Salvador Alario BatallerDescensus ad Inferosde 32 MANERAS DE ESCRIBIR UN VIAJE(2002)Colección Escritura CreativaGrafein EdicionesBarcelona
Cómo está hecho este relato
Para mí, la vida es un tránsito, un viaje hacia algo en lo que uno cree (nada tiene que ver con los monoteísmos) y una prueba -o una serie de pruebas-, de la cual se puede salir habiendo logrado un nivel espiritual superior. En dicho tránsito, con su inexorable descensus ad inferos, más de uno desea, alguna vez, darle término antes de hora... La vida es pérdida y, por ende, melancolía y, más aún, la casa donde uno nace o vive es, pienso y desde ad ovo, su sepulcro. Así mismo, el fin, propiciado por la propia mano, constituye la única forma de burlar al destino y una decisión, entiendo, de libertad suprema. El suicidio, qué duda cabe, puede ser un acto místico. No es este el caso de mi protagonista, pero escogí este tema para el relato: el viaje esencial que, por miedos primigenios y vulnerabilidades personales, uno cercena.
Siempre han sido más de mi gusto las postrimerías de ultratumba que las estulticias de la vida común. Una amiga mía me dijo una vez que existían tres tipos de seres humanos: oscuros, claros y de electroencefalograma plano. Los dos primeros resultaban de interés si eran lúcidos, según ella si poseían “registros”. Siendo yo un hombre oscuro me deleitaron siempre, pese a mi formación académica, ciertas materias herméticas y poblé mi imaginación con íncubos, súcubos, licántropes, vampiros y otras soledades. Además, debido a mi profesión, no pocas veces he de enfrentarme a patologías que llevan asociadas la posibilidad del suicidio. De todo ello hubo un poco detrás del relato y, después de una buena cena y de una buena copa, para facilitar el trabajo de las musas, lo escribí, como hago siempre con los relatos, de un tirón, cuando mi pluma comenzó a verter su negro esperma en el albo útero del papel.
DESCENSUS AD INFEROS
La vida, ese viaje entre los límites de mi desolación, todavía encerraba un destello de esperanza.
Desde hace bastante tiempo, el abatimiento y yo somos uno. Por razones que no explicaré, había perdido el trabajo y tenía problemas económicos, había terminado con mi última relación y me encontraba solo. Recuerdo que cierta tarde, movido por el tedio y la zozobra, cené fuera de casa, en un restaurante barato y bastante pronto, antes de las once, decidí acostarme. Fue el último día que hollé la calle.
Pasé largo tiempo cavilando sobre amores perdidos y sobre los motivos que hicieron que se perdiesen. Proyectando en ellas la culpa, mi cerebro recobró aquellos elementos que suelen perdurar cuando el amor fenece: los momentos de ternura y, sobre todo, el sexo. En definitiva que, con todo aquel conjunto de remembranzas, me venció la lubricidad y acabé masturbándome sin tregua.
Examinándome a fondo llegué a la conclusión de que yo era un hombre sin más virtud posiblemente que el haber aguantado en la vida casi treinta años. No había hecho nada importante y, lo más seguro, nunca llegaría a nada. Se decía que vivir ya era bastante, pero a mí no me bastaba el modo de vida que me había tocado en suerte, ni las circunstancias que lo envolvían. Sin el menor margen para la duda, parte de esa incapacitación, de ese fracaso, se debía ineluctablemente a mi carácter débil, poco resoluto y falto de superación.
Nadie me recordaría cuando muriese y estaba convencido de que acabaría pegándome un tiro. Lo cierto era que no me importaba la muerte, más bien sentía indiferencia hacia ella, en el mismo grado que podía sentir indiferencia hacia la vida. Había sido un tipo emotivo y fuerte, pero ahora me había entibiado. Vivía casi por vivir, si bien temporalmente albergué la inane esperanza de que las cosas cambiarían para bien, que el futuro sería bueno, que podría reconciliarme con la la existencia.
