Un,dos,tres... CUENTOS
Cuentos y textos diversos de Egosum y otros WEBS PROFESIONALES: http://clinica-psicomedica.iespana.es http://alario1.blogspot.com http://nohaymentesincerebro.blogspot.com
Datos personales
Un cordial saludo: Aunque tengo inéditas bastantes novelas y cuentos, lo que sigue representa lo que he publicado hasta la fecha (en Grafein y promolibro ), además de "La conciencia de la bestia" (finalista del Premio Planeta en 1997 y autoeditada, como las demás obras en lulu).
sábado, abril 29, 2006
DE REALIDADES Y OTROS SUEÑOS
José Martín Hurtado Galves
Microcuentos
ADVERTENCIA
De estos sueños no comerás… porque producen insomnios.
SUICIDIO
Levantó el control remoto. Apuntó hacia el televisor. Y con la otra mano jaló el gatillo de la pistola que apuntaba a su sien.
DECISIÓN
Había visto tantas veces la vida que una vez más, o menos, no era realmente importante. Prefirió seguir durmiendo en el fondo de aquel pozo.
De estos sueños no comerás… porque producen insomnios.
SUICIDIO
Levantó el control remoto. Apuntó hacia el televisor. Y con la otra mano jaló el gatillo de la pistola que apuntaba a su sien.
DECISIÓN
Había visto tantas veces la vida que una vez más, o menos, no era realmente importante. Prefirió seguir durmiendo en el fondo de aquel pozo.
jueves, abril 27, 2006
miércoles, abril 26, 2006
JOSÉ MARTÍN HURTADO GALVES: BREVÍSIMOS
DE REALIDADES Y OTROS SUEÑOS
José Martín Hurtado Galves
LA ESQUINA
Los dos llegaron a la esquina, pero no se vieron. Cada uno esperaba a alguien, pero no se vieron. Cada uno se recargó en la pared, pero no se vieron. El primero bajó la mirada y se arrodilló cuando pasó el viático, era el año de 1804. El segundo bajó la mirada cuando vio pasar junto a él a un niño que guiaba su nave espacial a control remoto, era el año de 2004. La esquina fue destruida en el 2006 para hacer un eje vial, y sin embargo, aquellos dos hombres siguieron ahí.
HÁGANSE LOS SUEÑOS
Y aquél dios dijo: ¡Háganse los sueños! Y entonces él también existió.
EL PRIMER DÍA
Un día hubo un primer día, y luego otro primer día, y un tercero que era también un primer día, y así, hasta hoy, que a pesar de que es de noche, sigue siendo el primer día.
José Martín Hurtado Galves
LA ESQUINA
Los dos llegaron a la esquina, pero no se vieron. Cada uno esperaba a alguien, pero no se vieron. Cada uno se recargó en la pared, pero no se vieron. El primero bajó la mirada y se arrodilló cuando pasó el viático, era el año de 1804. El segundo bajó la mirada cuando vio pasar junto a él a un niño que guiaba su nave espacial a control remoto, era el año de 2004. La esquina fue destruida en el 2006 para hacer un eje vial, y sin embargo, aquellos dos hombres siguieron ahí.
HÁGANSE LOS SUEÑOS
Y aquél dios dijo: ¡Háganse los sueños! Y entonces él también existió.
EL PRIMER DÍA
Un día hubo un primer día, y luego otro primer día, y un tercero que era también un primer día, y así, hasta hoy, que a pesar de que es de noche, sigue siendo el primer día.
lunes, abril 24, 2006
THOMAS BERNHARD
Varias sombras
VARIAS SOMBRAS se precipitan sobre un trabajador que vuelve a casa. Lo violan a la orilla del río y lo dejan allí tendido. Cuando quiere levantarse para seguir su camino, las sombras se presentan de nuevo y lo golpean. Le quitan la chaqueta y lo arrojan al río. Le meten la cabeza en el agua y le clavan sus largos cuchillos en los conductos auditivos. Tratan de mantenerlo bajo el agua hasta que se ahogue. Se despierta de su desvanecimiento, en otro lugar, y continúa, desnudo, su camino. Otra vez aparecen las sombras y lo estrangulan. Lo arrojan a una fosa, un embudo de bomba, y lo cubren de tierra. Vuelve a despertarse y corre por el terraplén del ferrocarril. Entonces las sombras lo acometen y lo lanzan a la oscuridad. El se escapa y empieza a correr más aprisa que antes. Pero las sombras lo alcanzan. Lo apuñalan. Oye su nombre, salido de sus gargantas. Lo meten entre dos bloques de piedra, que acercan entre sí para aplastarlo. Entonces se despierta y enciende la luz. Descubre a su mujer en la cama, a su lado. Se pone la chaqueta y sale de la casa unas horas. Por la mañana se le ve dirigirse a la obra en bicicleta.
