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Un,dos,tres... CUENTOS

Cuentos y textos diversos de Egosum y otros WEBS PROFESIONALES: http://clinica-psicomedica.iespana.es http://alario1.blogspot.com http://nohaymentesincerebro.blogspot.com

Mi foto
Nombre: Salvador Alario Bataller
Lugar: Valencia, Valencia, Spain

Un cordial saludo: Aunque tengo inéditas bastantes novelas y cuentos, lo que sigue representa lo que he publicado hasta la fecha (en Grafein y promolibro ), además de "La conciencia de la bestia" (finalista del Premio Planeta en 1997 y autoeditada, como las demás obras en lulu).

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martes, diciembre 27, 2005

POE SEGUN LOVECRAFT


DEBIDO A PROBLEMAS PARA PONER NUEVOS "POST", MIENTRAS SE SOLUCIONA CONTINUARÉ CON LOS CUENTOS EN http://undostrescuentos2.blogspot.com

EGOSUM

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"Como la mayoría de los autores fantásticos, Poe destaca en los incidentes y los amplios efectos narrativos, más que en retrato de los personajes. Su protagonista típico es generalmente un caballero intelectual, oscuro, bien parecido, orgulloso, melancólico, sumamente sensible, caprichoso, introspectivo, solitario y a veces ligeramente loco, de rancio abolengo y posición acomodada; suele ser profundo conocedor de un extraño saber, oscuramente deseoso de penetrar en los secretos prohibidos del universo. Salvo su apellido altisonante, este personaje debe poco a la primitiva novela gótica, ya que no tiene nada del héroe soso ni del diabólico malvado de la aventura radcliffiana o ludovica. Indirectamente, empero, posee una especie de conexión genealógica, ya que sus cualidades sombrías, ambiciosas y antisociales recuerdan enormemente al típico héroe byroniano, quien a su vez es claro descendiente de los Manfredos, Montonis y Ambrosios góticos. Sus caracteres peculiares parecen derivarse de la psicología del propio Poe, quien desde luego poseía en gran medida la depresión, la sensibilidad y la loca aspiración, la soledad y la caprichosa extravagancia que él atribuye a sus altivas y solitarias víctimas del Destino".

H.P. Lovecraft (1.939), El Horror en la Literatura

domingo, diciembre 25, 2005

sábado, diciembre 24, 2005

de Desconocido

LUIS MARTÍNEZ: CUENTO DE NAVIDAD

Luis Martínez
(http://monosofia.blogspot.com)
perro, viejo y nochebuenas.

Un desconsolado perro campirano avanza por una estrecha vereda, se abre paso a través de rocas, helechos, musgo y pinos centenarios al tiempo que una ligera aguanieve se decide a pintar cuarzos sobre la sierra. En esa región los inviernos se distinguen por apenas dejar ver la nieve. El fiel cuadrúpedo buscaba a su dueño con el olfato forrado de cristales fríos, temía que las coníferas hubiesen devorado al curtido anciano que salió desde la tarde tal vez en busca de alimento, algún conejo, un tlacuache en el peor de los casos, o en busca de leños para calentar la acartonada choza ante la inminente madrugada de vientos despiadados. Al no volver, el andrajoso le extrañó y fue a buscarlo cargado de fuerte culpa por no haberle acompañado, a media montaña se sentó sobre su cola para descansar, las nubes hicieron lo mismo, se abrieron para mostrar una luna que matizó instantáneamente la escasa nieve que cayó romántica, en la víspera de navidad. La noche se desplegó clara como pocas, las constelaciones galanteaban en compañía de la sonrisa del lejano y mágico satélite, su luz sobre la vereda incentivó el camino, después de mucho olfatear llegó a su fin en la cumbre de la montaña. El rastro del anciano se hizo fuerte en dirección a un gran despeñadero, desde ahí se veían todos los pueblos vecinos con su cintilar cual espejo del firmamento. Entonces lo vio, el anciano estaba sentado sobre el tronco de un viejo árbol caído, a sus pies un montículo de piedras con nochebuenas recién cortadas. Comprendió entonces que debía sentarse de nuevo sobre su cola y limitarse a contemplar de lejos el dolor de su amo. El viejo vislumbró el verde destello de los ojos de su amigo en medio de la oscuridad, un silbido débil y entrecortado fue el llamado, aquel, moviendo la cola con emoción, se acercó. Una estrella fugaz rasgó el manto negro al mismo tiempo que una lágrima cayó sobre el lomo del fiel, echado a sus pies. Sería una triste navidad de no tenerte a ti, le dijo. LM©
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Deseo a todos felices fiestas, un excelente fin de año.
Esto es Monosofía @
jueves, diciembre 22, 2005

jueves, diciembre 22, 2005

BERNHARD: SOBRE EL EROTISMO

CONVERSACIONES CON THOMAS BERNHARD

Uno se ve lanzado de un lado a otro. Ese es el mejor impulso vital y estímulo que se puede tener. Si se limita a Amar, está perdido. Si se limita a odiar, está perdido igualmente. Sin erotismo no hay nada vivo. Ni siquiera los insectos, que lo necesitan también. Salvo que se tenga una idea muy primitiva del erotismo. No es ése mi caso, porque siempre procuro superar lo primitivo. No necesito una hermana, ni necesito una amante. Todo eso se tiene dentro y a veces se puede utilizar, si se quiere. La gente cree siempre que aquello de lo que no se habla sin más no existe, pero eso no es una tontería. Un anciano de ochenta años, que está en cama en algún lado y no ha tenido esa clase de amor desde hace cincuenta años, tiene también su vida sexual. Al contrario, se trata de una existencia sexual mucho más estupenda que la primitiva. Yo prefiero observarlo en un perro y no perder fuerzas ya.La sexualidad desempeña en todo ser humano un papel enorme, da igual cómo se realice. No hay otro remedio, porque es algo que se tiene. No hay ser humano sin sexualidad. Aunque le cortaran los pechos, la polla y todo, seguiría dependiendo totalmente de la sexualidad. Pero está claro que entonces habría muerto y sería una víctima total de la sexualidad total.
T.B, 1988

miércoles, diciembre 21, 2005

de Desconocido

ANÓNIMO CHINO

El sueño de la mosca horripilante
Anónimo chino

Li Wei soñaba que una mosca horripilante rondaba por su habitación, interrumpiendo inoportunamente una de sus profundas meditaciones. Molesto, comenzó a perseguirla tratando de acallar con un golpe su desagradable zumbido. Portaba en la mano, con tal objetivo, la primera edición de Con la copa de vino en la mano interrogo a la luna, poema épico de su entrañable amigo Li Taibo. Corrió y corrió incansablemente entre el reducido espacio de esas cuatro paredes, sacudiendo sus brazos cual si fuera él mismo una mosca. Dicha empresa le sirvió de poco. La mosca, posada en el marco del retrato de su amada, lo miraba con aburrida indiferencia. Exhausto por la persecución, Li Wei se despertó agitado. Sobre la mesa de luz estaba posado, distraído, el fastidioso insecto. De un viril manotazo, el filósofo acabó con la corta vida de la triste mosca. Li Wei jamás sabrá si mató a una mosca o a uno de sus sueños.

domingo, diciembre 18, 2005

de Desconocido

FERNANDO IWASAKI: CUENTO

FERNANDO IWASAKI:
PETER PAN
de Ajuar Funerario
Ed.PAGINAS DE ESPUMA
Madrid, 2.004

CADA VEZ QUE HAY LUNA LLENA yo cierro las ventanas de casa, porque el padre de Mendoza es el hombre lobo y no quiero que se meta en mi cuarto. En verdad no debería asustarme porque el papá de Salazar es Batman y a esas horas debería estar vigilando las calles, pero mejor cierro la ventana porque Merino dice que su padre es Joker, y Joker se la tiene jurada al papá de Salazar.
Todos los papás de mis amigos son superhéroes o villanos famosos, menos mi padre que insiste en que él sólo vende seguros y que no me crea esas tonterías. Aunque no son tonterías porque el otro día Gómez me dijo que su papá era Tarzán y me enseñó su cuchillo, todo manchado de sangre de leopardo.
A mí me gustaría que mi padre fuese alguien, pero no hay ningún héroe que use corbata y chaqueta de cuadritos. Si yo fuera hijo de Conan, Skywalker o Spiderman, entonces nadie volvería a pegarme en el recreo. Por eso me puse a pensar quién podría ser mi padre.Un día se quedó frito leyendo el periódico y lo vi todo flaco y largo sobre el sofá, con sus bigotes de mosquetero y sus manos pálidas, blancas blancas como el mármol de la mesa. Entonces corrí a la cocina y saqué el hacha de cortar la carne. Por la ventana entraban la luz de la luna y los aullidos del papá de Mendoza, pero mi padre ya grita más fuerte y parece un pirata de verdad. Que se cuiden Merino, Salazar y Gómez, porque ahora soy el hijo del Capitán Garfio.

