recuerdos de mi cerebro tiemblan: me acabo de acordar de la preterida Ley de vagos y maleantes y resuena, como un arpegio funesto, un ruido de sables. ¡Dios no lo quiera!.
Me apaga algo la turbación el volver a centrarme en los diálogos, más bien en el soliloquio de Martín:
-Aquí vienen trabajan X años, se van allá con un puñado de dinero, previa nacionalización española, dicen que son extranjeros y además ricos: se montan un negocio y a vivir. Poco a poco aumentará la clase media y cuando esto suceda, aparecerá lo otro.
-¿El qué? –quiere saber Meynart.
-Bueno que no habrá gente para trabajar por cuatro chavos (gente suficiente), los empresarios de aquí, como antes los agricultores, los ganaderos y los pescadores estarán en la miseria y allá tendrán más globalización. Es lo que sucedió con los japoneses hace tiempo, acordaos.
-Claro, hasta que otro país de chanquete nos arremeta aquí con otros productos, surgidos del trabajo esclavo.
-Eso es, buena cabeza.
Lanzarote tiene todos los colores imaginables en su cara furibunda.
-¡Me va a pegar una subida de tensión y acabaré pintando el techo de rojo! –brama.
Nadie le oye o le ignoran completamente.
Hoy en el pub Strigoi, el aire se puede cortar con un cuchillo. Fuera del acostumbrado ronroneo de los amigos que hablan, hoy parece que revolotea por aquí una nube de moscardones; de vez en cuando alguien levanta el tono, incluso de profieren palabras fuertes y también alguna blasfemia. Es viernes, normalmente estos diálogos escuchados tienen lugar los viernes por la noche, raramente un sábado. No es un lugar, pues, de bar´s flys.
Por lo demás, las mesas parecen haberse juntado, unos charlan de modo cruzado con algún vecino, salvedad hecha por del Grial y Morgano que parecen no ser de este mundo.
Escucho al más cercano, a Martín Sepulcro del Lobo, quien está con su hermano Juan, Ricardo Meynard y Patricio del Toro y Godoy. Comenta:
-Ayer, por casualidad me senté, a altas horas de la noche, ante el televisor. Sabéis que detesto la caja tonta, pero alguna vez acontece lo inesperado. En nuestro canal autonómico se hablaba de un tema que llena de desesperación a ésta, anteriormente prometedora y magnífica provincia. Dos empresarios, uno del textil, otro del calzado, debatían ante un representante del empresariado chino. Había otro entre los contertulios, un economista o abogado, no recuerdo o meramente no me enteré y, claro, el presentador.
>>El chinito de marras, ufano, más ancho que alto, aseguraba:
-Lo que pasa actualmente en los negocios de aquí es porque hay globalización. Esto es la globalización.
>>Y se quedó callado, mirando desafiante a los demás, como Pedro por su casa; los otros, conteniendo la bilis, y tratando de aparentar, pues, cortesía, dijeron lo esperable: Que en poco tiempo más arruinarían a estas industrias, como antes los malos gobiernos acabaron con los cítricos, la pesca, el arroz y la ganadería; que al entrar en la OTAN, en el Mercado Común, a causa de políticas bastardas y suicidas, que, de paso, les llenaron el saco a los políticos de turno con pingües beneficios, vendieron la huerta y en suma las cuatro cosas que poseía la comunidad; que hace unos años un alcalde de un pueblo dijo que se había dedicado a la política por el poder y se armó una escandalera de mil demonios, cosa que ahora todos ven claramente y nadie dice ni mú; que, antes, al menos, cuando un ministro metía la pata tenía el pudor de dimitir, mientras que ahora todo da lo mismo, porque siguen en el puesto, ignorando el desafuero cometido y negando simplemente, con cara de merluzo, lo que han dicho o hecho; que lo malo es que nadie hace nada, que no hay Dios que les meta en el sitio, ése chalet de altos barrotes sin vistas al mar y mejor si tiene paredes acolchadas, que parece estar solamente reservado para los 4 desgraciados que la genética y sistema se encargaron de malograr; qué esto y lo otro, y así y demás…>>.
A mi comienza a dolerme un poco la cabeza, no por desinterés de lo que se habla sino de real irritación, de impotencia de tener que tragar, como muchos, lo indigerible y no verle la solución y de que, para más INRI, se nos rían en la cara.
>>-¡Lo que pasa es que ustedes no trabajan, no les gusta trabajar! –arremetió Fu-Manchú ante el estupor de a los allí reunidos, sigue Martín-. Trabajan solamente 42 horas semanales y después nada, no como nosotros que trabajamos 14 horas al día.
>>-Claro, después cuando nos hayáis eliminado a todos del mapa, cuando no tengáis competencia, pondréis el precio que os de la gana. Y tendremos un sector más de la población empobrecido y sin futuro –protestó el empresario del Calzado.
>>-Pero, ¿no se puede hacer nada para parar esto?- inquiere el presentador con aire amedrentado, pero nadie le contesta específicamente, sino quese produce una acalorada discusión donde prolifera la palabra globalización>>.
-Rediez, que el chinolis nos llamó vagos y se quedó tan pancho –añade Patricio, indignado y arrasa el cubata de un trago.
Las criptas más amargas de los recuerdos de mi cerebro tiemblan: me acabo de acordar de la preterida Ley de vagos y maleantes y resuena, como un arpegio funesto, un ruido de sables. ¡Dios no lo quiera!.
Me apaga algo la turbación el volver a centrarme en los diálogos, más bien en el soliloquio de Martín:
-Aquí vienen trabajan X años, se van allá con un puñado de dinero, previa nacionalización española, dicen que son extranjeros y además ricos: se montan un negocio y a vivir. Poco a poco aumentará la clase media y cuando esto suceda, aparecerá lo otro.
-¿El qué? –quiere saber Meynart.
-Bueno que no habrá gente para trabajar por cuatro chavos (gente suficiente), los empresarios de aquí, como antes los agricultores, los ganaderos y los pescadores estarán en la miseria y allá tendrán más globalización. Es lo que sucedió con los japoneses hace tiempo, acordaos.
-Claro, hasta que otro país de chanquete nos arremeta aquí con otros productos, surgidos del trabajo esclavo.
-Eso es, buena cabeza.
Lanzarote tiene todos los colores imaginables en su cara furibunda.
-¡Me va a pegar una subida de tensión y acabaré pintando el techo de rojo! –brama.
Nadie le oye o le ignoran completamente.
No es un tipo demótico.
-Mejor te callas –le dice del Grial, poco después-. Tú estás hecho de tinta y pergamino.
-¿Aquí nos darán a todos per vas nefandum!.
-Al menos tienes buenos eufemismos.
Morgano repone con fastidio que ya lo dijeron muchos antes que él, incluso autores ilustres como Orwell y Lovecraft, señalando el peligro amarillo.
-Los hombres de un solo propósito son los hombres de un solo libro –dice todo lo fuerte que puede yendo hacia la barra un joven desaliñado que acaba de entrar.
Algunas cabezas se vuelven hacia él, pero después le ignoran por completo. El tipo se queda mascullando no sé qué.
- ¡Manu militari! –exclama Morgano- ¡Esa es la única solución!.
-Muy en tu estilo –le ningunea del Grial socarronamente.
Me fijo en el joven acodado a la barra: rubio, melena, pantalones vaqueros. Lleva la camisa fuera, una camisa blanca, impoluta; se vuelve y me mira: no tiene nada especial, pero me recuerda a alguien.
Entonces, con toda la fuerza de sus pulmones grita que es Jesucristo y levantando un dedo admonitorio hacia la pasmada concurrencia, declama con voz rotunda:
-¡Solamente condené dos cosas: a los fariseos y a los ricos, quienes tienen que despojarse de sus riquezas para Entrar en el Reino de los Cielos!.
Miro con disimulo a Lanzarote Morgano y tiene los ojos de un basilisco.
-Y a éste, ¿le doy? –profiere, haciendo un amago de levantarse.
Arturo del Grial le retiene y de un tirón de la manga hace que vuelva a sentarse. Después repone, conciliador:
-No hombre, no. Lo que ha dicho es verdad.
-Mejor te callas –le dice del Grial, poco después-. Tú estás hecho de tinta y pergamino.
-¿Aquí nos darán a todos per vas nefandum!.
-Al menos tienes buenos eufemismos.
Morgano repone con fastidio que ya lo dijeron muchos antes que él, incluso autores ilustres como Orwell y Lovecraft, señalando el peligro amarillo.
-Los hombres de un solo propósito son los hombres de un solo libro –dice todo lo fuerte que puede yendo hacia la barra un joven desaliñado que acaba de entrar.
Algunas cabezas se vuelven hacia él, pero después le ignoran por completo. El tipo se queda mascullando no sé qué.