martes, abril 18, 2006
VIRGILIO PIÑERA: BREVE
El infierno
1.956
1.956
Cuando somos niños, el infierno es nada más que el nombre del diablo puesto en la boca de nuestros padres. Después, esa noción se complica, y entonces nos revolcamos en el lecho, en las interminables noches de la adolescencia, tratando de apagar las llamas que nos queman -¡las llamas de la imaginación!-. Más tarde, cuando ya nos miramos en los espejos porque nuestras caras empiezan a parecerse a la del diablo, la noción del infierno se resuelve en un temor intelectual, de manera que para escapar a tanta angustia noz ponemos a describirlo. Ya en la vejez, el infierno se encuentra tan a mano que lo aceptamos como un mal necesario y hasta dejamos ver nuestra ansiedad por sufrirlo. Más tarde aún (y ahora sí estamos en sus llamas), mientras nos quemamos, empezamos a entrever que acaso podríamos aclimatarnos. Pasados mil años, un diablo nos pregunta con cara de circunstancia si sufrimos todavía. Le contestamos que la parte de rutina es mucho mayor que la parte de sufrimiento. Por fin llega el día en que podríamos abandonar el infierno, pero enérgicamente rechazamos tal ofrecimiento, pues ¿quién renuncia a una querida costumbre?.
domingo, abril 16, 2006
WOODY ALLEN: DRÁCULA
El Conde Drácula
En algún lugar de Transilvania yace Drácula, el monstruo, durmiendo en su ataúd y guardando a que caiga la noche. Como el contacto con los rayos solares le causaría la muerte con toda seguridad, permanece en la oscuridad en su caja forrada de raso que lleva iniciales escritas en plata. Luego, llega el momento de la oscuridad, y movido por instinto milagroso, el demonio emerge de la seguridad de su escondite y, asumiendo las formas espantosas de un murciélago o un lobo, recorre los alrededores y bebe la sangre de sus victimas. Por último, antes de que los rayos de su gran enemigo, el sol, anuncien el nuevo día, se apresura a regresar a la seguridad de su ataúd protector y se duerme mientras vuelve a comenzar el ciclo.
Ahora, empieza a moverse. El movimiento de sus cejas responde a un instinto milenario e inexplicable, es señal de que el sol está a punto de desaparecer y se acerca la hora. Esta noche, está especialmente sediento y, mientras allí descansa, ya despierto, con el smoking y la capa forrada de rojo confeccionada en Londres, esperando sentir con espectral exactitud el momento preciso en que la oscuridad es total antes de abrir la tapa y salir, decide quiénes serán las víctimas de esta velada. El panadero y su mujer, reflexiona. Suculentos, disponibles y nada suspicaces. El pensamiento de esa pareja despreocupada, cuya confianza ha cultivado con meticulosidad, excita su sed de sangre y apenas puede aguantar estos últimos segundos de inactividad antes de salir del ataúd y abalanzarse sobre sus presas.
De pronto, sabe que el sol se ha ido. Como un ángel del infierno, se levanta rápidamente, se metamorfosea en murciélago y vuela febrilmente a la casa de sus tentadoras víctimas.
-¿Vaya, conde Drácula, que agradable sorpresa!- dice la mujer del panadero al abrir la puerta para dejarlo pasar. (Asumida otra vez su forma humana. entra en la casa ocultando, con sonrisa encantadora, su rapaz objetivo.)
-¿Qué le trae por aquí tan temprano?- pregunta el panadero.
-Nuestro compromiso de cenar juntos- contesta el conde-. Espero no haber cometido un error. Era esta noche, ¿no?
-Sí, esta noche, pero aún faltan siete horas.
-¿Cómo dice?- inquiere Drácula echando una mirada sorprendida a la habitación.