LOVECRAFT: CUENTO

Los amados muertos
[Cuento. Texto completo]
H.P. Lovecraft y C.M. Eddy

Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.
Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero capitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud -terrorífica quietud-, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso.
De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante... ¡Porque la presencia de la muerte es vida para mí!
Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatía. Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y "vieja" porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no poseía el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo deseado.
Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maldicientes achacaban mi temperamento letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por otro, mientras que otros, que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tíotatarabuelo que había sido quemado en la hoguera por nigromante.
De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento.
Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático. Mi vida carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una inexplicable insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, además, el funeral era el de un personaje tan conocido como mi abuelo, podía asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual sólo representaba para mí una promesa de inquietudes físicas y mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles. No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritos de tales ocasiones.
Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras, los apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía y captó mi atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi abuelo.
Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente satisfecho. Me sentí sacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación. Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con fuerza demoníaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja torácica.
Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado con pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad recién descubierta.
Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico inundado de místicas influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún exótico elixir... alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas de los archivos de Belial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del estímulo comenzó a perder efectividad. En uno o dos días había vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era la total y devoradora insipidez del pasado. Antes, había una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, había vuelto a ser el de siempre, y los maldicientes buscaron algún otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de mi reanimación, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.
Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegría, me habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes años en penitente soledad.
Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza más inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentí sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudí de mis hombros el fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida.
Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos que ya enmarañaban la madeja de mi destino.
Demasiado bien sabía que, a través de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la fuerza motora de mi vida, que había una singularidad en mi constitución que sólo respondía a la espantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi existencia dependía, me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedí que me admitiera como aprendiz.
El golpe causado por la muerte de mi madre había afectado visiblemente a mi padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexión. ¡Qué lejos estaba de imaginar que sería el objeto de mi primera lección práctica!.
También él murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardiaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida.
Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande -con mucho- que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.
Mi padre no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré en una especie de paradójica situación. Mi temprana juventud había sido un fracaso total en cuanto a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, había perdido sabor para mí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único motivo que me había hecho buscar empleo.
La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una buena colocación como asistente de la Corporación Gresham, una empresa que mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me permitieran dormir en los establecimientos... porque ya la proximidad de la muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.
Me apliqué a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo.
Cada cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una promesa cumplida de impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en devota dedicación... aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar los días que no traían muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura muerte a los residentes de la ciudad.
Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes.
Con todo, yo sentía una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelaría que un empleado de pompas fúnebres -donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos- abandonaría sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre fría la vida de sus semejantes? Planeaba cada crimen con astucia demoníaca, variando el método de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble y postrer placer tenía lugar...¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!
Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos a los muertos que amaba...¡los muertos que me daban vida!
Una mañana, el señor Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual... llegó para encontrarme tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un fétido cadáver! Con los ojos llenos de una mezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis salaces sueños.
Educada pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios estaban alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para ver que el responder sólo lo reafirmaría en su creencia de mi potencial locura... resultaba mucho mejor marcharse que invitarlo a descubrir los motivos ocultos tras mis actos.
Tras eso, no me atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta un crematorio... cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.
Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado... nauseabundo légamo de trincheras anegadas de lluvia... mortales explosiones de histéricas granadas... el monótono silbido de balas sardónicas... humeantes frenesíes de las fuentes del Flegeton
1... letales humaredas de gases venenosos... grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados... cuatro años de trascendente satisfacción.
En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y apartados caminos de Fenham. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual en la propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detrás, todo era una muda confirmación de las historias que había obtenido con ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una mísera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpatía hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartían su suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud había desaparecido totalmente; así, acuciado por algún temerario impulso errante, volví mis pasos a Bayboro.
Aquí, también los años habían traído cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de mis recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo que aún existía, pero con nombre desconocido y un "Sucesor de" sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho presa del señor Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar.
Alguna fatídica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo el señor Gresham con cierto recelo, pero se había llevado a la tumba el secreto de mi poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró la inmediata recolocación.
Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a un lado la precaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes, comparándolos con las rojas semanas de horror que habían pasmado a la ciudad años atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes, sacando entre sus enmarañados pliegues... ¡nada!
Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y comencé a acortar los períodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que pisaba suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba a proseguir.
Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en algún lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás... no lo bastante como para ordenar mi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea de sospechas en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espíritu.
Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de mi demoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una ensangrentada navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía abrieron grandes brechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla, agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpían por la destrozada puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros, cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas. Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar loa arrabales de Fenham. Si podía llegar a esa meta, estaría temporalmente a salvo. Antes del alba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendían como brazos grotescos tratando de estorbarme con su burlón abrazo.
Los diablos de las funestas deidades a quienes había ofrecido mis idólatras plegarias debían haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.
Una semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y medio de Fenham. Había eludido por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debía haber sido radiada. Tenía remota la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y frenética noche, no había oído sonido de voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habían decidido que mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales.
El hambre roía mis tripas con agudas punzadas, y la sed había dejado mi garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico espíritu, hambre del estímulo que sólo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podía engañarme demasiado con el pensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabía que era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagaría como una lámpara vacía. Reuní todas mis restantes energías para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña sensación de ser guiado por algún invisible acólito de Satanás.
Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.
Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento más tarde había alzado una de las destrozadas ventanas y me había deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos felinos recorrí las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos me indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis sufrimientos. Me permití un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el niño -¿dónde estarían?-, bueno, podían esperar. Mis engarfiados dedos se deslizaron hacia su garganta...
Horas más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mía. Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables consecuencias de la temeraria obtención de alivio. En ese tiempo los cuerpos debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además, por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba tangible de identidad... las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes víctimas. Durante todo el día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en los bosques de más allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecución... el distante ladrido de los sabuesos.
Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad de mis adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo. Si me esforzaba en línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio donde había enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía, residía en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en la dirección de mi último baluarte.
¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje es como incienso para mi doliente alma!
Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos captan el todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos para que me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis días en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos que amo!
¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde, quizás, pero mejor -mucho mejor- que los interminables meses de indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma pueda quizás entender por qué hice lo que hice.
¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está asegurada... cálida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitas lápidas... hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en descomposición... dedos espectrales me llaman por señas... etéreos fragmentos de melodías no escritas en celestial crescendo... distantes estrellas danzan embriagadoramente en demoníaco acompañamiento... un millar de diminutos martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro... fantasmas grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en silenciosa burla... abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del Infierno en mi alma enferma... no puedo... escribir... más...

FIN

1 Flegeton: Río de fuego, uno de los cinco que existen en el Hades.

Agradecemos a Ramón Escribano su aportación de

sábado, diciembre 17, 2005

MUERE JULIÁN MARÍAS: DESCANSE EN PAZ

Muere Julián Marías a los 91 años
15/12/2005
Fuente: elcultural.es

El filósofo y académico Julián Marías ha muerto en Madrid a los 91 años, según informaron fuentes de la Real Academia de Española. Destacado intelectual, filósofo y ensayista, fue discípulo de Zubiri, García Morente y, de modo especial, de Ortega y Gasset, con quien fundó el madrileño Instituto de Humanidades en 1948. Autor de una obra ingente y fundamental, con más de 50 títulos en su haber, destacan entres sus obras Introducción a la filosofía, El tema del hombre, Análisis de los Estados Unidos, La libertad en juego, El curso del tiempo o La educación sentimental. Julián Marías reflexionó sobre numerosos aspectos que desbordan lo puramente filosófico. Así, deben destacarse sus estudios literarios y sociológicos, sus análisis históricos o religiosos y, de forma muy especial, sus meditaciones sobre España.Miembro de la Real Academia Española, ocupó desde 1964 el sillón "S" de la institución. En 1996 compartió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades con el periodista italiano Indro Montanelli.Julián Marías reflexionó sobre numerosos aspectos que desbordan lo puramente filosófico. Así, deben destacarse sus estudios literarios y sociológicos, sus análisis históricos o religiosos y, de forma muy especial, sus meditaciones sobre España. En una entrevista publicada en El Cultural con motivo de su 90 cumpleaños, en la que Marías afirmaba que "Jamás han existido dos Españas”, el escritor se lamentaba de la situación que atraviesa la profesión a la que dedicó su vida: "Los filósofos son cuatro gatos en un rincón. Lo que importa es que se haga filosofía y que se haga de verdad.
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Entrevista
Julián Marías :

"ORTEGA NOS SALVA"
Por Violeta Medina*

* Violeta Medina Méndez es Licenciada en Comunicación por la Universidad de Chile, colaboradora de la sección Artes y Letras de El Mercurio, de Santiago de Chile, y doctoranda del Departamento de Filología Española III (CC. Información U.C.M.)