- ¡Manu militari! –exclama Morgano- ¡Esa es la única solución!.
-Muy en tu estilo –le ningunea del Grial socarronamente.
Me fijo en el joven acodado a la barra: rubio, melena, pantalones vaqueros. Lleva la camisa fuera, una camisa blanca, impoluta; se vuelve y me mira: no tiene nada especial, pero me recuerda a alguien.
Entonces, con toda la fuerza de sus pulmones grita que es Jesucristo y levantando un dedo admonitorio hacia la pasmada concurrencia, declama con voz rotunda:
-¡Solamente condené dos cosas: a los fariseos y a los ricos, quienes tienen que despojarse de sus riquezas para Entrar en el Reino de los Cielos!.
Miro con disimulo a Lanzarote Morgano y tiene los ojos de un basilisco.
-Y a éste, ¿le doy? –profiere, haciendo un amago de levantarse.
Arturo del Grial le retiene y de un tirón de la manga hace que vuelva a sentarse. Después repone, conciliador:
-No hombre, no. Lo que ha dicho es verdad.
VISIONES...
VISIONES MARIANAS
Salvador Alario Bataller
Salvador Alario Bataller
de Cuentos Completos (0bra registrada)
Kiki, quien en realidad se llamaba Pakito –con K, como se escribía ahora, igual que Karlos, Karina o kokakola -, a sus veinte añitos, había perdido el oremus. Dos años atrás era un muchacho jovial, buenorro y serio –aunque, la verdad sea dicha, poco inteligente y tontorrón-, pero la muerte de su madre le derrumbó, arrojándolo a la mala vida, adhiriéndole a la noche crápula y a la química pura. Con su padre siempre tuvo un trato superficial y distante, porque el hombre iba a la suya, se dedicaba en la perra vida a trabajar y poco más. En cambio, a su madre profesó un amor absoluto, por lo que su muerte se le llevó la más importante razón para vivir. Su progenitor seguía sin hablarle, iba a la suya, no se ocupaba de él, como tampoco el muchacho se preocupaba por el viejo. Inmerso en este abismo de soledad y desafecto, Kiki comenzó a hollar el camino torcido donde se perderían muchos de su generación. Tomaba de todo, farlopa, éxtasis, caballo y, en el presente, para mantener su dependencia traficaba, es decir era un camello.
Sus juergas comenzaban los jueves y terminaban los martes, dilapidando el tiempo, el dinero y la vida entre pubs y bares, distotecas, lugares de amanecida y aftherhours, siempre colocado, tratando de obtener una gratificación para su vida huera y adolorida. Había llegado a un punto en el que solamente buscaba colocarse, drogarse hasta la coronilla, para reírse un poco y pasar el tiempo y, aún así, se sentía infeliz y abandonado, ignorado por todos, especialmente por las chatis; incluso las más guarras, las que por una raya se lo hacían con casi cualquiera, pasaban de él. Le obviaban porque era feillo, bajito y gordinflón, con una calva incipiente que al año entrante le vencería de seguro la guerra a la rala pelambrera de su testa. Tampoco era simpático, ni tenía gracia.
Además, toda su nueva vida la vivía con un tono amargo y culpable porque él, junto a su madre, había sido un joven de fe, un católico practicante, más papista que el Papa, que iba a misa regularmente, catequista, masturbador angustiado, lamentoso y funesto, pero, en definitiva, un tipo serio y recatado, devoto y bueno. Pero ese dios del cual, a estas amarguras, no podía desprenderse completamente, le había abandonado, como su madre, cuya muerte no lograba superar. La verdad estribaba en que Kiki medía la fuerza de la fe por el grado de comodidad y ahora, que todo le iba mal, estaba convencido de que Dios le había olvidado y, peor aún, que tal vez no existiera.
Devoto de la Virgen de los Desamparados, impretaba a lo alto una ayuda que nunca recibía, y todavía rezaba en alguna ocasión, sintiéndose, cada vez menos, cobijado y protegido, por una fuerza inextricable y superior, de la cual su buena madre era un reflejo sublime. Había aprendido, -y creía en ello con plena convicción- que la primera madre era Ella, la Altísima, cuya bondad y magnificencia se reflejaba en el amor desinteresado y puro de una buena madre y la suya, la terrenal, era tan buena como la mejor y tan pura como el agua clara; era su madre, su vida, todo.
Ahora, sin embargo, Dios, la Virgen, su madre y su padre, todos, le habían abandonado: solamente le quedaba la noche, la marcha, el dolor y el caos, aunque, en el fondo, mantenía la esperanza de que se hiciese el milagro, que sucediese algo que le cambiase la vida.
Como cada viernes había ido a Blood, una discoteca de moda que estaba en las afueras de la ciudad, entre arrozales, como una gran cagada en un territorio yermo y triste. Pero, como los demás, durante las primeras horas, él pensaba que era la leche estar allí, bailando con aquella música estridente y loca, tomando copas y rayas, viviendo la movida, hablando con los colegas, tratando de comerse algo bueno que nunca caía, poniéndose de pastillas y coca hasta el culo. Antes había estado en el Cubata, un pub de la capital y se había fumado más de cinco petas, a los cuales había agregado unas cuantas cervezas y unas rayitas. Un amigo de francachelas, el Periko, le había traído con su coche, pero el tipo había desaparecido con una chica potente, cuya amiga al verle se perdió rauda entre la muchedumbre. Estaba claro, nunca ligaba, era un desastre; jamás nadie le comprendería, le querría, como su madre. De esta guisa, sumido entre lamentación y cavilaciones tormentosas, Kiki comenzó a sentirse deprimido y angustiado, y sabía que, como en ocasiones anteriores, la solución la tenía en el bolsillo y en la barra. Tomó varios pelotazos más y se metió en el magín cinco pastillas de aquellas, de las buenas, de colores diversos, a la espera de que el cóctel le levantase el ánimo. Poco a poco se fue sintiendo más relajado, mejor, incluso sumido en un estado de euforia creciente que agradeció como el agua el sediento.
Siguió tomando más y cada vez experimentaba sensaciones más relajantes, euforizantes e incluso desconocidas... Sintió como un zumbido de insectos en el interior de su cabeza, justo antes de verla: una figura divinal nimbada en luz, una luminosidad suave y azul. Se quedó petrificado, embelesado ante la visión de aquella joven etérea, celestial, tan blanca, tan esbelta, tan desnuda. Entonces pensó que el momento salvífico había llegado; se le nubló la vista, experimentó un fuerte mareo y, ante sus ojos, el mundo cesó. Nadie se fijo en él, en aquella figura patética, que babeaba entre espasmos en el suelo mohoso del recinto, a la cual más de uno pateó y que solamente un rato después alguien arrastraría hasta apoyarlo en la barra, donde cabeceaban varios peleles de su laya, abatidos por la química pura y la noche marchosa; pero la que menos reparó en él fue aquella preciosa gogo morena, que bailaba lascivamente a pocos metros, en lo alto de una columna, al ritmo de la peor cacofonía y envuelta, de vez en vez, por una luz azúl, la luz que un foco giratorio prodigaba.
Kiki, quien en realidad se llamaba Pakito –con K, como se escribía ahora, igual que Karlos, Karina o kokakola -, a sus veinte añitos, había perdido el oremus. Dos años atrás era un muchacho jovial, buenorro y serio –aunque, la verdad sea dicha, poco inteligente y tontorrón-, pero la muerte de su madre le derrumbó, arrojándolo a la mala vida, adhiriéndole a la noche crápula y a la química pura. Con su padre siempre tuvo un trato superficial y distante, porque el hombre iba a la suya, se dedicaba en la perra vida a trabajar y poco más. En cambio, a su madre profesó un amor absoluto, por lo que su muerte se le llevó la más importante razón para vivir. Su progenitor seguía sin hablarle, iba a la suya, no se ocupaba de él, como tampoco el muchacho se preocupaba por el viejo. Inmerso en este abismo de soledad y desafecto, Kiki comenzó a hollar el camino torcido donde se perderían muchos de su generación. Tomaba de todo, farlopa, éxtasis, caballo y, en el presente, para mantener su dependencia traficaba, es decir era un camello.
Sus juergas comenzaban los jueves y terminaban los martes, dilapidando el tiempo, el dinero y la vida entre pubs y bares, distotecas, lugares de amanecida y aftherhours, siempre colocado, tratando de obtener una gratificación para su vida huera y adolorida. Había llegado a un punto en el que solamente buscaba colocarse, drogarse hasta la coronilla, para reírse un poco y pasar el tiempo y, aún así, se sentía infeliz y abandonado, ignorado por todos, especialmente por las chatis; incluso las más guarras, las que por una raya se lo hacían con casi cualquiera, pasaban de él. Le obviaban porque era feillo, bajito y gordinflón, con una calva incipiente que al año entrante le vencería de seguro la guerra a la rala pelambrera de su testa. Tampoco era simpático, ni tenía gracia.