-¿O es que ha venido a contemplar el eclipse con nosotros?
-¿Eclipse?
-Así es. Hoy tenemos un eclipse total.
-¿Qué dice?
-Dos minutos de oscuridad total a partir de las doce del mediodía.
-¡Vaya por Dios! ¡Qué lío!
-¿Qué pasa, señor conde?
-Perdóneme... debo...Debo irme...Hem...¡Oh, qué lío!...- y, con frenesí, se aferra al picaporte de la puerta.
-¿Ya se va? Si acaba de llegar.
-Sí, pero, creo que...
-Conde Drácula, está usted muy pálido.
-¿Sí? necesito un poco de aire fresco. Me alegro de haberlos visto...
-¡Vamos! Siéntese. Tomaremos un buen vaso de vino juntos.
-¿Un vaso de vino? Oh, no, hace tiempo que dejé la bebida, ya sabe, el hígado y todo eso. Debo irme ya. Acabo de acordarme que dejé encendidas las luces de mi castillo... Imagínese la cuenta que recibiría a fin de mes...
-Por favor- dice el panadero pasándole al conde un brazo por el hombro en señal de amistad- Usted no molesta. No sea tan amable. Ha llegado temprano, eso es todo.
-Créalo, me gustaría quedarme, pero hay una reunión de viejos condes rumanos al otro lado de la ciudad y me han encargado la comida.
-Siempre con prisas. Es un milagro que no haya tenido un infarto.
-Sí, tiene razón, pero ahora...
-Esta noche haré pilaf de pollo- comenta la mujer del panadero- Espero que le guste.
-¡Espléndido, espléndido!- dice el conde con una sonrisa empujando a la buena mujer sobre un montón de ropa sucia. Luego, abriendo por equivocación la puerta del armario, se mete en él-. Diablos, ¿dónde está esa maldita puerta?
-¡Ja, ja!- se ríe la mujer del panadero-¿Qué ocurrencias tiene, señor conde!
-Sabía que le divertiría- dice Drácula con una sonrisa forzada-, pero ahora déjeme pasar.
Por fin, abre la puerta, pero ya no le quedaba tiempo.
-¡Oh, mira, mamá!- dice el panadero-, el eclipse debe de haber terminado! Vuelve a salir el sol.
-Así es- dice Drácula cerrando de un portazo la puerta de entrada- He decidido quedarme. Cierren todas las persianas, rápido, ¡rápido! ¡No se queden ahí!
-¿Qué persianas?- preguntó el panadero.
-¿No hay? ¡lo que faltaba! ¡Qué para de...! ¿Tendrían al menos un sótano en este tugurio?
-No- contesta amablemente la esposa- Siempre le digo a Jarslov que construya uno, pero nunca me presta atención. Ese Jarslov...
-Me estoy ahogando. ¿Dónde está el armario?
-Ya nos ha hecho esa broma, señor conde. Ya nos ha hecho reír lo nuestro.
-¡Ay... qué ocurrencia tiene!
-Miren, estaré en el armario. Llámenme a las siete y media.
Y, con esas palabras, el conde entra al armario y cierra la puerta.
-¡Ja,ja...! ¡qué gracioso es, Jarslov!
-Señor conde, salga del armario. deje de hacer burradas.
Desde el interior del armario, llega la voz sorda de Drácula.
-No puedo... de verdad. Por favor, créanme. Tan solo permítanme quedarme aquí. Estoy muy bien. De verdad.
-Conde Drácula, basta de bromas. Ya no podemos más de tanto reírnos.
-Pero créanme, me encanta este armario.
-Sí, pero...
-Ya sé, ya sé... parece raro y sin embargo aquí estoy, encantado. El otro día precisamente le decía a la señora Hess, deme un buen armario y allí puedo quedarme durante horas. Una buena mujer, la señora Hess. Gorda, pero buena... Ahora, ¿por qué no hacen sus cosas y pasan a buscarme al anochecer? Oh, Ramona, la la la la, Ramona...
En aquel instante entran el alcalde y su mujer, Katia. Pasaban por allí y habían decidido hacer una visita a sus buenos amigo, el panadero y su mujer.
-¡Hola Jarslov! espero que Katia y yo no molestemos.
-Por supuesto que no, señor alcalde. Salga, conde Drácula.¡Tenemos visita!