El próximo 18 de octubre se cumplen cuarenta años de la muerte de José Ortega y Gasset y al buscar la vigencia de sus ideas Julián Marías, su discípulo y amigo, conversa con "Espéculo", interpretando en diversos ámbitos su obra y trascedencia.
Entrar a su casa significa pedir permiso, a cada paso, a los libros por intervenir en un espacio que declaradamente es de ellos. Da la impresión incluso que el único sofá libre de esta masiva presencia fue despejado especialmente para la ocasión.
"Ya no sé donde colocarlos", comenta Julián Marías, pero sin duda seguirán llegando desde todos lados como sintiéndose cada uno parte integral del departamento.
Los libros vendrán de afuera o desde el interior. Desde un hombre que no cesa de escribir y de ser leído. Su último libro, publicado hace sólo tres meses, "Mapa del Mundo Personal", tendrá que volver a ser reeditado. Y en este intertanto, Marías ya está pensando en una nueva obra, aún en nebulosa, pero siempre encaminado en el sentido de la vida personal.
Sentido que, en su caso, tiene mucho que ver con una "afortunada circunstancia" : haber sido díscipulo y más tarde amigo de José Ortega y Gasset. Veintitrés años de amistad, diez de los cuales se tradujeron en conversaciones que durante dos veces al día sostenían ambos filósofos.
Tanto en su obra personal como en las más de mil quinientas páginas que Marías ha dedicado a la vida, pensamiento y trayectoria de Ortega, fluye el mejor interprete de la obra del filósofo andaluz que, a cuarenta años de su muerte, sigue siendo uno de los pensadores más relevantes y controvertidos del panorama intelectual de este siglo.
Y es que no se trata de una reiteración de lo dicho por Ortega. Más bien, Marías encarna su espíritu sabiéndose heredero de una "perspectiva" que en su caso arranca de una experiencia común, de una presencia que nunca lo abandona.
"En un artículo que publique recientemente sobre los cuarenta años de la muerte de Ortega señalaba mi impresión de haber estado hablando con él la tarde anterior. Para mí está muy presente ... al punto que, cuando leo una de sus páginas, oigo su voz como si hubiera estado con él ayer".
Pero no se trata sólo de un revivir personal. Lo suyo es partir de una semblanza mucho más radical. "Todo lo que en España tiene verdadero interés intelectual procede de Ortega".
- ¿Como por ejemplo?
- Como la cultura. Lo que se hace en filosofía que sea realmente tal - en la actualidad se llama filosofía a muchas cosas muy poco interesantes- y en toda la vida intelectual tiene la influencia de Ortega. Durante muchos años en España el centro de organización de la cultura había sido la filosofía. Por ejemplo, se encuentran libros de literatura, de historia, de psicología, de sociología, con una referencia a la filosofía que no son frecuentes en otros países y naturalmente la influencia de Ortega, libre, creadora, está presente, pero no como una repetición, ya que eso sería lo menos ortegeano del mundo. Si se hace un balance de lo que realmente es interesante en España procede de Ortega, pero de una manera creadora que siempre va más allá, por fuerza, porque cada uno hace lo que hace desde su punto de vista propio. Por lo mismo, cuando se evita a Ortega se cae en ser preortegiano, lo que quivale a ser antepasado de sí mismo.
- ¿No es ser demasiado tajante y despectivo a la vez?
- Despectivo, no; es mi estimación, es lo que yo creo.
- ¿Qué ocurrió con los esfuerzos de Ortega por europeizar España e hispanizar Europa?
- Eso es un poco difícil de medir. España se anticipó en tantas cosas a muchos países europeos en cuanto a su producción intelectual y por supuesto, filosófica. Mire usted, mi libro antepenúltimo, "Razón de la Filosofía", recuerda que cuando inicie mi vida intelectual era un momento de esplendor en toda Europa, hacia los años treinta, y era un momento realmente increíble de creación, pero vino el movimiento nacionalsocialista en Alemania que hundió al país que era culturalmente rector. También se produce la Guerra Civil española que destruye toda una serie de posibilidades muy valiosas. Luego de las guerras han sucedido muchas cosas, entre ellas, que se ha abandonado en Europa entera la mayor parte de lo que es importante debido a una tendencia a lo que yo he llamado "arcaísmo", que es el olvido del comienzo del presente y la sustitución por cosas antiguas como si fueran presentes. Cambio que ha sido muy visible y en todas partes.
- ¿Con esto me quiere decir que España se logró europeizar en algún momento?
- Sí, por supuesto. En España se publicaban libros extranjeros mucho antes que en otros países.
- ¿Y actualmente sigue esa tendencia o ha decaído un poco?
- Lo que pasa es que ahora hay menos libros interesantes que provengan del extranjero.
- ¿Y el intento de hispanizar Europa?
- Eso creo que no se ha conseguido tanto, ya que Europa está bastante impermeable. Ahora, por ejemplo, tenemos instituciones europeas como la misma Comunidad Europea y, sin embargo, hay un desconocimiento mutuo bastante grande. Si se hace un examen de Europa a los europeos no sería muy brillante. A mí me parecen que saben poco de ciertos países, ni siquiera conocen lo que es interesante y propio de cada uno.
No obstante, hay autores, por ejemplo, que están en un circuito de publicidad que cuando anuncian un libro piden inmediatamente los derechos de traducción antes, incluso, de saber si vale la pena lo que van a publicar. En cambio, los libros que no estén en ese circuito a veces tardan diez o veinte años en ser traducidos o simplemente no se traducen. Antes de la Guerra Mundial y en algunos períodos posteriores había gente que conocía lo que pasaba en los demás países y que distinguía de calidades. Pienso en Kotschus en Alemania. Conocía admirablemente bien lo que se hacía en la mayoría de los países de Europa y en América y hablaba de ello con gran talento a los alemanes que permanecían informados. En ese tiempo se tradujo mucho a Unamuno, al mismo Ortega.Cuando éste murió, fue un duelo general en Alemania. Hubo escaparates con crespones negros como señal de duelo. Fue absolutamente increíble. Eso ha cambiado debido a la falta de interés, no ha habido tampoco un tipo de creación filosófica comparable con la anterior ni de lejos. A modo de comparación baste señalar que el filósofo más interesante y estimable de Alemania actualmente es Gadamer, que nació en 1900. Eso no puede ser ... Pensemos sin ir más lejos que todos los grandes novelistas, grandes poetas actuales están en el otro mundo casi todos.

UNIDAD EUROPEA

- ¿Qué vigencia tienen las ideas expresadas en la "Rebelión de las masas" frente al tema de la Comunidad Europea?
- Es mucho más actual que el año treinta. Ahora se ve hasta qué punto es verdad lo que se dice en ese libro. En el capítulo I, llamado el "Hecho de las Aglomeraciones", dice Ortega que todo está lleno lo cual no es cierto en esos años, ahora sí que está lleno. Y todo lo demás sigue vigente, el mayor peligro del Estado, además de la petición de la Comunidad Europea como única solución de los problemas de cada nación y si la realidad actual no parece acompañar esta afirmación es debido a que lo que se está haciendo hoy va por mal camino. La tarea se está llevando a cabo por burócratas y funcionarios en lugar de por grandes políticos; claro que estos últimos ya no se encuentran. Grandes figuras políticas se cuentan con los dedos de una mano y me parece que sobran dedos. Y esto está dando como resultado que la Unión Europea sea sólo una instancia para dar regulaciones y más regulaciones con lo cual se está acabando con la variedad y la riqueza enorme de Europa, con su espontaneidad. Hablan mucho de libertad, pero luego las regulaciones las sofocan. Escribí hace tiempo un artículo que se llamaba "La segunda salida" pensando en Don Quijote y es que creo que la unión europea debería ser la segunda salida, pero no está, sino una más adecuada.
- Reconociendo las particularidades...
- Claro, y no reduciéndose a lo económico que siendo importante no se puede pensar que la realidad acaba en eso. La mayor parte de las cosas económicas dependen de causas que no son económicas, es decir, una visión desde ese punto de partida es una mala economía.