Además, toda su nueva vida la vivía con un tono amargo y culpable porque él, junto a su madre, había sido un joven de fe, un católico practicante, más papista que el Papa, que iba a misa regularmente, catequista, masturbador angustiado, lamentoso y funesto, pero, en definitiva, un tipo serio y recatado, devoto y bueno. Pero ese dios del cual, a estas amarguras, no podía desprenderse completamente, le había abandonado, como su madre, cuya muerte no lograba superar. La verdad estribaba en que Kiki medía la fuerza de la fe por el grado de comodidad y ahora, que todo le iba mal, estaba convencido de que Dios le había olvidado y, peor aún, que tal vez no existiera.
Devoto de la Virgen de los Desamparados, impretaba a lo alto una ayuda que nunca recibía, y todavía rezaba en alguna ocasión, sintiéndose, cada vez menos, cobijado y protegido, por una fuerza inextricable y superior, de la cual su buena madre era un reflejo sublime. Había aprendido, -y creía en ello con plena convicción- que la primera madre era Ella, la Altísima, cuya bondad y magnificencia se reflejaba en el amor desinteresado y puro de una buena madre y la suya, la terrenal, era tan buena como la mejor y tan pura como el agua clara; era su madre, su vida, todo.
Ahora, sin embargo, Dios, la Virgen, su madre y su padre, todos, le habían abandonado: solamente le quedaba la noche, la marcha, el dolor y el caos, aunque, en el fondo, mantenía la esperanza de que se hiciese el milagro, que sucediese algo que le cambiase la vida.
Como cada viernes había ido a Blood, una discoteca de moda que estaba en las afueras de la ciudad, entre arrozales, como una gran cagada en un territorio yermo y triste. Pero, como los demás, durante las primeras horas, él pensaba que era la leche estar allí, bailando con aquella música estridente y loca, tomando copas y rayas, viviendo la movida, hablando con los colegas, tratando de comerse algo bueno que nunca caía, poniéndose de pastillas y coca hasta el culo. Antes había estado en el Cubata, un pub de la capital y se había fumado más de cinco petas, a los cuales había agregado unas cuantas cervezas y unas rayitas. Un amigo de francachelas, el Periko, le había traído con su coche, pero el tipo había desaparecido con una chica potente, cuya amiga al verle se perdió rauda entre la muchedumbre. Estaba claro, nunca ligaba, era un desastre; jamás nadie le comprendería, le querría, como su madre. De esta guisa, sumido entre lamentación y cavilaciones tormentosas, Kiki comenzó a sentirse deprimido y angustiado, y sabía que, como en ocasiones anteriores, la solución la tenía en el bolsillo y en la barra. Tomó varios pelotazos más y se metió en el magín cinco pastillas de aquellas, de las buenas, de colores diversos, a la espera de que el cóctel le levantase el ánimo. Poco a poco se fue sintiendo más relajado, mejor, incluso sumido en un estado de euforia creciente que agradeció como el agua el sediento.
Siguió tomando más y cada vez experimentaba sensaciones más relajantes, euforizantes e incluso desconocidas... Sintió como un zumbido de insectos en el interior de su cabeza, justo antes de verla: una figura divinal nimbada en luz, una luminosidad suave y azul. Se quedó petrificado, embelesado ante la visión de aquella joven etérea, celestial, tan blanca, tan esbelta, tan desnuda. Entonces pensó que el momento salvífico había llegado; se le nubló la vista, experimentó un fuerte mareo y, ante sus ojos, el mundo cesó. Nadie se fijo en él, en aquella figura patética, que babeaba entre espasmos en el suelo mohoso del recinto, a la cual más de uno pateó y que solamente un rato después alguien arrastraría hasta apoyarlo en la barra, donde cabeceaban varios peleles de su laya, abatidos por la química pura y la noche marchosa; pero la que menos reparó en él fue aquella preciosa gogo morena, que bailaba lascivamente a pocos metros, en lo alto de una columna, al ritmo de la peor cacofonía y envuelta, de vez en vez, por una luz azúl, la luz que un foco giratorio prodigaba.
martes, octubre 25, 2005
CRONICAS DE UN ÉCOUTEUR...
CRONICAS ANALECTAS DE UN ÉCOUTER NOCTAMBULO
Cabezas despejadas
Cabezas despejadas
Hoy encontramos a Ricardo Meynart y a Patricio del toro, pegados a la barra, bebiendo cosas fuertes, con aspecto taciturno. Charlan indiferentes al resto de los habituales, que se sientan en las mesas acostumbradas. Hablan y hablan, ¿de qué?... Ah sí, de cosas sesudas. Aguzaré el oído.
-¿Has ido a la Mostra?-le pregunta Meynart a Patricio.
-Por los pelos, un poco más y no me entero –contesta Patricio del Toro, visiblemente irritado.
-Si vas al Festival de Cine de Valladolid o al de Sitges ya en la autopista hay posters indicativos del evento, ya no te digo en las calles. Aquí nada de nada. El que no lo sabe, ni se entera. Solamente cuando subí a ese cine enorme del centro, a la entrada de la sala pude ver un cartel indicativo.
-Cuatro se lo montan, cuatro se lo comen. Es una vergüenza.
-A un director como Renoir le han dedicado sólo cinco películas y eso que se suponía que era su homenaje.
-Y solamente daban un pase. Por lo mínimo uno debe ver dos veces una película, máxime si es de nivel, para paladearla con cierto fondo. A veces más.
-Pero hombre, ¿en qué festival no hay un apartado bibliográfico?. Siempre existe una librería, tanto de textos especializados y como de divulgación. Aquí no había más que un paupérrimo folleto informativo.
Su amigo echa una mirada de soslayo a la chica achinada que hace globitos con un chicle. Después, intenta reprimir una sonrisa amarga, añadiendo:
-No sé donde iremos a parar con estas políticas culturales, con esas cabezas vernáculas que pretenden dirigirnos vida.
Intenta decir algo más, pero Del Toro otro le interrumpe.
-Me estoy acordando de la entrevista que le hicieran a una ministra de cultura -dice-, no recuerdo quién era, pero lo que te voy a decir es absolutamente verdadero.
-¿Has ido a la Mostra?-le pregunta Meynart a Patricio.
-Por los pelos, un poco más y no me entero –contesta Patricio del Toro, visiblemente irritado.
-Si vas al Festival de Cine de Valladolid o al de Sitges ya en la autopista hay posters indicativos del evento, ya no te digo en las calles. Aquí nada de nada. El que no lo sabe, ni se entera. Solamente cuando subí a ese cine enorme del centro, a la entrada de la sala pude ver un cartel indicativo.
-Cuatro se lo montan, cuatro se lo comen. Es una vergüenza.
-A un director como Renoir le han dedicado sólo cinco películas y eso que se suponía que era su homenaje.
-Y solamente daban un pase. Por lo mínimo uno debe ver dos veces una película, máxime si es de nivel, para paladearla con cierto fondo. A veces más.
-Pero hombre, ¿en qué festival no hay un apartado bibliográfico?. Siempre existe una librería, tanto de textos especializados y como de divulgación. Aquí no había más que un paupérrimo folleto informativo.
Su amigo echa una mirada de soslayo a la chica achinada que hace globitos con un chicle. Después, intenta reprimir una sonrisa amarga, añadiendo:
-No sé donde iremos a parar con estas políticas culturales, con esas cabezas vernáculas que pretenden dirigirnos vida.
Intenta decir algo más, pero Del Toro otro le interrumpe.
-Me estoy acordando de la entrevista que le hicieran a una ministra de cultura -dice-, no recuerdo quién era, pero lo que te voy a decir es absolutamente verdadero.
-Le gusta a usted Saramago?-le preguntó el periodista.
- Pues la verdad es que no conozco a esa señorita.
-¡Uffff, impresionante!.
-Hombre, ¿y lo sabe Saramago?.
-Cuando le preguntaron en otra ocasión si había escuchado Carmina Burana, dijo que era una gran cantante gallega
-Cuando le preguntaron en otra ocasión si había escuchado Carmina Burana, dijo que era una gran cantante gallega
-¡Craneo privilegiado!.
-Te juro por mis muertos que es verdad.
-La señora ministra me ha soliviantado. Este país supera la ficción: El carnaval del espantajo
-Atentos tenemos que ir, porque a quienes amamos la verdad nos cortan inmediatamente la cabeza. Dentro de nada ya no me querrá publicar ningún editor, como no soy políticamente correcto –se lamenta Patricio.
-Bueno, tú eres un escritor consagrado.
-Y tú lo mismo y funcionario además, aunque no eres tan ácimo como yo en tus críticas.