-¿Está aquí el conde?- pregunta el alcalde, sorprendido.
-Sí, y nunca adivinaría dónde está- dice la mujer del panadero.
-¡Que raro es verlo a esta hora! De hacho no puedo recordar haberle visto ni una sola vez durante el día.
-Pues bien, aquí está. ¡Salga de ahí, conde Drácula!
-¿Dónde está?- pregunta Katia sin saber si reír o no.
-¡Salga de ahí ahora mismo! ¡Vamos!- La mujer del panadero se impacienta.
-Está en el armario- dice el panadero con cierta vergüenza.
-¿No me digas!- exclama el alcalde.
-¡Vamos!- dice el panadero con un falso buen humor mientras llama a la puerta del armario- Ya basta. Aquí está el alcalde.
-Salga de ahí conde Drácula- grita el alcalde- Tome un vaso de vino con nosotros.
-No, no cuenten conmigo. Tengo que despachar unos asuntos pendientes.
-¿En el armario?
-Sí, no quiero estropearles el día. Puedo oír lo que dicen: Estaré con ustedes en cuanto tenga algo que decir.
Se miran y se encogen de hombros. Sirven vino y beben.
-Qué bonito el eclipse de hoy- dice el alcalde tomando un buen trago.
-¿Verdad?- dice el panadero- Algo increíble.
-¡Díganmelo a mí! ¡Espeluznante!- dice una voz desde el armario.
-¿Qué, Drácula?
-Nada, nada. No tiene importancia.
Así pasa el tiempo hasta que el alcalde, que ya no puede soportar esa situación, abre la puerta del armario y grita:
-¡Vamos, Drácula! Siempre pensé que usted era una persona sensata. ¡Déjese de locuras!
Penetra la luz del día; el diabólico monstruo lanza un grito desgarrador y lentamente se disuelve hasta convertirse en un esqueleto y luego en polvo ante los ojos de las cuatro personas presentes. Inclinándose sobre el montón de ceniza blanca, la mujer del panadero pega un grito:
-¡Se ha fastidiado mi cena!
(1988) Woody Allen, "Cuentos sin plumas"
viernes, abril 14, 2006
SOBRE EL QUIJOTE: OPINIONES
Sobre El Quijote
Fundamentalismo cultural o por qué el Quijote es una bazofia y un muermo
Fundamentalismo cultural o por qué el Quijote es una bazofia y un muermo
Luis Carlos Campos
IV Centenario de El Quijote
Durante casi 4 pesados siglos y sobre todo en este agobiante IV centenario de la publicación de El Quijote nos llevan machacando contínuamente con la promoción de un insufrible mamotreto, publicado en 1605 para desgracia de quinceañeros de secundaria, El Ingenioso Hidalgo Don quijote de la Mancha , que, contra todo lo que nos digan, se caracteriza por el aburrimiento más atroz, palmarios errores narrativos y la absoluta falta de profundidad.
CERVANTES Y EL QUIJOTE SON UN MITO.
Borges ya lo dijo, quien consideraba este libro como innecesario y Alonso Quijano “un personaje patético”( Revista de ideas , 1947). Si analizamos tanto el libro como el personaje descubriremos que esta obra es sólo un “ bluff ”, pero no sólo un bluff mediático, sino un gigantesco pufo cultural, una especie de dogma-tabú histórico, UNA GRAN MÁXIMA nacional e universal que nos imponen desde la infancia: Cervantes y el Quijote son Dioses, son lo máximo.Ya Unamuno vapuleó a Cervantes duramente en su Vida de Don Quijote y Sancho ( 1905) y lo tachó de irreverente historiador o evangelista incompresivo o erróneo. Navokov (1952) –estilista excelso y cumbre de la novela con su espléndida Lolita (podía haber elegido otro tema para exhibir su maestría)- criticó "su tosca o estereotipada descripción de la naturaleza, a su falta de técnica en el desarrollo de escenas donde accionan múltiples personajes, como las escenas en la venta, que se resuelven como en una comedia de enredo trivial".