EL OLVIDO DE CREAR

- Ortega dijo en una ocasión que " la filosofía nos ha pasado ... lo que ha de decidirse en el futuro próximo es si ha de pertenecernos en forma intensa, deprisa y fecunda o en una forma residual o deficiente" ¿ Qué respuesta habría encontrado Ortega en un escenario de ideas y corrientes donde todo cabe en un concepto ambiguo como la post-modernidad?
- Esa palabra, post-modernidad, no sé bien que quiere decir. Ortega escribió en el año diéciseis un artículo que se llamaba "Nada moderno y muy siglo XX" y en él decía que la edad moderna ha terminado hacia 1900; ahora hay ideas y actitudes muy propias del siglo XX. Dirigió además, por esos años, una colección de libros titulados "Ideas del siglo XX", es decir,reconocía que había un repertorio de pensamientos de nuestro siglo. Por otra parte, nombrar ese cambio como post-moderno me parece un absurdo por eso yo no uso esa palabra.
- Pero, saltando el término, mi pregunta apunta a que predomina en filosofía la actitud intensa o residual de que hablaba Ortega.
- En mi libro "La Razón de la filosofía" yo hablo de que a comienzos del siglo se produce un punto de inflexión en la filosofía. Hay descubrimientos capitales, ideas muy creadoras y esto ha seguido, estamos en eso. Lo que pasa es que también se ha dado una especie de renuncia, de tendencia a olvidar todo lo creador. En mi caso, no estoy dispuesto a ello, yo continuo, por eso sigo escribiendo, porque ante todo no acepto ser un antepasado de mí mismo.
- Es decir, el dominio es de lo pasivo...
- Hay dos cosas : lo que es aparente y lo que es real. Lo que es real está muy bien y con posibilidades abiertas e ilimitadas y, al lado de eso, hay lo que ocupa a los congresos, las universidades y las editoriales. No creo nada de eso. Yo digo una cosa muy seria y que la gente piensa que es una broma y es que si alguien quiere guardar absolutamente un secreto debe decirlo en un Congreso Internacional. Esa es la manera de que no se entere nadie.

LA METAFORA Y EL CONOCIMIENTO

- ¿En qué expresiones contempóraneas se encuentran ramificaciones del pensamiento de Ortega?
- En lo que él mismo creó, es decir, el método de la razón vital. Ortega descubrió la realidad que es la vida humana, la vida personal, biográfica, no la vida biológica y el método adecuado para conocer aquella razón vital que es la razón histórica, su forma concreta. Y eso está vivo, es un horizonte abierto y el que no quiera usarlo allá él ... Está vigente en pensadores norteamericanos, de Sudamerica y en España también. Sólo individuos minoritarios le restan importancia, los que generalmente responden a la imagen de cuatro gatos metidos en un rincón.
- En ese sentido, ¿qué factores influyen en la valoración de la obra de Ortega? ¿Radica, tal vez, en que su filosofía no se encuentra en el qué sino en el cómo, o es el problema de ser verdaderamente un creador?
- La obra de Ortega es bastante clara, pero díficil. Se cuentan con los dedos la gente que le conoce a fondo. Hay mucha gente que lo ha leído, ha derivado de él ideas y modos de vivir, normas de conductas, como no engañarse y tener una cierta decencia en diversos sentidos. A los que fuimos sus díscipulos nos marcó evidentemente; nos dio una disciplina intelectual y una fidelidad a la verdad imborrable, pero poseer su pensamiento en toda su riqueza hay muy pocas personas.
-¿ Pero a que responde el deseo, que denunciara el propio Ortega y usted mismo, de dejarlo en la sombra? ¿ No influye en ese punto el tema del estilo?
- La genialidad se perdona difícilmente. Hay dos clases de personas: los primeros, a quienes la genialidad entusiasma, y otros, a quienes la genialidad irrita. Hay una frase que he acuñado y que se refiere a este tema: "el rencor contra la excelencia".
- Ortega se consideró un escritor y este camino lo escogió porque, como él decía, "era menester seducir hacia los problemas filosóficos con medios líricos..."
- El filósofo si no es buen escritor, no es buen filósofo.
- Pero, para un filósofo, ¿no implica riesgos de interpretación acogerse a la metáfora?
- Es que la metáfora es un medio de conocimiento maravilloso...
- Pero la metáfora es un elemento evocador por esencia.
- Justamente, la metáfora ahorra mucho ... La manera más concisa de decir verdades nuevas es el lenguaje metafórico.
- ¿No es más alto el peligro de incompresión?
- No, yo defino la filosofía como la visión responsable. Cuando un filósofo está diciendo cosas que no está viendo, a mí deja de interesarme. La filosofía es visual.
- ¿Un pensar con imágenes?
- No, yo simbolizo la filosofía como el haz luminoso de un faro que va y vuelve , recorre el horizonte y va descubriendo las cosas y es responsable en dos sentidos. La filosofía es justificación, por eso el aforismo no es filosofía, puede ser muy bello, pero se aparta. Y es responsable en el sentido también de que responde a las preguntas, a las que él se hace o que le hacen. Y Ortega es la justificación misma; él justificaba lo que decía.
- Hay quienes le critican que en ese engolosinamiento con la palabra perdía rigurosidad.
- Descubrí hace muchos años que la etimología de la palabra "arguir", argumento, argumentación es la misma raiz de argeros, argentus, plata: el metal blanco y brillante. Es decir, se trata de relucir, de hacer brillar las cosas. Cuando se escribe sobre algo es para hacer brillar la realidad. Lo que pasa es que hay filósofos que escriben mal y, por tanto, no son capaces de comunicar lo que ven.

VERDAD Y PERSPECTIVA

- Ortega, respecto al tema de la verdad, decía que "cuando alguien quería enseñarnos la verdad, que no nos la diga; que nos ponga en la situación en que podamos encontrarla nosotros" ¿A qué verdad se aproximo él?
- A diferentes verdades. A muchas. A mi juicio, el 95% de lo que dijo es verdad y ese cinco por ciento que no me parece lo digo. Por ejemplo, en su libro "España Invertebrada", habla de la influencia de los Visigodos en España diciendo que eran más civilizados que otros bárbaros. No estoy de acuerdo, entre otras razones, porque no se conocían en el año veintiuno, cuando escribió este libro, cosas de la Edad Media que se han investigado después. Tampoco cuando dice que la obra de España en América fue fundamentalmente una obra popular y no de minorías superiores. Creo que Ortega conoció solamente los países del sur como Argentina, Uruguay y un poco Chile, todos países de colonización relativamente reciente, del siglo XVIII. Si hubiera conocido México o Perú, que son los virreinatos antiguos, del siglo XVI, habría pensado distinto. Los virreyes eran gente de gran nivel; luego los fundamentales intelectuales de la época eran frailes que conocían y exploraron la fauna y la flora y los pueblos y las lenguas. Hicieron una obra de minorías, nada popular. Por otro lado, tiene el acierto extraordinario de hablar de la tentación del particularismo, lo precisamente ahora se está viviendo de una manera muy aguda; también destaca la idea de que España se forma como una serie de incorporaciones que se van terminando en la gran incorporación de Castilla y Aragón. Todo eso es acertado, así como el problema de la necesidad de los mejores, que un país tenga el entusiasmo y la exigencia de las mayorías respecto de las minorías, entre otras cosas.
- ¿Esta valoración de la verdad se relaciona, en alguna medida, con la negación de la verdad como algo absoluto planteada por Nietzsche?
- Nietzsche era un escritor estupendo y un hombre genial, pero escribió mucho en aforismos y como tal estos no son filosofía. Fue enormente arbitrario, terminó loco... Creo, por tanto, que muchas de sus ideas hay que tomarlas con mucha precaución.
- Pero me refiero al nexo de la búsqueda de verdad en ambos.
- La idea de la verdad en Nietzche es muy curiosa. No creía mucho en la verdad y por eso escribe "Más allá del bien y del mal".
- ¿Ortega sí creía en la verdad?
- Claro, cree en que todo lo que es verdad es absolutamente verdad y lo que es relativo no es la verdad sino la realidad, porque es relativa en relación a la perspectiva. Cuando yo veo algo lo hago desde un punto de vista y eso que veo es absolutamente verdad, lo que pasa es que no es toda la realidad. Verdad y perspectiva son inseparables. Ahí está la gran originalidad de Ortega.
- ¿Y esa perspectiva, que él sitúa en el individuo, lleva hacia el relativismo?
- No, al contrario. La verdad es absoluta, lo que veo es absolutamente verdad; lo que veo, verdad para siempre, hasta para Dios. Lo que pasa es que Dios está en todas partes y mi verdad es parcial. Mi verdad no agota la realidad. Por tanto, Ortega destruye el relativismo.