Hay un silencio breve, después del cual repone Maynart con aflicción:
-No sé que decirte, después de todo, en este país lo único que hay cierto es que no hay certeza. No sé donde iremos a parar.
-¡Puf, ya estoy un poco mareadillo! –balbucea Patricio.
-Mucho cristal hemos levantado hoy, ¿no? –se ríe leve el poeta?.
-Ay, a ver si con todos estos dislates acabamos convertidos en barra´s flyts.
-¿Qué es eso?.
-Moscas de barra.
-Dios no lo quiera, mientras pueda prefiero seguir siendo una mosca cojonera.
-La señora ministra me ha soliviantado. Este país supera la ficción: El carnaval del espantajo
-Atentos tenemos que ir, porque a quienes amamos la verdad nos cortan inmediatamente la cabeza. Dentro de nada ya no me querrá publicar ningún editor, como no soy políticamente correcto –se lamenta Patricio.
-Bueno, tú eres un escritor consagrado.
-Y tú lo mismo y funcionario además, aunque no eres tan ácimo como yo en tus críticas.
Hay un silencio breve, después del cual repone Maynart con aflicción:
-No sé que decirte, después de todo, en este país lo único que hay cierto es que no hay certeza. No sé donde iremos a parar.
-¡Puf, ya estoy un poco mareadillo! –balbucea Patricio.
-Mucho cristal hemos levantado hoy, ¿no? –se ríe leve el poeta?.
-Ay, a ver si con todos estos dislates acabamos convertidos en barra´s flyts.
-¿Qué es eso?.
-Moscas de barra.
-Dios no lo quiera, mientras pueda prefiero seguir siendo una mosca cojonera.
lunes, octubre 24, 2005
DE VERDAD SUCEDIO
Un día le mandaron a Bernard Shaw una carta anónima, en la cual se escribía simplemente HIJO DE PUTA: se fue entusiasmado corriendo a su club y le dijo a sus amigos:"¡Que estupendo, he recibido miles de cartas anónimas y por fin alguien me ha enviado una firmada!".
CRONICAS DE UN ÉCOUTEUR...
CRONICAS ANALECTAS DE UN ÉCOUTER NOCTAMBULO
La metáfora de nuestro tiempo
-Te recomiendo vivamente la última película de Cronenberg, Una historia de violencia-dice Morgano.
-Sí, me han hablado muy bien de ella –responde del Grial-. Es ya un clásico, un creador que toca temas seminales del ser humano.
Unos desconocidos entran en el Strigoi y se pegan a la barra. Además de nuestros dos personajes, están ya desde hace media hora en sus mesas de siempre, Meynart, los hermanos Sepulcro del Lobo y Patricio del Toro.
Entran ahora unas jovenzuelas y piden permiso a la chica achinada para hacer un pis. Allá van presurosas, las persiguen ojos golosos.
-Al fin y al cabo habla de aquello que vosotros, los humanos, tenéis y os obstináis en negar –agrega Lanzarote Morgano sin dejar de mirar fiero la puerta del WC que se acaba de cerrar- La violencia es uno de los impulsos humanos más genuinos, sino el único. Esa dualidad, ese lado oscuro no puede ser negado por una sociedad que pretende ser una imagen de postal, que con solo soplarla se hace añicos.
Del Grial le mira esquinado, sin ocultar su fastidio:
-No es así, tú vas a los externos –contesta-. La violencia es la patología de la agresividad, la cual sí es un impulso hereditario, vinculado sin defecto a de la sexualidad.
-Tú sabes lo que quiero decir –contesta Morgano, con una expresión fatua en el rostro-. Afloja el control social y verás lo rápido que la agresividad se convierte en violencia.
Meynart mira con ojos resignados a la mesa de del Grial.
-Dios, ese siempre habla solo –le susurra a Martín-. Parece que le de igual la que piensen de él y eso que es, creo, catedrático de Psicología.
-¡Qué más da! –contesta áspero Martín- Yo lo soy de psiquiatría y muchos dirían que estoy como una cabra. Se trata del unánime odio a la diferencia, de esa puta envidia tan consubstancial a nuestros compatriotas.
Guarda silencio unos segundos, echa unas fumaradas y añade mirando displicente a un hombre que toma café en una mesa solitaria:
-Estamos rodeados de bichos raros, como ese de ahí, el tal Egosum, que nunca dice nada. Viene, se queda un buen rato como una estatua de sal y cuando le place se va.
-A lo mejor es mudo –comenta del Grial.
Llega de la calle una cacofonía de voces, gritos, carreras y golpes estridentes. Algo golpea fuerte la puerta, el cristal tiembla, la empleada apenas se inmuta. Uno sale y mira con cautela al exterior y vuelve a la barra; le comenta a sus amigos:
-Ahí hay un grupito de jovenzuelos, el que más tendrá quince, peleándose como fieras. Ellas son las peores, sueltan las leches y las patadas peor que los chicos.
Suena una sirena. Posiblemente la policía. Al cabo de un rato vuelve el silencio.
-La gente ve la película de Cronenberg y se regodea con la gran violencia que destila –comenta Lanzarote- Disfruta y piensa que es una falacia, simplemente una fabulación. Parece una exageración, pero algo muy similar se encuentra en la calle, forma parte de la vida. Después, cuando lo piensan, esa satisfacción por la violencia les lleva a sentirse culpables; hipócritas en un mundo hipócrita.
Salen las chicas del WC, y sintiéndose observadas se apresuran a la calle entre en risitas significativas, seguidas por miradas ardientes.
Morgano, la cara hecha una máscara grotesca, está diciendo:
-Todo eso ya lo sabemos. Son expresiones tibias de la naturaleza del hombre. No como yo.
-¡Venga hombre, ya estamos con lo de siempre! –protesta su compañero.
-Yo soy el ser más maligno de la tierra, pero ni de lejos encarnó el mal absoluto. Pálidamente se puede relacionar con la crueldad, con el acto de inflingir daño gratuitamente y no verse afectado por ello. Con esto se produce una ofensa contra aquello que se consideran los sentimientos básicos de la humanidad, contra la moral esencial que impone, fuera de toda duda, lo bueno y lo malo a cualquier hombre mentalmente sano. En términos actuales, muy probablemente este concepto del mal tenga que ver estrechamente con el de psicopatía.
Del grial se anima a hablar. Responde:
-Vemos por doquier masacres atroces, crímenes horrendos, injusticias sin freno ni límites, hasta el punto que ha acabado convirtiéndose en una metáfora de nuestro tiempo. En las décadas venideras, mucho me temo, este hecho desafortunado se hará patente en mayor medida. Los tiempos modernos no conducirán a una transmutación de los valores, porque no habrá un sistema nuevo, sino la negación, dispersión y confusión de todo valor como producto del eclipse de los principios . Será la era del vacío ético –ya estamos viviéndola, realmente- y de sus nefastas consecuencias. No habrá referencias morales para las nuevas generaciones, al igual que pasa con las mentes asesinas. No habrá una nueva moral con sus connotaciones económicas, políticas o sexuales ; nada reemplazará a la pérdida absoluta de valores. No habrá ideología, ni destino, ni moral, solamente locura y caos. Ni siquiera se pensará en el mal, el opuesto del bien, frente al cual éste último de ratifica y crece. La sociedad habrá perdido sus fundamentos y, con ello, su destino ; el hombre habrá perdido su sombra. Eso no es nuevo, se ha denunciado muchas veces en publicaciones recientes.
-El mal se confunde con demasiada frecuencia con aquello del recuperar los frutos del árbol de la ciencia y del árbol de la vida, el placer sexual e intelectual libres. Una utopía, en suma. Es mucho más que ello, se trata de una patología, más bien de una pasión, del alma.
Acaba de entrar un hombre pálido, de rasgos melancólicos, que lleva una levita, prenda hace mucho pasada de moda. No mira a nadie, si no al vacío que se levanta anta él en forma de barra de bar y anaqueles repletos de botellas. Pide una copa, pero la camarera ni le mira.
-¡Es Edgar Allan Poe! –exclama Morgano, estupefacto.
-¿Qué? –inquiere Del grial con gran perplejidad.
-Sí, sin duda, es él.
-¡A buena hora!.
-¡Sin ningún género de duda!- porfía el otro.
Se pone de pie, dobla el espinazo e inmediatamente exclama con voz atronadora, que resuena casi como un rugido en el silencio que le circuye:
-¡Inclino mi alma muerta viva ante tu sombra viva!.
-Eso dijo Byron ante el escritorio de Voltaire –apostilla su compañero sin poder inhibir una risita de befa.
Poe, sin tomar ni una gota de agua clara, se levanta y se encamina a la salida. De repente se detiene a medio camino y como quien habla a un público inexistente, con la mirada perdida en otros mundos, declama:
-“¡Y mi alma, esa sombra que allí flota fantasmal, no se alzará… nunca más!."