ERRATAS, DISPARATES Y DILACIONES NARRATIVAS
Cervantes ni siquiera sabía escribir bien y se embarullaba y confundía a menudo. Cometía contínuas faltas de ortografía: el investigador Alberto Flores contabilizó nada menos que 3.925 erratas en la primera edición del Quijote, aunque algunas podrían ser errores de imprenta. Dice palabros como "hablar escuderilmente" (cap. XII), "comemos el pan en el sudor de nuestros rostros" (cap. XIII, sería con e l…), frases incomibles como "el acometer los leones que ahora acometí derechamente me tocaba" (¿¿¿¿, cap. XVII). Todo el Quijote está plagado de expresiones similares, que se supone debemos aceptarlas porque en aquella época malhablaban así. Martín de Riquer reconoce todo esto en su Aproximación al Quijote (1970): "el Quijote (..) ofrece una serie de defectos fruto muchos de ellos de la precipitación y descuido con que parece estar redactado.
DA LA IMPRESIÓN DE QUE CERVANTES ESCRIBÍA SIN RELEER SU LABOR.
Así se explica el hecho de que los epígrafes de algunos capítulos corten frases que deberían estar juntas, y que quedan confusas gramaticalmente (dañan la ilación, por ejemplo, los epígrafes de los capítulos 4 y 6 de la primera parte, el 73 de la segunda), y que en el transcurso de la novela la mujer de Sancho reciba los nombres de Teresa Panza, Teresa Cascajo, Juana Gutiérrez, Mari Gutiérrez y Juana Panza".
UN PLOMO CON DIARREA VERBAL
El manco de Lepanto se equivoca en elementos tan simples de la trama como el robo del rucio de Sancho. En la sintaxis abusa a veces del participio absoluto y de periodos larguísimos de subordinadas que nunca acaban, (dando matices innecesarios). Antiesencial, lo dilata todo, hasta conseguir siempre el máximo aburrimiento. Es como un viejo plomizo contándote batallitas o una historia llena de datos laterales insulsos y rimbombantes: "Apenas la blanca aurora había dado lugar a que el luciente Febo con el ardor de sus calientes rayos las líquidas de sus cabellos de oro enjugase, cuando Don Quijote, sacudiendo la pereza de sus miembros, se pusó en pie y llamó a su escudero Sancho, que aún todavía roncaba; lo cual visto por Don Quijote, antes de despertarse le dijo..." (cap. XX).Para desgracia de los desocupados lectores, el anciano Cervantes, cree que debe dar detalles inacabables que siempre restan dinamismo a la acción. Es sencillamente un plomo , un atroz y empedernido pesado . Por si esto fuera poco, entre medias te castiga con rimas intolerables y grotescas del tenor:Llaman LiberalidadAl dar que el extremo huyeDe la prodigalidad,Y del contrario que arguyeTibia y floja voluntad (Cap.XX)¿Alguien entiende esto a la primera (o a la quinta...)?. Cervantes casi nunca habla claro. Su diarrea verbal da círculos y círculos sin ton ni son, siempre intentándote convencer que tiene mucho vocabulario, siempre contando detalles minuciosos del movimiento de los personajes, siempre olvidándose de que el buen narrador debe ir al grano, y ante todo tiene que entretener y enganchar. Encima, con desfachatez absoluta, dice en el propio Quijote que se debe escribir: "dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos ni oscurecerlos". Pretenden hacernos creer que un extenso libro incomible del siglo XVII -con diálogos interminables con párrafos de más de 30 y 40 líneas (caps. XXV o XVIII etc...) y de casi 900 páginas es una obra maestra e incluso que es divertida. Pero la realidad es que -aunque nadie se atreve a decirlo en público- casi todo el mundo se aburre leyendo unas aventuras anacrónicas escritas por un expresidiario reincidente, mercenario oportunista (se apuntaba a cualquier batalla si le pagaban bien y luego demandaba al Estado cuando estaba descontento con la paga (1580)), pendenciero macarra familiar, estafador y mangante condenado repetidas veces y militar vocacional que se quedó tristemente manco en 1571 en la famosa Batalla de Lepanto. No parece un tipo ejemplar capaz de regalarnos "novelas ejemplares...". Poca filosofía nos puede enseñar un individuo así, que encima no para de pontificar de la honra, Dios, las armas o la patria, el amor idealizado. (verbigracia, final del cap. XXIV). "No cargues todo el rigor de la ley en el delincuente" espeta con descaro en el capítulo XLII. Muy ejemplar. Claro, qué va a decir él, un pertinaz infractor abonado a la cárcel de por vida.