El rectángulo de la ventana estaba bien iluminado por la luz del plenilunio, que proyectaba sus haces en el interior, haciendo que los objetos y muebles de la estancia fueran visibles. Decidí fumar unos pitillos: después me arrebujaría bajo la colcha y las mantas, esperando que el sueño me venciese. La cama y el mobiliario eran de madera de nogal, sin ninguna ostentación, sin ningún estilo definido, muebles de por allá los cincuenta, que mis progenitores compraron cuando se casaron. En esa misma cama había sido engendrado y posiblemente en ella moriría. Entonces recordé aquello que dijera Nietzsche, referente a que el gran privilegio de los muertos consistía en que no tenían que volver a morir y estuve, obvio es decirlo, completamente de acuerdo.
Algunos cuadros insignificantes y algunos diplomas (uno cuando iba a básica, a los nueve años) y una cruz sobre el cabezal adornaban las paredes, que estaban desconchadas en algunas partes a causa de la humedad, siempre alta en aquella época y en aquella provincia. Aquel día era especialmente húmedo y plomizo y en días como ese me volvía especialmente taciturno y melancólico. Libros otrora dilectos, que ahora formaban una masa bruna, polvorienta y nada visitada, se apilaban, sin orden ni concierto, en los anaqueles de una vieja librería, que ocupaba un rincón junto a la ventana.
No podía mitigar la humillación, el sentimiento de injusticia y de impotencia; en mi catastrofismo, no del todo injustificado, siempre acababa atribuyendo al mundo la responsabilidad de todos mis males. No sabía por qué había trabajado seis años como un esclavo en aquella empresa, ni para qué, a no ser para tener cuatro perras en el banco y toneladas de frustración y de desesperanza.
Invadieron mi mente retazos de mi pasado y comprendí que no me faltó el entusiasmo, pero fui inconstante, poco realista y disipado en mis propósitos. Me creí autodidacta en ciertas artes particulares, si bien no fui un autoexiliado, aquel que consigue un mundo aparte para vivir al margen de la época que le ha tocado vivir, sino un transterrado a la fuerza; muy probablemente porque careciese de talento y de voluntad. Acabé C.O.U a duras penas, repitiéndolo dos años, y después acepté el primer trabajo que me salió. Era una ocupación sin ningún lustre, pero que me dejaba tiempo libre para formarme y para buscar, como pretendía entonces, el éxito, la notoriedad pública y el bienestar económico.
Casi sin darme cuenta, fui enfangándome cada vez más en ciertos saberes esotéricos e incluso escribí algunos relatos que consideré excelentes. Siendo yo el único censor, ingenuo y cegato por lo demás, no veía que mi obra, además de tener poco valor literario, estaba entreverada del odio inherente del hombre pérfido y desadaptado que en realidad era. Ningún editor la aceptó y yo, con gran cinismo, continué mirando el mundo de soslayo, escribiendo cada vez con más desgarro, creyéndome el vate de un nuevo saber o de un nuevo movimiento intelectual, cuando no hacía más que pasear mi inutilidad alcoholizada por los terrenos baldíos de los proyectos que nunca tomarán encarnadura.
Durante un tiempo, sí, me vi víctima de un malditismo, ese malditismo que caracterizó a algunos escritores franceses y americanos. Pero al fín, a golpe de fracasos, asumí definitivamente que, por mucho que me empecinase en esa lucha, nunca llegaría a nada. Entonces vino una gran tristeza, aquel desolador sentimiento de fracaso que me llevó a vivir una vida gris y desilusionada.
Me lamentaba continuamente y, como he referido, acabé por no salir de casa. Me alarmé también cuando me di cuenta de que mis frecuentes masturbaciones representaban los únicos momentos gratificantes. Ya no leía periódicos ni libros y, en cambio, se apilaban en mi mesita de noche las revistas pornográficas. También comprobé que, con la saciación, aquellos momentos de placer solitario perdían su magia y no me proporcionaban más que una efímera explosión y no poca desazón. Se había convertido en un acto mecánico y oneroso. Sentí experimentar el descensus ad inferos, ese viaje interior y esencial que para algunos significaba la renovación, pero del cual yo no renacería. Por pura inercia miré el reloj y llegué al convencimiento definitivo de que la vida no me guardaría sorpresas y nada cambiaría.