Y se va.
Hay en el éter una vibración extraña, pero nadie parpadea.
Hay en el éter una vibración extraña, pero nadie parpadea.
domingo, octubre 23, 2005
CRONICAS DE UN ÉCOUTEUR...
CRÓNICAS ANALECTAS DE UN ÉCOUTER NOCTÁMBULO
In vita mors
Estamos en octubre y el calor es casi insoportable. La naturaleza está irreversiblemente deteriorada, subsiguientemente el clima también. Recuerdo, hace solo quince años, que la primavera era primavera, el verano verano, el otoño otoñal y el invierno, pues, invernal. Los ciclos naturales se sucedían un su ordenamiento indefectible, la fauna vivía y se perpetuaba, el hombre, en su vida, tenía más cimientos, más conocimiento tal vez, de seguro una esperanza mayor. Ahora, en la narcosis del consumismo, del vacío ético, de la difusión del poder castrante hace que no se reconozca el rostro de la bestia que nos quita la vida. Esos del poder viven su tiempo indiferentes al dolor yal menoscabo generales: uno dijo antes de ayer que tardó seis años en olvidarse del pueblo, haciendo alusión al de ahora, que le bastaron solamente seis meses. ¿Podrá este berenjenal tener solución?. No veo el mañana, el futuro se entenebrece.
En el ambiente sellado y cálido del Strogoi aletea la música de Enya. La chica achinada que sirve copas está recodada detrás de la barra, mirando acá y acullá, posiblemente sin reparar en nadie. Uno le dirige palabras vanas cerca de ella, un tipo grueso, sentado en un taburete que amenaza su seguridad. Un desconocido entra, pide una copa, se sienta y se queda mirando su reflejo en el espejo del fondo, con ojos elegiacos.
Están los de siempre. Se habla, escucho.
-Esta mañana la testosterona no me ha enhebrado el ariete y desde hace horas lo arrastro como marsupio fetal. Todos esos desastres que vemos cada día me están afectando el físico, se hacen encarnadura; bueno en eso que he referido, propiamente descarne.
Es Juan Sepulcro del Lobo, el hermano mayor de Martín, catedrático de Paleontología. Escogió esta especialidad porque no le gustaban los tiempos presentes ni el hombre, claro está. La otra alternativa era la microbiología. Misántropo sí, él mismo dice, rotundo, que lo es y con fundamento.
A su lado, Patricio del Toro y el galardonado escritor –hecho muy raro, dada la calidad de su prosa- asiente con una mueca de disgusto en su cara aristocrática. En la mesa de al lado Arturo del Grial apura una copa y Lanzarote Morgano mira a los dos con ojos de lobo. Ninguno responde a su mirada desafiante, tal vez nadie repara en él.
-Yo explotaré el día menos pensado, máxime con esta impotencia que te aherroja como a un galeote –se lamenta Patricio del Toro-. No veo más que muerte, enfermedades, catástrofes, desastres de todo tipo. Además, este país ocupa en número 23 en cuanto a corrupción en el ranking mundial.
-Ha sido siempre un país de pícaros y cuchilleros.
-Ahora hay más zombis que otra cosa, enganchados a lo audioivisual, las neuronas muertas, sin cuestionarse nada, alimentándose acéfalamente de los frutos de la demagogia.
-Creo que fue anteayer que Sartori lo dijo muy claramente: quien mira no piensa. Pero lo que más me descompone es esa indolencia general frente a la calamidad, esa prepotencia de los poderosos haciendo ostentación de sus agravios, todos esos fastos repugnantes con que celebran su estatus privilegiado indiferentes al aborregamiento general, a la descomposición de la naturaleza, a la negrura amarga y devastada…. ¡Dios esos hombrecillos jodiéndonos la vida a todos!. Los podría reducir a polvo con solo dejarles caer el puño encima.
Escuchando esto, Morgano, iracundo, levanta la voz, para que todos le oigan:
-¡La solución es el hierro!.
-¡No te pases! –lprotesta inane del Grial.
Sin embargo, nadie ha reparado en las ásperas palabras. Juan y Patricio fuman envueltos en un silencio espeso. Al cabo de poco, es el primero quien habla:
-¿Cómo hemos llegado a esto?, se lamentó el rey Eomer.
-Es peor que Mordor.
In vita mors
Estamos en octubre y el calor es casi insoportable. La naturaleza está irreversiblemente deteriorada, subsiguientemente el clima también. Recuerdo, hace solo quince años, que la primavera era primavera, el verano verano, el otoño otoñal y el invierno, pues, invernal. Los ciclos naturales se sucedían un su ordenamiento indefectible, la fauna vivía y se perpetuaba, el hombre, en su vida, tenía más cimientos, más conocimiento tal vez, de seguro una esperanza mayor. Ahora, en la narcosis del consumismo, del vacío ético, de la difusión del poder castrante hace que no se reconozca el rostro de la bestia que nos quita la vida. Esos del poder viven su tiempo indiferentes al dolor yal menoscabo generales: uno dijo antes de ayer que tardó seis años en olvidarse del pueblo, haciendo alusión al de ahora, que le bastaron solamente seis meses. ¿Podrá este berenjenal tener solución?. No veo el mañana, el futuro se entenebrece.
En el ambiente sellado y cálido del Strogoi aletea la música de Enya. La chica achinada que sirve copas está recodada detrás de la barra, mirando acá y acullá, posiblemente sin reparar en nadie. Uno le dirige palabras vanas cerca de ella, un tipo grueso, sentado en un taburete que amenaza su seguridad. Un desconocido entra, pide una copa, se sienta y se queda mirando su reflejo en el espejo del fondo, con ojos elegiacos.
Están los de siempre. Se habla, escucho.
-Esta mañana la testosterona no me ha enhebrado el ariete y desde hace horas lo arrastro como marsupio fetal. Todos esos desastres que vemos cada día me están afectando el físico, se hacen encarnadura; bueno en eso que he referido, propiamente descarne.
Es Juan Sepulcro del Lobo, el hermano mayor de Martín, catedrático de Paleontología. Escogió esta especialidad porque no le gustaban los tiempos presentes ni el hombre, claro está. La otra alternativa era la microbiología. Misántropo sí, él mismo dice, rotundo, que lo es y con fundamento.
A su lado, Patricio del Toro y el galardonado escritor –hecho muy raro, dada la calidad de su prosa- asiente con una mueca de disgusto en su cara aristocrática. En la mesa de al lado Arturo del Grial apura una copa y Lanzarote Morgano mira a los dos con ojos de lobo. Ninguno responde a su mirada desafiante, tal vez nadie repara en él.
-Yo explotaré el día menos pensado, máxime con esta impotencia que te aherroja como a un galeote –se lamenta Patricio del Toro-. No veo más que muerte, enfermedades, catástrofes, desastres de todo tipo. Además, este país ocupa en número 23 en cuanto a corrupción en el ranking mundial.
-Ha sido siempre un país de pícaros y cuchilleros.
-Ahora hay más zombis que otra cosa, enganchados a lo audioivisual, las neuronas muertas, sin cuestionarse nada, alimentándose acéfalamente de los frutos de la demagogia.
-Creo que fue anteayer que Sartori lo dijo muy claramente: quien mira no piensa. Pero lo que más me descompone es esa indolencia general frente a la calamidad, esa prepotencia de los poderosos haciendo ostentación de sus agravios, todos esos fastos repugnantes con que celebran su estatus privilegiado indiferentes al aborregamiento general, a la descomposición de la naturaleza, a la negrura amarga y devastada…. ¡Dios esos hombrecillos jodiéndonos la vida a todos!. Los podría reducir a polvo con solo dejarles caer el puño encima.
Escuchando esto, Morgano, iracundo, levanta la voz, para que todos le oigan:
-¡La solución es el hierro!.
-¡No te pases! –lprotesta inane del Grial.
Sin embargo, nadie ha reparado en las ásperas palabras. Juan y Patricio fuman envueltos en un silencio espeso. Al cabo de poco, es el primero quien habla:
-¿Cómo hemos llegado a esto?, se lamentó el rey Eomer.
-Es peor que Mordor.
viernes, octubre 21, 2005
CRONICAS DE UN ÉCOUTEUR...
CRONICAS ANALECTAS DE UN ECOUTEUR NOCTAMBULO
TODOS PUEDEN HABLAR Y DECIR LO QUE LES VIENE EN GANA
En La conciencia de la bestia, una novela que publiqué en el 2000 y quedó finalista del Premio Planeta de Novela del 1997 (v., http://elloboylaluna.blogspot.com/, en un post de este mes), lo referí: El Strigoi –nombre rumano para denominar al demonio y, por defecto, al vampiro- (hoy perteneciente al invisible), tiene resonancias balcánicas, la música es suave, se puede hablar y ser escuchado sin dificultad, la gente va a la suya y, sobre todo, hay poca luz.