ESTAFADOR EXCOMULGADO, CHORIZO REINCIDENTE
Su padre era ya un conocido chorizo y estafador –al igual que su abuelo- a quien embargaron y encarcelaron en 1551. Antes de triunfar como escritor –sólo en los últimos 10 años de su vida, por un bestseller, no por su carrera- Cervantes era un trapisondista de poca monta -traficaba hasta con trigo-, que fue denunciado y encarcelado varias veces como en 1587 o en 1592. En 1587 fue además excomulgado. En 1594 vuelve de nuevo al talego , por que toda la pasta que recaudaba –era recaudador-se esfumaba misteriosamente. En 1602 tuvo de nuevo complicaciones con el Tesoro Público. En el año de la publicación del Quijote vuelve otra vez a chirona acompañado de las Cervantas, porque a la puerta de su convulso burdel asesinan a Gaspar de Ezpeleta. Las Cervantas eran sus hijas, hermanas, mujer y familia femenina, que eran casi todas o todas putas profesionales: "El hogar de Cervantes dista mucho de ser un modelo de honor y dignidad" -señala Martín de Riquer en su conocida edición del Quijote– (las hermanas de Cervantes estaban)"dispuestas siempre a recibir dinero a cambio de honor".¿Por qué nadie cita semejante dato en este empalagoso IV centenario-panegírico del fallido Quijote?. El chochal de las Cervantas constituía una peligrosa mafia que convertiría en hermanitas de caridad a la actual cosa costra rumana (ahora instalada en Atocha, donde también vivió Cervantes). Y a este tipejo y chuloputas del año catapún, también conocido cornudo y fornicador infiel a su vez, nos le presentan como un Dios 24/7 . Nos le presentan como un modelo humano y existencial. ¡Vaya distorsión de la historia.! Nada contra la infidelidad y el fornicio, pero es que a este tipo o tipejo NOS LO VENDEN COMO UN PARADIGMA DE HOMO SAPIENS, NACIONAL UNIVERSAL. Y no era modelo de nada y encima escribía ampulosa y desarrapadamente mal. Tiene más de homo que de sapiens.En 1569 trabajó sorprendentemente de camarero (o camarera ¿o gigoló?) de monseñor Acquaviva en Roma. Se dice que fue condenado a ello por herir en una nueva reyerta macarril al maestro de obras Antonio de Sigura , según una provisión real de 1569. La biografía de Rossi (1988) revela sus tendencias homosexuales, lo cual podría hacernos entender este oscuro episodio. (Nada contra los homosexuales: un ejemplo de lo que es un narrador en mayúscula sería el inmortal Truman Capote y su A sangre fría, eso sí es una obra maestra universal: real, cinematográfica, poética, indagación psicológica, estilo depurado prodigioso).Cervantes y El Quijote son la antítesis de la literatura, constituyen el mayor ejemplo de lo que no debe ser una vida o una novela, que debería tener amenidad, trama que enganche, solvencia argumental, economía de recursos, atemporalidad, dinamismo, mímesis, estilística (como Navokov), poeticidad, verosimilitud, y sobre todo estructura (Capote, de nuevo). ¿Entonces por qué son un mito?. La respuesta es: por el Fundamentalismo Cultural. El fundamentalismo cultural nos impone el canon estético de lo que es bueno y lo que es malo. Lo mismo que el fundamentalismo religioso nos impone que Jesucristo es Dios y murió en la cruz para salvarnos; idem con Alá, la Meca y la Guerra Santa. Son dogmas, que la tradición y la repetición mediático-educativa nos hacen tomar como reales. Y las plebes y hasta los catedráticos se los tragan sin rechistar.