En el pasado, alguna vez pensé en terminar, pero lo deseché, por absurdo. Siempre habría un mañana y un cambio definitivo, para bien. Pensaba en ello cada vez y notaba, como una suerte de bendición, que el momento bajo había tocado a su suelo, que eran propios de la vida los valles y las montañas, que podría salir del bache y que de una semana a otra todo podría cambiar. Sin embargo, el cambio debía iniciarlo yo, rompiendo la apatía, dejando de lamentarme. Tenía que aferrarme a la vida con tenacidad, volver a comprar periódicos, estudiar las ofertas de empleo, hacer algo para recomponer los pedazos rotos de mi existencia y encarar el mañana con cierto ánimo. Ese era el camino, me decía cada vez, y dejar atrás la inercia, las copas y aquella lamentable compulsión masturbatoria.
Aquella noche era turbia y desapacible, y paradójicamente comencé a dormirme, entre el olor pesado y acre del semen derramado y degradado. Recuerdo ahora que sentía mi respiración y el batir de mi corazón en el pecho, en un estado de agitación inexplicable, en el cual tenía la certeza insólita de dormirme de un momento a otro. Poco después, comenzaron a pesarme los ojos y la penumbra del cuarto se fue haciendo más densa, y yo sabía que el sueño estaba a mi vera, las únicas horas en que mi alma encontraba la paz, en la penumbra de una habitación húmeda y olvidada.
Fue como un sueño, pero sé que no era propiamente un sueño. Aquella sensación, aquel mundo en que me desperté (o creí experimentar algo parecido al despertar), estaba tan alejado del reino de lo onírico como del de la vigilia. Era plenamente consciente de cuanto acontecía a mi alrededor, del tacto, de los olores, de los ruidos, de aquello que era percibido, pero sabía también, con angustia, que apenas podía moverme, que un hilo extraño e invisible trababa mi cuerpo, robándome el movimiento y la voluntad. Tomé aquella forma de conciencia inquieto porque algo me despertó, algo que me aterrorizaba, una forma que dormía junto a mí y que yo trataba de apartar permaneciendo en una espantada inercia. A mi espalda, se pegó el pecho inconfundible de una mujer, un cuerpo blando, aunque líquido, una sensación inexplicable, que yo intuía mala y muy antigua, como su aliento caliente en mi nuca o el toque sedoso de sus manos deslizándose por mis caderas. Sus muslos, suaves y fríos, entornaron los míos y noté su vello púbico aplastándose blandamente sobre mis nalgas. Yo simulaba dormir, transido por el espanto, pero de algún modo extraño sabía que ella conocía mi simulación. Nunca antes me había sentido tan inerme y aterrorizado.
Aquel fenómeno extraordinario quizás hubiera nacido de la lubricidad, alimentándose y creciendo a partir de las imágenes obscenas y de las poluciones desgarradas, y de mi dolor, un fenómeno conocido en el pasado que vino con el sueño, rompiendo sus esquemas normales, la bendita inconsciencia, para traer la concreta presencia de un ser. Luché por desvanecerlo, y, por fin, mi brazo lo apartó con violencia, alejando de mí su forma viscosa, que se disolvió en el éter con un estridente grito de arpía y un agudo chasquido, semejante al crepitar desagradable de una descarga eléctrica.
Inmediatamente desperté, los huesos doloridos por aquella pugna, pero aún con miedo, permanecí quieto durante más de un minuto, con el corazón acelerado y los músculos tensos como alambres. Poco a poco, abrí los ojos y en la oscuridad percibí la pesada cómoda que había a mi lado, iluminada por los primeros albores del amanecer. Por fin, me di la vuelta y, aún sin tranquilidad, contemplé la cama vacía. Recordé mis lecturas relativas a dichos asuntos oscuros y no me sentí menos angustiado. Las impurezas de mi vida me trajeron en noches posteriores aquella indeseada compañía, ahora también alimentada por el propio miedo. Un nuevo terror se añadía a mis turbaciones, la anticipación de su presencia, el pavor a la noche y al sueño.
Posiblemente, día tras día, una noche después de otra, yo iba vaciando el elixir del cual ella se nutría y que se encontraba manchado por el dolor, la tristeza y la desesperación ante la vida. Tal vez esa fuera una de las respuestas más acertadas a aquel enigma horripilante, pero constituía un asunto del cual nada más quería saber.
Abrí la mesita de noche y me juré que la andadura había finalizado. El tacto frío del vidrio del frasco que encerraba al daemon químico me reafirmó en ello. Bienvenue, ô mort !