Del bestiario común, su raigal por lo general es el barrio, me interesan unos cuantos de los habituales, me divierten especialmente sus conversaciones. En textos sucesivos presentaré algunas de ellas y, huelga decir, que son enteramente reales.
Así como hay voyers, a mi me excitan las palabras –me mueven la mente no la méntula, aclárese-, porque, entre otras pocas cosas, me agrada sobremanera escuchar, eso sí, muy selectivamente; cuando lo que se habla es prosaico, la solución es fácil, me escucho a mí mismo, me tomo un café y me voy. Por estas razones me he calificado antes como un Écouteur (del francés escuchar) noctámbulo, porque me entusiasma escuchar buenas conversaciones y plasmarlas en pliegos como éste, especialmente al amparo de la noche, después de la hora bruja.
En la mesa de al lado se sientan nuestro poeta gay –por lo demás, el más hombre de cuantos hombres he conocido- Ricardo Meynart y el granítico Martín Sepulcro del Lobo, catedrático de Psiquiatría, de reconocido talante conservador. Como Borges dice que serlo es una forma de escepticismo, de desconfianza… En la otra mesa conversan Arturo del Grial y Valle Digno, personaje peculiar, con un personaje enigmático, un tal Lanzarote Moreano y Almanegra, al cual pocos conocen, menos aún han visto, y del cual se asegura que es una creación literaria. Un rumor le señala de psicópata.En todo caso, les escucharé otro día. Ahora, tomándome tranquilamente la copa me concentro en lo que hablan mis vecinos.
-Aquí cualquiera se cree con derecho a opinar y un burro puede contradecir a un sabio –dice irritado Meynart.
-Si, la ignorancia siempre ha sido muy atrevida.
-Una cosa es un juicio y otra muy distinta una opinión –prosigue el poeta, después de tomar un sorbo de su escocés-.Todo juicio está argumentado y tiene un fundamento sólido, como que el agua es H2O; la opinión es algo meramente subjetivo, sin mayor contraste, pero sucede que en estos tiempos si yo digo que es mejor El Libro Gordo de Petete que la obra de Valle Inclán, nadie le tapa la boca ni se impide el desmán, quedando la cosa, en este sistema demagógico, en situación de igualdad, si no de superioridad. Todo lo que pretende ser de masas entraña ahora la apariencia de validez.
-Tienes razón –responde Martín, arrebolado por la ira, la mandíbula tensa-. Además, te sacan en cualquier programa basura de la TV a un profesor de Astrofísica junto al Mago Perico. Uno dice cosas que el público no entiende y calla, y el otro bufonadas, que la masa asimila y aplaude. Por lo tanto, lo que ha primado es la opinión del charlatán y no el juicio del científico.
-Mal hecho por parte del astrofísico.
-Pero si no lo hace, no se oye una voz razonable y predominan en los medios de información falacias y sesgos mil. Pero, al final, los que tienen dos dedos de frente, acabarán resignándose y diciendo eso que he oído demasiadas vece esta semana: “Tienes razón, pero las cosas están así”. El inmovilismo lleva a la perpetuación del desastre, del pan y circo de nuestros días.
-Malos tiempos.
Martín, con gesto descorazonado, repone:
-No reconozco la tierra donde nací. Esto en vez de ser España, es ya Expaña y no solo por la plétora de expedientes X, si no por lo mucho de lo que se ha perdido.
-Muy bueno, eso me ha gustado –contesta Meynart, con una sonrisa triste.
-¡Escuchemos al pato Donald, cuanto dice es mejor que lo del ínclito catedrático!.
Meynart se encoge de hombros, alicaído, enciente un pitillo y agrega de inmediato:
-Bueno, mientras no entre por esa puerta una gallina y nos eche una soflama.
-Ufff… -se estremece el otro-. Eso sería el Mal en estado puro.
TODOS PUEDEN HABLAR Y DECIR LO QUE LES VIENE EN GANA
En La conciencia de la bestia, una novela que publiqué en el 2000 y quedó finalista del Premio Planeta de Novela del 1997 (v., http://elloboylaluna.blogspot.com/, en un post de este mes), lo referí: El Strigoi –nombre rumano para denominar al demonio y, por defecto, al vampiro- (hoy perteneciente al invisible), tiene resonancias balcánicas, la música es suave, se puede hablar y ser escuchado sin dificultad, la gente va a la suya y, sobre todo, hay poca luz.
Del bestiario común, su raigal por lo general es el barrio, me interesan unos cuantos de los habituales, me divierten especialmente sus conversaciones. En textos sucesivos presentaré algunas de ellas y, huelga decir, que son enteramente reales.
Así como hay voyers, a mi me excitan las palabras –me mueven la mente no la méntula, aclárese-, porque, entre otras pocas cosas, me agrada sobremanera escuchar, eso sí, muy selectivamente; cuando lo que se habla es prosaico, la solución es fácil, me escucho a mí mismo, me tomo un café y me voy. Por estas razones me he calificado antes como un Écouteur (del francés escuchar) noctámbulo, porque me entusiasma escuchar buenas conversaciones y plasmarlas en pliegos como éste, especialmente al amparo de la noche, después de la hora bruja.
En la mesa de al lado se sientan nuestro poeta gay –por lo demás, el más hombre de cuantos hombres he conocido- Ricardo Meynart y el granítico Martín Sepulcro del Lobo, catedrático de Psiquiatría, de reconocido talante conservador. Como Borges dice que serlo es una forma de escepticismo, de desconfianza… En la otra mesa conversan Arturo del Grial y Valle Digno, personaje peculiar, con un personaje enigmático, un tal Lanzarote Moreano y Almanegra, al cual pocos conocen, menos aún han visto, y del cual se asegura que es una creación literaria. Un rumor le señala de psicópata.En todo caso, les escucharé otro día. Ahora, tomándome tranquilamente la copa me concentro en lo que hablan mis vecinos.
-Aquí cualquiera se cree con derecho a opinar y un burro puede contradecir a un sabio –dice irritado Meynart.
-Si, la ignorancia siempre ha sido muy atrevida.
-Una cosa es un juicio y otra muy distinta una opinión –prosigue el poeta, después de tomar un sorbo de su escocés-.Todo juicio está argumentado y tiene un fundamento sólido, como que el agua es H2O; la opinión es algo meramente subjetivo, sin mayor contraste, pero sucede que en estos tiempos si yo digo que es mejor El Libro Gordo de Petete que la obra de Valle Inclán, nadie le tapa la boca ni se impide el desmán, quedando la cosa, en este sistema demagógico, en situación de igualdad, si no de superioridad. Todo lo que pretende ser de masas entraña ahora la apariencia de validez.
-Tienes razón –responde Martín, arrebolado por la ira, la mandíbula tensa-. Además, te sacan en cualquier programa basura de la TV a un profesor de Astrofísica junto al Mago Perico. Uno dice cosas que el público no entiende y calla, y el otro bufonadas, que la masa asimila y aplaude. Por lo tanto, lo que ha primado es la opinión del charlatán y no el juicio del científico.
-Mal hecho por parte del astrofísico.
-Pero si no lo hace, no se oye una voz razonable y predominan en los medios de información falacias y sesgos mil. Pero, al final, los que tienen dos dedos de frente, acabarán resignándose y diciendo eso que he oído demasiadas vece esta semana: “Tienes razón, pero las cosas están así”. El inmovilismo lleva a la perpetuación del desastre, del pan y circo de nuestros días.
-Malos tiempos.
Martín, con gesto descorazonado, repone:
-No reconozco la tierra donde nací. Esto en vez de ser España, es ya Expaña y no solo por la plétora de expedientes X, si no por lo mucho de lo que se ha perdido.
-Muy bueno, eso me ha gustado –contesta Meynart, con una sonrisa triste.
-¡Escuchemos al pato Donald, cuanto dice es mejor que lo del ínclito catedrático!.
Meynart se encoge de hombros, alicaído, enciente un pitillo y agrega de inmediato:
-Bueno, mientras no entre por esa puerta una gallina y nos eche una soflama.
-Ufff… -se estremece el otro-. Eso sería el Mal en estado puro.
jueves, octubre 20, 2005
domingo, octubre 16, 2005
jueves, octubre 13, 2005
CARLOS MAZA: BONANNIVERSAIRE
Las cartas –cerificadas y urgentes- de Bach –Johann Sebastian- y Bernhard –Thomas- me las trajo durante el desayuno el cartero a mi apartamento de la playa. Para esos días yo había vuelto otra vez con los hombres, en cierto modo obligado por la circunstancia de mi mudanza y la necesidad de establecer contactos con los lugareños. De nuevo había cometido el error de acercarme demasiado a las gentes que habitaban y comerciaban cerca del mar -¡sólo porque no los conocía!-; el trato continuado con las personas había acabado por dañar seriamente mi vista y mi oído.