SUPERACION DE HUSSERL
- En el libro "Epílogo", que son sus notas de trabajo...
- Ese no es un libro. Estoy en contra de lo que se está haciendo con todos los autores que es enterrarlos en papeles que no pensaron en escribir y nunca en publicarlos. Ahora se publica todo papel, hasta las cuentas de la lavandera o las cartas íntimas o triviales. Están enterrando a los autores, oscureciendo a los libros reales que escribieron. Mi armario, por ejemplo, está lleno de papeles y esas no son mis obras, son mis papeles de trabajo y publicar ese armario sería un absurdo... Hay una avidez de la familia y de los eruditos de publicar todo papel que caiga en sus manos.
- De todas maneras en esas notas de trabajo que desarrolló en algunos de sus libros expresa la idea de que existe un proceso integrador del pensamiento mágico, al mítico, lógico e intituivo y vital que demuestra la vigencia del pensamiento...
- Hay muchas formas de pensamiento, como el literario o el técnico.
- Pero me refiero a que si no hay una contradicción de parte de Ortega al reconocer la crisis de la razón la misma que Husserl había denominado como "crisis europea"...
- Ortega va mucho más allá de Husserl. Ahora está sucediendo una cosa muy curiosa los fenomenólogos que estudian a Husserl, que era un admirable filósofo, le están atribuyendo como si fuera lo central en Huseerl algunas ideas de su obra muy final que probablemente se devienen, en gran parte, de la influencia de Ortega, ya que en dichas ideas contradice todo lo que había dicho en su vida. Me refiero fundamentalmente a la idea de la revolución femenológica que Ortega desde el año 1914 consideraba imposible. Scheller y Heidegger no hicieron caso de la reducción fenomenológica, lo cual irritó enormemente a Husserl, ya que consideró que sus díscipulos mejores fueron traidores a la fenomenología. Ortega en el año catorce demostró que la reducción femenológica no es posible porque el hombre está en la realidad, en la vida.Va más allá de la femonología desde el comienzo, considera que es admirable pero insuficiente y se encamina hacia la vida humana y a la razón vital. Y ahora los femonólogos que no se han enterado de esto le atribuyen a Husserl, lo que, a última ahora y probablemente después de las conversaciones que tuvo el año treinta y cuatro con Ortega, permitió a Husserl ver las cosas más claras. Si al final vio esta realidad me alegro enormente, pues admiro a Husserl, pero no se le puede colgar lo que no tiene.

POLITIZACION DEL PENSAMIENTO

-Ortega postulaba también la no separación del pensamiento y la política.
- Vamos por partes. Creo que siempre ha habido pensamiento político desde Platón. Sin embargo, ahora hay muy poco pensamiento político, aunque existe una politización del pensamiento, que es justamente lo contrario, y eso me parece peligroso. Tiene que haber pensamiento político y el intelectual tiene que pensar sobre política. Ahora bien, la mayor parte de la gente está viviendo de ideas trasnochadas, de ideas pensadas en circunstancias muy distintas, ya que responden al siglo pasado o antes. Hay muy poco pensamiento político creador. Ortega, en cambio, escribió libros que tienen una cantidad de pensamiento político extraordinario, como "La rebelión de las Masas", que aunque no es un libro político como él decía, sin duda, está por debajo de ella pues plantea problemas que son mucho más hondos que ésta, normalmente, acostumbrada a tocar temas relativamente superficiales.
- Las cosas parecen haber cambiado y lo digo porque actualmente los filósofos se adscriben bastante menos a ideas políticas
- Me parece bastante bueno que los filósofos y los intelectuales no se adscriban a una política determinada, pero sí deben pensar sobre temas políticos. Ortega dijo una vez , cuando era bastante joven, una cosa que es muy acertada, "el que no se preocupa de la política y no se interesa por ella es un inmoral, él que lo ve todo políticamente es un majadero". Esto lo pondría en los sitios públicos porque tiene toda la razón.
- También decía, en general, que le gustaba el pensamiento de los naúfragos...
- Sí. Él decía que solamente las ideas verdaderas hacían sus pruebas ante un tribunal de naúfragos.
- ¿Y cuál es el naufragio que nos heredó su filosofía?
-No, él nos puso a flote, nos quiere salvar. La filosofía se hace para salvar. Platón, en la Carta VII, habla de la desorientación en que está Atenas. Habla justamente de la palabra "vértigo". Ortega hace una filosofía para orientar, para saber qué pensar sobre la realidad. Y su orientación es buscar la verdad, usar la razón, pues el hombre tiene una vida que no está hecha, la tiene que hacer, tiene que elegir en cada momento lo que va hacer y quién va ser. Y la única manera de salir de la desorientación es pensar; justamente lo que el hombre de esta época se preocupa en demasía por ahorrar. Hace experimentos, acumula datos, estadísticas, todo, menos pensar.

viernes, diciembre 16, 2005

MAS SOBRE BERNHARD

Kurt Hofmann:
Conversaciones con Thomas Bernhard

Encontré a Bernhard de la mano del amigo Carlos Maza, hace apenas dos años. De él he leído bastante y su obra me ha hecho mella; actualmente estoy con su teatro... Este libro muestra una de las pocas ocasiones que el gran autor austriaco se brindó a hablar, en un medio de comunicación, de su vida, de su palabra. Hombre acosado, por su fama y talante “cordial y demótico” (lo contrario, se supondrá) accedió a tener unas entrevistas con Kurt Hofmann, redactor del estudio de la Radiodifusión Austriaca en Salzburgo. El contenido se pasó después por radio y tomó la forma del presente libro. En él Bernrhard reflexiona sobre sí mismo, sobre la literatura, sobre la gente, sobre el panorama cultural austriaco, a su modo ácimo, hiriente, personal y hondo siempre, solitario lúcido y trasgresor donde los hubiera. El, admirable, todo un personaje, encarnado su avatar, una de las aventuras humanas y literarias más importantes del siglo XX, como dice el prologuista.

Edita Anagrama, colección “Biblioteca de la memoria”

martes, diciembre 13, 2005

de Alejandro Elías

PREMIOS Y CASTIGOS

"Premios y castigos"
por Luis Arias Argüelles-Meres

Articulo publicado el sabado 10 de diciembre 2005
en el diario LA OPINION de A CORUÑA DIGITAL (GALICIA)

Marsé protesta airadamente por la ínfima calidad de las novelas finalistas en un conocido premio literario. Una escritora, con cargo institucional, no se retira, sin embargo, de ese Jurado, aunque dice respetar las razones del novelista catalán. ¡Vivir para ver! Umbral habla de la falta de estilo en la novela actual, metiendo el dedo en el ojo de Pérez Reverte. Éste le replica muy cabreado. El Premio Tusquets de Novela se declara desierto, pues entre los 785 manuscritos presentados el Jurado no encontró nada que valiese la pena. Así de turbulento está el patio literario.
Mientras, las efemérides no cesan. Aparte de las que se han venido conmemorando, -y silenciando- tenemos el 40 cumpleaños de Última tardes con Teresa, una de las mejores novelas de Marsé, y también el 30 aniversario de la muerte de Dionisio Ridruejo, que, tras su militancia falangista, después de haber sido cofundador de la Revista Escorial, y de alistarse voluntario en la División Azul, rompe con el Régimen en el 42 y se instala en la oposición al franquismo. Además, escribió una obra poética estimable.
Premios y castigos. Sobre la polémica entre Umbral y Reverte, lo que más sobresale es la ceguera para la autocrítica propia, al tiempo que el dedo se pone, también, en la llaga. No le falta razón a Umbral cuando habla de la muerte del estilo, de la voluntad de estilo, podría haber dicho, y de la deprimente mediocridad de la narrativa actual. Que Reverte triunfe como narrador no le impide incurrir en hacer comparecer en uno de sus Alatristes a un Quevedo de cartón-piedra que descorazona a cualquiera. (Entre paréntesis: ¡Qué desperdicio y qué injusticia al respecto supone el desconocimiento de las obras de Deleito y Viñuela sobre la época de Felipe IV!) Aunque Umbral esté en lo cierto en sus asertos, no reconoce que la mayor parte de sus novelas no son cumbres del género, a excepción de Mortal y Rosa, sabiendo muy bien el prolífico escritor que no es lo mismo ser un buen prosista que alcanzar la excelencia en el género novela. Y le sobra razón a Reverte cuando le reprocha a Umbral sus boutades y arremetidas contra Galdós y Borges, escritores muy distintos y distantes, pero que están muy por encima del hombre de las bufandas. Podría haber añadido Reverte las perlas que les dedicó Umbral a Clarín y a Pérez de Ayala, entre otras muchas.
Pero sí las novelas premiadas en grandes certámenes literarios son flojas. Si novelistas conocidos se pelean, sin hacer la más mínima autocrítica, y si otros Premios "castigan" a quienes a ellos optan declarando desiertos los galardones, es que el panorama no está para tirar cohetes.
Del mismo modo que la prensa debe cuidar por encima de todo el respeto a sus lectores, los literatos tendrían que marcarse un mínimo de autoexigencia por aquello de la consideración a sus lectores, cada vez menos exigentes, a decir verdad. Pero las cosas no son así. Y llega un momento en que se dejan oír ruidos y furias, al tiempo que la calidad literaria, en especial en el género novela, decae de forma más que preocupante. Lo que más trasciende del mundo literario son las polémicas. Revise el lector su memoria de un año a esta parte, desde la desaparición de Ignacio Echevarría de las páginas de un conocido suplemento literario. Si damos el paso a premios conocidos, los resultados son como mínimo inquietantes. Por ejemplo, el premio Seix Barral de narrativa, concedido a una escritora muy castiza residente en Nueva York, que, en el mejor de los casos, es una tomadura de pelo en toda regla a quien exija un mínimo de calidad literaria.
Los premios, por lo común, son para obras mediocres e infumables. Y los castigos son para la literatura y para los lectores exigentes, especie ésta en extinción.
Un día desapacible como éste, con el otoño que se bate en retirada, luciendo la hermosura del color ocre en los castañedos, es de lo más oportuno enfrascarse en una buena lectura, incluso relectura. Entre las innumerables propuestas posibles, no estaría nada mal regresar a la Barcelona de Marsé y acompañar en su esnobismo a Teresa, a la burguesita que busca emociones fuertes en política y que muestra a los suyos como un trofeo a un joven obrero al que ella considera un activista político de las clases trabajadoras. Al final, papá y mamá lo resolverán todo, escarceos de su hijita incluidos. Pero, desde la primera hasta la última página, hay literatura de calidad.
Entre los derechos de los lectores, el más inalienable es el de gozar de buena literatura, ésa a la que el mercado literario, con sus complicidades y sobornos, le da tanto y tanto la espalda.