Las cartas de Bach y Bernhard las trajo el cartero en el punto culminante de mi atrofia; el cartero llamó a la puerta mientras yo pensaba únicamente en la forma de untar la mantequilla y la mermelada en mi tostada -¡cuando yo odio la mantequilla y la mermelada!-; abrí la puerta al cartero siendo ya incapaz de sentir inquietud por mi falta total de perspectivas; recibí las cartas de manos del cartero sin avergonzarme ante él de mi mediocridad.
Me sorprendió al abrir las cartas que ambas estuvieran fechadas el mismo día. Bach y Bernhard se habían sentado a redactar sus cartas al unísono. Tratándose de Bach y Bernhard aquello no podía ser casual. Comencé a leer simultáneamente las dos cartas, primero el renglón de una y luego el de otra, saltando por el papel...¡las dos eran completamente idénticas! En realidad salvo la firma las palabras eran y se ordenaban de la misma forma en los dos textos. Aquello me hizo reír como no lo había hecho en muchos días. En un arrebato lancé las tostadas contra el suelo. Bach y Bernhard, separados por todos los kilómetros entre Leipzig y Viena, habían escrito sus cartas el mismo día, y en ellas, en sólo cinco líneas, el mismo contenido: “...tenemos en mente una nueva obra...pero aquí no funciona...debo dejar este lugar pronto si no quiero que se pierda para siempre...necesito las condiciones ideales...”. En definitiva, si yo aceptaba debería conseguir un chalet completamente vacío para Bach; él mismo haría transportar su clavecín desde Leipzig. Benhard quería “un apartamento con amplios ventanales...en el piso más elevado posible...”. Estaba convencido de que “a medida que uno se elevaba el batir del oleaje se escuchaba con más claridad”.
Tardé varios días en decidir si aceptaba las peticiones de Bach y Bernhard, no por tener que encargarme del alquiler del chalet y el piso...eso no me importaba. Por un lado yo reverenciaba la inteligencia de mis amigos, deseaba su compañía, por otro, tenerlos cerca era volver a enfrentarme con su grandiosidad, lo que acababa por entristecerme de forma inevitable. Su presencia me devolvería toda aquella turbación de la que hacía tiempo estaba alejado. De nuevo paseaba por la playa llenándome la cabeza de frases que utilizaría en nuevos escritos, de frases musicales, de la posibilidad de consagrarme con renovada pasión a todo lo que había amado y al final despreciado. Amado y despreciado constantemente hasta que el desprecio había sonreído definitivamente con su acostumbrada grosería.
Después de dos días debatiéndome con las olas, después de dos días en que me fue imposible comer y dormir, tomé la pluma y escribí en un estado de efervescencia indómita a Bach y a Bernhard. A los dos les hacía saber lo mismo: en una semana todo estaría listo. Decidí no comentar a ninguno que el otro estaría también en la playa. Por supuesto Bach y Bernhard se conocían, mantenían una verdadera amistad superior, pero creí que ninguno de los dos desearía la compañía del otro mientras se dedicaban a sus nuevas obras. Pensé: sólo tú conocerás que los dos están aquí, en la playa, dando a luz algo nuevo. Por las mañanas, cuando Bernhard escribe, visitarás a Bach, que descansa; por las tardes, cuando Bach compone, pasearás con Bernhard. ¡Qué cantidad de posibilidades se abrían ante mí ahora que mis amigos volvían! Pensé en alquilar para mí mismo un clavecín –el mejor clavecín posible-, y acompañar a Bach de vez en cuando en algún aria o variación. ¡Otra vez volvería al contrapunto! Yo mismo podría ser el confidente de Bernhard, el que le sacase de esos callejones sin salida en que se meten los escritores; pasearía con él por la playa e intentaría poner el mar y la arena a favor de su obra.
Pasé esa semana moviéndome entre gentes sin escrúpulos. En todo el lugar se conocía ya mi próspera situación económica, la herencia que había recibido hacía algunos meses de forma inesperada, mi actual nivel de vida...tan distinto del anterior. Sabían que había hecho traer a mi casa nuevos muebles, que había dado algunas fiestas...; conocían –porque me habían visto junto a ellos- la identidad de mis amigos. Mis amigos eran “personas famosas”; así llamaban las gentes a Bach y a Benhard. De repente vieron la posibilidad de hacer negocio con los alquileres que yo buscaba. No obstante, conseguí el chalet y el piso, y a principios de la nueva semana Bach y bernhard anunciaron su llegada. Bernhard se adelantó a Bach, se instaló rápidamente en su apartamento y me rogó que le dejara solo. Bach llegó al día siguiente, acompañado -¡por sorpresa!- de todos sus hijos, a los que tuve que alojar en mi propia casa. ¡A todos sus hijos!.
Aquel mes lo pasé jugando a fútbol con ellos, pues a Bach le atormentaban, y Bernhard no quería ver a nadie.
La posición de los hijos de Bach en el campo era tan perfecta que nadie pudo meter un solo gol en aquel mes.
Aquel mes es esta caja.
Las cartas de Bach y Bernhard las trajo el cartero en el punto culminante de mi atrofia; el cartero llamó a la puerta mientras yo pensaba únicamente en la forma de untar la mantequilla y la mermelada en mi tostada -¡cuando yo odio la mantequilla y la mermelada!-; abrí la puerta al cartero siendo ya incapaz de sentir inquietud por mi falta total de perspectivas; recibí las cartas de manos del cartero sin avergonzarme ante él de mi mediocridad.
Me sorprendió al abrir las cartas que ambas estuvieran fechadas el mismo día. Bach y Bernhard se habían sentado a redactar sus cartas al unísono. Tratándose de Bach y Bernhard aquello no podía ser casual. Comencé a leer simultáneamente las dos cartas, primero el renglón de una y luego el de otra, saltando por el papel...¡las dos eran completamente idénticas! En realidad salvo la firma las palabras eran y se ordenaban de la misma forma en los dos textos. Aquello me hizo reír como no lo había hecho en muchos días. En un arrebato lancé las tostadas contra el suelo. Bach y Bernhard, separados por todos los kilómetros entre Leipzig y Viena, habían escrito sus cartas el mismo día, y en ellas, en sólo cinco líneas, el mismo contenido: “...tenemos en mente una nueva obra...pero aquí no funciona...debo dejar este lugar pronto si no quiero que se pierda para siempre...necesito las condiciones ideales...”. En definitiva, si yo aceptaba debería conseguir un chalet completamente vacío para Bach; él mismo haría transportar su clavecín desde Leipzig. Benhard quería “un apartamento con amplios ventanales...en el piso más elevado posible...”. Estaba convencido de que “a medida que uno se elevaba el batir del oleaje se escuchaba con más claridad”.
Tardé varios días en decidir si aceptaba las peticiones de Bach y Bernhard, no por tener que encargarme del alquiler del chalet y el piso...eso no me importaba. Por un lado yo reverenciaba la inteligencia de mis amigos, deseaba su compañía, por otro, tenerlos cerca era volver a enfrentarme con su grandiosidad, lo que acababa por entristecerme de forma inevitable. Su presencia me devolvería toda aquella turbación de la que hacía tiempo estaba alejado. De nuevo paseaba por la playa llenándome la cabeza de frases que utilizaría en nuevos escritos, de frases musicales, de la posibilidad de consagrarme con renovada pasión a todo lo que había amado y al final despreciado. Amado y despreciado constantemente hasta que el desprecio había sonreído definitivamente con su acostumbrada grosería.
Después de dos días debatiéndome con las olas, después de dos días en que me fue imposible comer y dormir, tomé la pluma y escribí en un estado de efervescencia indómita a Bach y a Bernhard. A los dos les hacía saber lo mismo: en una semana todo estaría listo. Decidí no comentar a ninguno que el otro estaría también en la playa. Por supuesto Bach y Bernhard se conocían, mantenían una verdadera amistad superior, pero creí que ninguno de los dos desearía la compañía del otro mientras se dedicaban a sus nuevas obras. Pensé: sólo tú conocerás que los dos están aquí, en la playa, dando a luz algo nuevo. Por las mañanas, cuando Bernhard escribe, visitarás a Bach, que descansa; por las tardes, cuando Bach compone, pasearás con Bernhard. ¡Qué cantidad de posibilidades se abrían ante mí ahora que mis amigos volvían! Pensé en alquilar para mí mismo un clavecín –el mejor clavecín posible-, y acompañar a Bach de vez en cuando en algún aria o variación. ¡Otra vez volvería al contrapunto! Yo mismo podría ser el confidente de Bernhard, el que le sacase de esos callejones sin salida en que se meten los escritores; pasearía con él por la playa e intentaría poner el mar y la arena a favor de su obra.
Pasé esa semana moviéndome entre gentes sin escrúpulos. En todo el lugar se conocía ya mi próspera situación económica, la herencia que había recibido hacía algunos meses de forma inesperada, mi actual nivel de vida...tan distinto del anterior. Sabían que había hecho traer a mi casa nuevos muebles, que había dado algunas fiestas...; conocían –porque me habían visto junto a ellos- la identidad de mis amigos. Mis amigos eran “personas famosas”; así llamaban las gentes a Bach y a Benhard. De repente vieron la posibilidad de hacer negocio con los alquileres que yo buscaba. No obstante, conseguí el chalet y el piso, y a principios de la nueva semana Bach y bernhard anunciaron su llegada. Bernhard se adelantó a Bach, se instaló rápidamente en su apartamento y me rogó que le dejara solo. Bach llegó al día siguiente, acompañado -¡por sorpresa!- de todos sus hijos, a los que tuve que alojar en mi propia casa. ¡A todos sus hijos!.
Aquel mes lo pasé jugando a fútbol con ellos, pues a Bach le atormentaban, y Bernhard no quería ver a nadie.
La posición de los hijos de Bach en el campo era tan perfecta que nadie pudo meter un solo gol en aquel mes.
Aquel mes es esta caja.
EN EL DESIERTO...
“En el desierto, vi una criatura,
bestial que, acuclillada en el suelo,
tenía su corazón entre las manos
y comía de él.
Dije : “¿Es bueno, amigo?.”
Y él contestó: “Es amargo...,amargo,
pero me gusta
porque es amargo
y porque es mi corazón”.
Stephen Crane, cit., Stephen King, Four past midnight, 1.966.
bestial que, acuclillada en el suelo,
tenía su corazón entre las manos
y comía de él.
Dije : “¿Es bueno, amigo?.”
Y él contestó: “Es amargo...,amargo,
pero me gusta
porque es amargo
y porque es mi corazón”.
Stephen Crane, cit., Stephen King, Four past midnight, 1.966.
lunes, octubre 10, 2005
AUTOBIOGRAFIA
000O000
Entre un mazo de naipes
un arco se tensa
y su flecha apunta
para esperar el blanco
que se acerca.
VICENTE PONCE,
Encuentro casual con la maldad,
en INSTRUCCIONES PARA MIRAR EL SILENCIO
000O000
Áloe Azid:
Autobiografía
Yo.
000O000
Entre un mazo de naipes
un arco se tensa
y su flecha apunta
para esperar el blanco
que se acerca.
VICENTE PONCE,
Encuentro casual con la maldad,
en INSTRUCCIONES PARA MIRAR EL SILENCIO
000O000
Áloe Azid:
Autobiografía
Yo.
000O000
viernes, octubre 07, 2005
TEXTÍCULO: "ANTES YO ERA"
Luis Britto García:
Antes yo era
Antes, yo era un ser humano. Tenía acceso a los olores, los colores, los sonidos y las formas, los sabores, ante mí desfilaban las personas, ocurrían las cosas. Se apoderaban de mí las emociones, a veces –no siempre- tenía ideas. Luego, se me ocurrió leer libros, y poco a poco elegí, más que el sonido, la palabra que simboliza el sonido, más que el color, la palabra que simboliza el color, más que el olor, la palabra que simboliza el olor, más que el sabor y el tacto, las palabras que simbolizan sabores y tactos. No conocí personas, conocí sucesiones de palabras estampadas en olorosa tinta que describían personas; elegí no padecer miedo, sino descifrar la narración del miedo; creí pensar, cuando solo conectaba entre sí palabras que describían los pensamientos de otros. Poco a poco los objetos en mi universo se fueron sustituyendo por palabras: la progresión del tiempo, por el sucederse de períodos; mi conciencia de existir, por un vasto olor a papel y a tinta, a veces a grafito, a veces a cueros, a veces a cola. Alrededor de mí construí los muros de libros y al final no sé cómo entré en ellos; me dirigieron, me asimilaron, me absorbieron golosamente, secamente, y yo solo trataba con polillas.
Ahora, soy esto. He mirado lo que era mi mano y sólo veo unas palabras que dicen antes yo era un ser humano. No hay antebrazo, sólo veo otras palabras que dicen : tenía acceso a los olores, a los colores. Así, en parcos vocablos, se va agotando mi cuerpo: donde dice poco a poco los objetos en mi universo se fueron sustituyendo, es el ombligo; y la conciencia, la conciencia son las palabras de este párrafo que dicen ahora soy esto, estas líneas en que me defino, sólo palabras, sólo tintas, sólo papeles, yo era un ser humano, concluyo aquí, ahora. Ahora, no soy sensaciones, no soy emociones, no soy ya tripas, algo me ha ocurrido, palabras, nada más que palabras, ahora soy esto.
Antes, yo era un ser humano. Tenía acceso a los olores, los colores, los sonidos y las formas, los sabores, ante mí desfilaban las personas, ocurrían las cosas. Se apoderaban de mí las emociones, a veces –no siempre- tenía ideas. Luego, se me ocurrió leer libros, y poco a poco elegí, más que el sonido, la palabra que simboliza el sonido, más que el color, la palabra que simboliza el color, más que el olor, la palabra que simboliza el olor, más que el sabor y el tacto, las palabras que simbolizan sabores y tactos. No conocí personas, conocí sucesiones de palabras estampadas en olorosa tinta que describían personas; elegí no padecer miedo, sino descifrar la narración del miedo; creí pensar, cuando solo conectaba entre sí palabras que describían los pensamientos de otros. Poco a poco los objetos en mi universo se fueron sustituyendo por palabras: la progresión del tiempo, por el sucederse de períodos; mi conciencia de existir, por un vasto olor a papel y a tinta, a veces a grafito, a veces a cueros, a veces a cola. Alrededor de mí construí los muros de libros y al final no sé cómo entré en ellos; me dirigieron, me asimilaron, me absorbieron golosamente, secamente, y yo solo trataba con polillas.
Ahora, soy esto. He mirado lo que era mi mano y sólo veo unas palabras que dicen antes yo era un ser humano. No hay antebrazo, sólo veo otras palabras que dicen : tenía acceso a los olores, a los colores. Así, en parcos vocablos, se va agotando mi cuerpo: donde dice poco a poco los objetos en mi universo se fueron sustituyendo, es el ombligo; y la conciencia, la conciencia son las palabras de este párrafo que dicen ahora soy esto, estas líneas en que me defino, sólo palabras, sólo tintas, sólo papeles, yo era un ser humano, concluyo aquí, ahora. Ahora, no soy sensaciones, no soy emociones, no soy ya tripas, algo me ha ocurrido, palabras, nada más que palabras, ahora soy esto.
miércoles, octubre 05, 2005
EL CIELO GANADO

Aquí hay demasiados espejos para la desdicha.
WALLANCE STEVENS
Gabriel Cristián Taboada:
El cielo ganado
El día del Juicio Final, Dios juzga a todos y cada uno de los hombres.
Cuando llama a Manuel Cruz le dice:
-Hombre de poca fe. No creíste en mí. Por eso no entrarás en el Paraíso.
-Oh Señor –contesta Cruz-, es verdad que mi fe no ha sido mucha. Nunca he creído en Vos, pero siempre te he imaginado.
Tras escucharlo, Dios responde:
-Bien, hijo mío, entrarás en el Cielo, mas no tendrás nunca la certeza de hallarte en él.
El día del Juicio Final, Dios juzga a todos y cada uno de los hombres.
Cuando llama a Manuel Cruz le dice:
-Hombre de poca fe. No creíste en mí. Por eso no entrarás en el Paraíso.
-Oh Señor –contesta Cruz-, es verdad que mi fe no ha sido mucha. Nunca he creído en Vos, pero siempre te he imaginado.
Tras escucharlo, Dios responde:
-Bien, hijo mío, entrarás en el Cielo, mas no tendrás nunca la certeza de hallarte en él.
sábado, octubre 01, 2005
JUAN JOSE ARREOLA: BESTIARIO
PRÓLOGO
Ama al prójimo desmerecido y chancletas. Ama al prójimo, maloliente, vestido de miseria y jaspeado de mugre.
Saluda con todo tu corazón al esperpento de butifarra que a nombre de la humanidad te entrega su credencial de gelatina, la mano de pescado muerto, mientras te confronta su mirada de perro.
Ama al prójimo porcino y gallináceo, que trota gozoso a los crasos paraísos de la posesión animal.
Y ama a la prójima que de pronto se transforma a tu lado, y con piyama de vaca se pone a rumiar interminablemente los bolos pastosos de la rutina doméstica.




