lunes, diciembre 12, 2005

SALVADOR ALARIO BATALLER: DESCENSUS AD INFEROS

Salvador Alario Bataller
Descensus ad Inferos
de 32 MANERAS DE ESCRIBIR UN VIAJE
(2002)
Colección Escritura Creativa
Grafein Ediciones
Barcelona

Cómo está hecho este relato

Para mí, la vida es un tránsito, un viaje hacia algo en lo que uno cree (nada tiene que ver con los monoteísmos) y una prueba -o una serie de pruebas-, de la cual se puede salir habiendo logrado un nivel espiritual superior. En dicho tránsito, con su inexorable descensus ad inferos, más de uno desea, alguna vez, darle término antes de hora... La vida es pérdida y, por ende, melancolía y, más aún, la casa donde uno nace o vive es, pienso y desde ad ovo, su sepulcro. Así mismo, el fin, propiciado por la propia mano, constituye la única forma de burlar al destino y una decisión, entiendo, de libertad suprema. El suicidio, qué duda cabe, puede ser un acto místico. No es este el caso de mi protagonista, pero escogí este tema para el relato: el viaje esencial que, por miedos primigenios y vulnerabilidades personales, uno cercena.
Siempre han sido más de mi gusto las postrimerías de ultratumba que las estulticias de la vida común. Una amiga mía me dijo una vez que existían tres tipos de seres humanos: oscuros, claros y de electroencefalograma plano. Los dos primeros resultaban de interés si eran lúcidos, según ella si poseían “registros”. Siendo yo un hombre oscuro me deleitaron siempre, pese a mi formación académica, ciertas materias herméticas y poblé mi imaginación con íncubos, súcubos, licántropes, vampiros y otras soledades. Además, debido a mi profesión, no pocas veces he de enfrentarme a patologías que llevan asociadas la posibilidad del suicidio. De todo ello hubo un poco detrás del relato y, después de una buena cena y de una buena copa, para facilitar el trabajo de las musas, lo escribí, como hago siempre con los relatos, de un tirón, cuando mi pluma comenzó a verter su negro esperma en el albo útero del papel.

DESCENSUS AD INFEROS

La vida, ese viaje entre los límites de mi desolación, todavía encerraba un destello de esperanza.
Desde hace bastante tiempo, el abatimiento y yo somos uno. Por razones que no explicaré, había perdido el trabajo y tenía problemas económicos, había terminado con mi última relación y me encontraba solo. Recuerdo que cierta tarde, movido por el tedio y la zozobra, cené fuera de casa, en un restaurante barato y bastante pronto, antes de las once, decidí acostarme. Fue el último día que hollé la calle.
Pasé largo tiempo cavilando sobre amores perdidos y sobre los motivos que hicieron que se perdiesen. Proyectando en ellas la culpa, mi cerebro recobró aquellos elementos que suelen perdurar cuando el amor fenece: los momentos de ternura y, sobre todo, el sexo. En definitiva que, con todo aquel conjunto de remembranzas, me venció la lubricidad y acabé masturbándome sin tregua.
Examinándome a fondo llegué a la conclusión de que yo era un hombre sin más virtud posiblemente que el haber aguantado en la vida casi treinta años. No había hecho nada importante y, lo más seguro, nunca llegaría a nada. Se decía que vivir ya era bastante, pero a mí no me bastaba el modo de vida que me había tocado en suerte, ni las circunstancias que lo envolvían. Sin el menor margen para la duda, parte de esa incapacitación, de ese fracaso, se debía ineluctablemente a mi carácter débil, poco resoluto y falto de superación.
Nadie me recordaría cuando muriese y estaba convencido de que acabaría pegándome un tiro. Lo cierto era que no me importaba la muerte, más bien sentía indiferencia hacia ella, en el mismo grado que podía sentir indiferencia hacia la vida. Había sido un tipo emotivo y fuerte, pero ahora me había entibiado. Vivía casi por vivir, si bien temporalmente albergué la inane esperanza de que las cosas cambiarían para bien, que el futuro sería bueno, que podría reconciliarme con la la existencia.

El rectángulo de la ventana estaba bien iluminado por la luz del plenilunio, que proyectaba sus haces en el interior, haciendo que los objetos y muebles de la estancia fueran visibles. Decidí fumar unos pitillos: después me arrebujaría bajo la colcha y las mantas, esperando que el sueño me venciese. La cama y el mobiliario eran de madera de nogal, sin ninguna ostentación, sin ningún estilo definido, muebles de por allá los cincuenta, que mis progenitores compraron cuando se casaron. En esa misma cama había sido engendrado y posiblemente en ella moriría. Entonces recordé aquello que dijera Nietzsche, referente a que el gran privilegio de los muertos consistía en que no tenían que volver a morir y estuve, obvio es decirlo, completamente de acuerdo.
Algunos cuadros insignificantes y algunos diplomas (uno cuando iba a básica, a los nueve años) y una cruz sobre el cabezal adornaban las paredes, que estaban desconchadas en algunas partes a causa de la humedad, siempre alta en aquella época y en aquella provincia. Aquel día era especialmente húmedo y plomizo y en días como ese me volvía especialmente taciturno y melancólico. Libros otrora dilectos, que ahora formaban una masa bruna, polvorienta y nada visitada, se apilaban, sin orden ni concierto, en los anaqueles de una vieja librería, que ocupaba un rincón junto a la ventana.
No podía mitigar la humillación, el sentimiento de injusticia y de impotencia; en mi catastrofismo, no del todo injustificado, siempre acababa atribuyendo al mundo la responsabilidad de todos mis males. No sabía por qué había trabajado seis años como un esclavo en aquella empresa, ni para qué, a no ser para tener cuatro perras en el banco y toneladas de frustración y de desesperanza.
Invadieron mi mente retazos de mi pasado y comprendí que no me faltó el entusiasmo, pero fui inconstante, poco realista y disipado en mis propósitos. Me creí autodidacta en ciertas artes particulares, si bien no fui un autoexiliado, aquel que consigue un mundo aparte para vivir al margen de la época que le ha tocado vivir, sino un transterrado a la fuerza; muy probablemente porque careciese de talento y de voluntad. Acabé C.O.U a duras penas, repitiéndolo dos años, y después acepté el primer trabajo que me salió. Era una ocupación sin ningún lustre, pero que me dejaba tiempo libre para formarme y para buscar, como pretendía entonces, el éxito, la notoriedad pública y el bienestar económico.
Casi sin darme cuenta, fui enfangándome cada vez más en ciertos saberes esotéricos e incluso escribí algunos relatos que consideré excelentes. Siendo yo el único censor, ingenuo y cegato por lo demás, no veía que mi obra, además de tener poco valor literario, estaba entreverada del odio inherente del hombre pérfido y desadaptado que en realidad era. Ningún editor la aceptó y yo, con gran cinismo, continué mirando el mundo de soslayo, escribiendo cada vez con más desgarro, creyéndome el vate de un nuevo saber o de un nuevo movimiento intelectual, cuando no hacía más que pasear mi inutilidad alcoholizada por los terrenos baldíos de los proyectos que nunca tomarán encarnadura.
Durante un tiempo, sí, me vi víctima de un malditismo, ese malditismo que caracterizó a algunos escritores franceses y americanos. Pero al fín, a golpe de fracasos, asumí definitivamente que, por mucho que me empecinase en esa lucha, nunca llegaría a nada. Entonces vino una gran tristeza, aquel desolador sentimiento de fracaso que me llevó a vivir una vida gris y desilusionada.
Me lamentaba continuamente y, como he referido, acabé por no salir de casa. Me alarmé también cuando me di cuenta de que mis frecuentes masturbaciones representaban los únicos momentos gratificantes. Ya no leía periódicos ni libros y, en cambio, se apilaban en mi mesita de noche las revistas pornográficas. También comprobé que, con la saciación, aquellos momentos de placer solitario perdían su magia y no me proporcionaban más que una efímera explosión y no poca desazón. Se había convertido en un acto mecánico y oneroso. Sentí experimentar el descensus ad inferos, ese viaje interior y esencial que para algunos significaba la renovación, pero del cual yo no renacería. Por pura inercia miré el reloj y llegué al convencimiento definitivo de que la vida no me guardaría sorpresas y nada cambiaría.
En el pasado, alguna vez pensé en terminar, pero lo deseché, por absurdo. Siempre habría un mañana y un cambio definitivo, para bien. Pensaba en ello cada vez y notaba, como una suerte de bendición, que el momento bajo había tocado a su suelo, que eran propios de la vida los valles y las montañas, que podría salir del bache y que de una semana a otra todo podría cambiar. Sin embargo, el cambio debía iniciarlo yo, rompiendo la apatía, dejando de lamentarme. Tenía que aferrarme a la vida con tenacidad, volver a comprar periódicos, estudiar las ofertas de empleo, hacer algo para recomponer los pedazos rotos de mi existencia y encarar el mañana con cierto ánimo. Ese era el camino, me decía cada vez, y dejar atrás la inercia, las copas y aquella lamentable compulsión masturbatoria.
Aquella noche era turbia y desapacible, y paradójicamente comencé a dormirme, entre el olor pesado y acre del semen derramado y degradado. Recuerdo ahora que sentía mi respiración y el batir de mi corazón en el pecho, en un estado de agitación inexplicable, en el cual tenía la certeza insólita de dormirme de un momento a otro. Poco después, comenzaron a pesarme los ojos y la penumbra del cuarto se fue haciendo más densa, y yo sabía que el sueño estaba a mi vera, las únicas horas en que mi alma encontraba la paz, en la penumbra de una habitación húmeda y olvidada.
Fue como un sueño, pero sé que no era propiamente un sueño. Aquella sensación, aquel mundo en que me desperté (o creí experimentar algo parecido al despertar), estaba tan alejado del reino de lo onírico como del de la vigilia. Era plenamente consciente de cuanto acontecía a mi alrededor, del tacto, de los olores, de los ruidos, de aquello que era percibido, pero sabía también, con angustia, que apenas podía moverme, que un hilo extraño e invisible trababa mi cuerpo, robándome el movimiento y la voluntad. Tomé aquella forma de conciencia inquieto porque algo me despertó, algo que me aterrorizaba, una forma que dormía junto a mí y que yo trataba de apartar permaneciendo en una espantada inercia. A mi espalda, se pegó el pecho inconfundible de una mujer, un cuerpo blando, aunque líquido, una sensación inexplicable, que yo intuía mala y muy antigua, como su aliento caliente en mi nuca o el toque sedoso de sus manos deslizándose por mis caderas. Sus muslos, suaves y fríos, entornaron los míos y noté su vello púbico aplastándose blandamente sobre mis nalgas. Yo simulaba dormir, transido por el espanto, pero de algún modo extraño sabía que ella conocía mi simulación. Nunca antes me había sentido tan inerme y aterrorizado.
Aquel fenómeno extraordinario quizás hubiera nacido de la lubricidad, alimentándose y creciendo a partir de las imágenes obscenas y de las poluciones desgarradas, y de mi dolor, un fenómeno conocido en el pasado que vino con el sueño, rompiendo sus esquemas normales, la bendita inconsciencia, para traer la concreta presencia de un ser. Luché por desvanecerlo, y, por fin, mi brazo lo apartó con violencia, alejando de mí su forma viscosa, que se disolvió en el éter con un estridente grito de arpía y un agudo chasquido, semejante al crepitar desagradable de una descarga eléctrica.
Inmediatamente desperté, los huesos doloridos por aquella pugna, pero aún con miedo, permanecí quieto durante más de un minuto, con el corazón acelerado y los músculos tensos como alambres. Poco a poco, abrí los ojos y en la oscuridad percibí la pesada cómoda que había a mi lado, iluminada por los primeros albores del amanecer. Por fin, me di la vuelta y, aún sin tranquilidad, contemplé la cama vacía. Recordé mis lecturas relativas a dichos asuntos oscuros y no me sentí menos angustiado. Las impurezas de mi vida me trajeron en noches posteriores aquella indeseada compañía, ahora también alimentada por el propio miedo. Un nuevo terror se añadía a mis turbaciones, la anticipación de su presencia, el pavor a la noche y al sueño.
Posiblemente, día tras día, una noche después de otra, yo iba vaciando el elixir del cual ella se nutría y que se encontraba manchado por el dolor, la tristeza y la desesperación ante la vida. Tal vez esa fuera una de las respuestas más acertadas a aquel enigma horripilante, pero constituía un asunto del cual nada más quería saber.
Abrí la mesita de noche y me juré que la andadura había finalizado. El tacto frío del vidrio del frasco que encerraba al daemon químico me reafirmó en ello. Bienvenue, ô mort !




sábado, diciembre 10, 2005

EL NECRÓFILO

Gabrielle Wittkop:
El necrófilo
Un libro, de los pocos me he leído de un tirón, que nos muestra las bizarras relaciones de un anticuario con cuerpos deshabitados del hálito vital. Un texto que resultará, a no pocos, escabroso, pero de una belleza diamantina para aquellos que no se impresionen por asuntos que suelen perturbar al común de las gentes.Un mirada profunda, atrevida y lúcida, al alma del necrófilo, parafilia entroncada en las más graves patologías sexuales y que solamente la belleza de una pluma como la de la autora puede desprender un tanto de su crudeza inherente, por el hecho mismo de elevarlo a categoría literaria.
Se publicó por primera vez en 1.972 y se agotó rápidamente, reeditándose en 1.990. Tal como dijo su editora, la francesa Régine Deforges, “es uno de los textos más inquietantes de la literatura contemporánea”.Wittkop es francesa de nacimiento, aunque vive en Alemania y los pocos que la conocen han dicho de ella que es una vieja dama “indigna”, a la cual sería un placer conocer.
En mi opinión, uno de los libros más impresionantes que he leído nunca, exaltación de ese amor a la muerte, con sus múltiples variaciones, que tan grato es a los habitantes del lado oscuro.
La edición que tengo es de Tuskets, colección La sonrisa vertical, de 1.995.


jueves, diciembre 08, 2005

RAYMOND ROUSSEL: UNA GRAN OBRA


Raymond Roussel:
Locus solus
Raymond Roussel nació en 1887 en París, ciudad en la que pasó la mayor parte de su vida. Entre sus excentricidades, que fueron muchas, mencionaremos que dio la vuelta al mundo en dos ocasiones, sin apenas salir de su caravana. Para él la literatura debía ser un producto de la imaginación pura.
Sus obras tuvieron un escaso eco mientras Roussel vivió, pero en Francia, en estos últimos años, su obra ha despertado un interés creciente; un crítico ha dicho del autor que es, sin ningún género de duda, una de las figuras más importantes de la literatura moderna. No es raro que muchos de los grandes sean poco leídos.
Su obra capital, Locus solus se publicó en París en 1914 y de Roussel dijo André Breton que “es, con Lautrémont (a quien pronto dedicaremos un "post", N.E), el autor de mayor magnetismo que nos han deparado los tiempos modernos”. Locus solus es el majestuoso parque donde vive Martial Canterel, en las afueras de París. Allí son invitados un grupo de amigos para que contemplen las siete maravillas del mundo creadas por él... Cuáles son esas maravillas, mejor no os lo cuento y lo leéis.
Finalmente, destacar que esta obra y muchas más impagables fueron reeditadas en España en numa editorial (http://www.numa.es), otra de las encomiables en el umbrío panorama del presente. La edición que yo tengo es del 2001.

miércoles, diciembre 07, 2005

SOBRE BORGES


Alberto Manguel:
Con Borges
Fueron muchas las personas que, debido a su ceguera, le leyeron a Borges en los últimos tiempos de su decurso mundano, algunos de los cuales no supieron en ese momento quién era aquella persona mayor que les requería en este magnífico menester. Manguel, durante los años de 1964.1968, tuvo el honor de hacerlo, por la tarde, al salir de la escuela.Estamos ante un libro delicioso, que leí de un tirón hace poco, con placer infinito, si puedo expresarlo así (cosa que me sucede poco con los nuevos libros, no con los que releo), homenaje de otro gran escritor al eterno argentino. Así leía y releía Borges, porque su ceguera le impedía, entonces, hacerlo de otro modo .
Muchas voces para muchos libros, voces múltiples para un mismo libro, un documento hermoso para los amates de Borges y para comprender el vasto universo personal en el que iba y venía su mente maravillosa: los arquetipos de la memoria, el tiempo y la realidad, traídos y llevados por las ambigüedades y simetrías de la ficción borgiana, hundiéndonos del mejor modo, en el poder, el misterio y deleite del mundo de los libros... Todo un placer, todo un saber.
Totalmente de acuerdo con lo que dijo mi amigo Iván Humanes Bespín, en su comentario de un post anterior, respecto las tres grandes “bes" de la literatura: Bernhard, Borges y Beckett.
Edita Alianza Editorial, colección “Alianza Literaria” (2.004)

lunes, diciembre 05, 2005

ARTHUR MACHEN: CUENTOS

ARTHUR MACHEN:
EL GRAN DIOS PAN
Y OTROS RELATOS DE
TERROR SOBRENATURAL
ARTHUR MACHEN (1863-1947), como su contemporáneo Lord Dunsany, fue un soñador, que creó una de las obras más exquisitas y líricas en ese particular universo literario que es el género de terror. Durante su vida, sus ocupaciones fueron diversas: tutor, traductor, corrector de pruebas, catalogador de libros raros, actor de teatro y, sobre todo, periodista. Machen plasmó en el papel de manera profundamente poética sus arrebatados y malancólicos sueños, tratando de desvelar los enigmas ocultos más allá de la existencia, allende el espacio, logrando un gran lirismo en su especial creación del horror.
Al contrario de M.R. James o Joseph Sheridan Le Fanu, Machen, inspirándose en sus orígenes celtas, no escribió sobre fantasmas, sino sobre fuerzas elementales, maleficios que pervivieron o poderes malignos invocados por el folklore y los cuentos de hadas, como los hermosos y juguetones seres que se le aparecen a la protagonista de “El pueblo blanco” (“probablemente el mejor relato sobrenatural del siglo, tal vez de la literatura”, en opinión de E.F. Bleiler), o la perversa gente pequeña que aparece en “El Sello negro” o en “La pirámide resplandeciente” o en “De las profundidades de la tierra”, misteriosa y horrenda raza pre-céltica, negra y achaparrada, forzada a vivir en las entrañas de la tierra, donde siguen practicando horripilantes ritos sacrificiales.
La antología que presentamos aquí y que se reúne en el número 33 de la colección Valdemar Gótica está formada por catorce relatos (algunos de ellos inéditos en castellano), lo más florido de la ingente obra fantástica de Machen, que tan grande influencia tuvo en otro gran maestro del horror sobrenatural, H.P. Lovecraft.

domingo, diciembre 04, 2005

THOMAS BERNHARD Y PAUL WITTGENSTEIN

THOMAS BERNHARD:
"EL SOBRINO DE WITTGENSTEIN"

Paul wittgenstein, sobrino del mítico filósofo, un verdadero personaje de novela, es el hombre en torno el cual gira una buena parte de esta obra, que se erige, entre otras cosas, en un particular canto a la amistad, la de alguien que, al contrario que su tío Ludwing no llevó su filosofía al papel, sino que la reprimió y solamente exhibió ante el mundo su locura, superficie dislocada de una personalidad ingeniosa y díscola que solo los amigos, como Thomas Bernhard –así mismo poco dado a una cordialidad que tampoco los otros se merecieron- llegaron a conocer con hondura. Además, en sus páginas, se suceden imágenes diversas, triviales y profundas, de la vida del autor: la enfermedad, la muerte, los premios literarios, los cafés vieneses, recuerdos que nos evocan a veces tristeza y en otras ocasiones hilaridad (recomiendo en especial el capítulo referente a la concesión de un importante galardón concedido al autor, en el cual, además de tener que soportar una buena suma de dislates, la ministra de cultura del momento le llamó “perro” ante el público asistente). Novela de un notable acento autobiográfico en sus páginas, Bernhard por primera vez en su larga y fecunda trayectoria literaria, habla de la amistad, de una manera sorprendente y rotunda, sobre una relación amical marcada dolorosamente por la decadencia y la vesania de un hombre a quien conoció durante una estancia en un sanatorio, servicios que desgraciadamente ambos visitaron con frecuencia, pero por dolencias muy distintas, físicas las unas, mentales las otras.En suma, un libro importante, de quien como narrador, poeta y autor teatral, es uno de los mayores escritores de nuestro tiempo.

sábado, diciembre 03, 2005

de Desconocido

ENFRENTAMIENTO ENTRE ESCRITORES


Patente de corso,
por Arturo Pérez-Reverte

El muelle flojo de Umbral

Incultura camuflada bajo la brillante escaramuza del estilo.
En realidad nunca tuvo nada que decir

Hace años tuve una polémica con Francisco Umbral que acabó cuando escribí un artículo titulado Sobre Borges y sobre gilipollas, donde el gilipollas no era Borges. Desde entonces, en lo que a mí se refiere, Umbral ha permanecido mudo; cosa que en un teclista con su logorrea –«escribe como mea», dijo de él Miguel Delibes– supone un prodigio de continencia. Pero el tiempo pasa, la edad termina aflojándole a uno el muelle, y ahora vuelve a meterme los dedos en la boca. El estilo, o sea. Al maestro de columnistas no le gusta mi estilo literario, y le sorprende que se lean mis novelas. También, de paso, le parece inexplicable que nadie lea las suyas, ni aquí ni en el extranjero. Que fuera de España no sepan quién es Francisco Umbral, eso dice tenerlo asumido: su prosa es tan perfecta, asegura, que resulta intraducible a otras lenguas cultas. Pero no vender aquí un libro lo lleva peor. No se lo explica, el maestro. Con su estilo. Así que voy a intentar explicárselo. Con el mío.Francisco Umbral tiene –y nos lo recuerda a cada instante– la mejor prosa de España. También cultiva una imagen, más social que literaria, inspirada en el malditismo narcisista y la soledad del escritor incomprendido y genial. Pero eso es cuanto tiene. Nunca pisó una universidad como alumno, ni leyó un clásico, ni tuvo una formación que trascendiera la cita, el plagio entreverado y el picoteo de lo ajeno. La lectura tranquila de sus libros y columnas sólo revela frivolidad superficial, incultura camuflada bajo la brillante escaramuza del estilo. En realidad, Umbral nunca tuvo nada que decir. La idea, el comentario o el libro citados en abundancia aquí y allá –a menudo de forma incorrecta, como ocurre con Borges y la Biblia, entre otros– casi nunca provienen de lecturas directas, sino que delatan la tercería de la revista, suplemento cultural, antología o texto ajeno donde fueron espigados. Sospecho, además, que Umbral anda muy flojo de lenguas, lo mismo vivas que muertas, aunque para el estilo le baste con la que tan bien maneja. Y en cuanto a la gran novela básica, la que forma los cimientos de todo novelista sólido, su ignorancia resulta asombrosa en un escritor de tales pretensiones. Por eso resulta esclarecedor que, en sus innumerables intentos frustrados de novelar, mencione siempre con desprecio a Cervantes, Galdós, Dickens, Tolstoi, Dostoievski o Baroja, y entre los contemporáneos, a Marsé, Mújica Lainez o Vargas Llosa; o que cometa la bajeza de situar al honrado José Luis Sampedro o al dignísimo e impecable Luis Mateo Díez a la misma altura que a Mañas, el chico del Kronen. En esa línea, las universidades sólo valen para algo cuando invitan a Umbral, y le pagan. Igual que los premios literarios, el Cervantes o la Real Academia: sólo tienen prestigio si él los consigue.Y es que Umbral no escribe literatura: él es la literatura –«Borges y yo», afirmaba sin complejos hace unos años–. Y si la gente no lo lee, es porque a la gente no le interesa la literatura; no porque no le interese Umbral, ni porque repugne, por ejemplo, el sexo turbio que impregna sus novelas; más turbio aún cuando imaginamos al propio Umbral practicándolo. Un personaje de quien Jimmy Gimenez Arnau –que no se diría, en rigor, espejo de virtudes– ha escrito: «Padece cáncer de alma».La cita no es casual, porque, además de ser un periodista que nunca dio una noticia, de que en sus novelas y columnas no haya una sola idea, y de alardear de una cultura que no tiene, lo que trufa toda la obra de Umbral, desde el principio, es su bajeza moral. La «infame avilantez» que, ya metidos en citas, le atribuyó la poetisa Blanca Andreu. Siempre estuvo dispuesto a despreciar a novelistas ancianos o fallecidos como Gironella, Aldecoa, o el Cela a cuya sombra en vida tanto medró –y a quien dedicó, caliente el cadáver, un librito oportunista e infame, escrito, eso sí, con estilo sublime–, o a insultar y señalar con el dedo a antiguas amantes y a mujeres que le negaron sus favores; aunque esto lo hace sólo cuando no pueden defenderse y sus maridos están muertos o en la cárcel. Tan miserable hábito no lo mencionaría aquí de limitarse a lo privado; pero es que Umbral tiene la bajunería de salpicar con él su literatura. Su bello estilo. A todo eso añade una proverbial cobardía física, que siempre le impidió sostener con hechos lo que desliza desde el cobijo de la tecla. Pero al detalle iremos otro día. Cuando me responda, si tiene huevos. A ver si esta vez no tarda otros cinco años. El maestro.


viernes, diciembre 02, 2005

de DORÉE