LA MANIPULACIÓN DE ASTRANA MARÍN
El Quijote no es él único caso de obra mitificada por el fundamentalismo cultural, a menudo contaminado también por la vanidad nacionalista. Hay muchos ejemplos: La divina Comedia de Dante, Guerra y Paz de Tolstoi, La Iliada de Homero, o El Fausto de Goethe (que eruptaba boutades como “sólo los hombres viven lo humano”), con algunos logros parciales de estilo, son también letales de aburridas y de extensas. Duermen a las ovejas, aunque hagan cien mil tesis doctorales sobre ellas. Son, como El Quijote, todo lo contrario a lo que debería ser la literatura: placer estético y amenidad.El fundamentalista geocultural Luis Astrana Marín con su Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra (Madrid, 1948-1958, 7 vols.) fue uno de los culpables de este mitología tergiversada. Posteriores trabajos de Cannavaggio (1997) o Rossi (1988) desmitificaron la imagen de Cervantes y la abajaron a la tierra. "Lo malo de Cervantes es que algunos cervantistas se vuelven locos", ha llegado a decir Cannavaggio. (El País, 20-01-05).¿A quién le gusta El Quijote?. El Quijote es un comodín en el que todo Cristo proyecta su ideología personal, El Quijote sólo le gusta a los críticos, los pedantes y eruditos profesionales –como Don Francisco Rico-, a algún fan y alguno que otro buen escritor (tampoco hay que negarlo, casi siempre por extravagancia intelectual y porque quizá no tengan nada más profundo en la cabeza: es un gran tópico diletante decir que Cervantes/Quijote son buenos y modernos: ¡ya… por los párrafos-diálogos de 20-30 ó 40 líneas!). El resto de la humanidad simplemente se aburre leyendo un argumento inverosímil, barroco y fosilizado, -es técnicamente una parodia- más propio de un TBO que de una novela ("un cuento de Hadas", según Nabokov), interpolado de contínuas historias que rompen la narración completamente, las cuales Cervantes eliminó en la segunda parte debido a las acerbas críticas que ya le hicieron en su época. Esto muestra que el tipo no tenía nada claro ni siquiera sobre la torpe (inexistente) estructura de su obra: lo hacía todo a boleo.El Quijote es un asesinato a la novela y al sentido de la amenidad. Es una tortura intragable desde la primera página, en donde la mitad de los vocablos le son ajenos al lector moderno. (En realidad todo le es ajeno, a menos que te interesen asuntos del siglo XVII, como la honra, las armas, los diálogos de una venta, el servicio a Dios o a Dulcinea, los duelos y los quebrantos etc...). Así no es raro que en el estudio-encuesta que hizo en 1986 la Universidad de Columbia sobre las obras más aburridas de la historia El Quijote aparezca a la cabeza, junto la Biblia , Guerra y Paz de Tolstoi y el Búsqueda del tiempo perdido de Proust –otro peñazo pero mucho mejor escrito-.
¿ALGUIEN VIBRA CON LAS PASTORCITA MARCELA?POR ENCIMA DE TODO EL QUIJOTE ES UN MUERMO.
La amenidad no existe en esta historia ilusoria en la que el Cervantes nos castiga sin piedad con un prontuario interminable de refranes, vocabulario exhaustivo (aparecen más de 13.000 palabras distintas) barbarismos y giros coloquiales de época (esto sería el único valor filológico que tiene este aciago libro). Pero la literatura no es demostrar que el autor –que escribió la obra con 58 y 68 años: casi un yayo en la frontera de la chochez, algo que se percibe – sabe muchas palabras y le gusta hacer ripios insoportables. ¿Qué dinamismo puede rezumar un vejestorio de casi 70 años que se ha pasado la mitad de la vida en el talego harto de robar y estafar a diestro y siniestro?. La literatura es arte, “es la vida real, Proust dixit, la vida realmente vivida” no un tío desatado confundiendo molinos con gigantes. Quizá Cervantes era más un viejo entomólogo lingüista que un escritor creativo.Como poeta, Cervantes es reconocido como pésimo (véase La Galatea) y como autor teatral ni siquiera sus insufribles entremeses (circenses) fueron representados en vida. Tragedias como la Numancia , además en verso cursi y grandilocuente, en que hasta los muertos hablan, son ya para pegarse un tiro. Leer eso es unmartirio numantino. Cervantes abusa siempre de historias infantiles, irreales, sin el más mínimo interés o universalidad para el lector moderno. ¿O hay alguien que vibre en el siglo XXI con la interpolaciones pastoriles, moriscas o bizantinas de la primera parte?. Obras como El Persiles o La Galatea confirman la poca misericordia de Cervantes con el lector al que castiga hasta la náusea con su estilo poético y prosístico farragoso, lento, ampuloso, oxidado. Todo en él es artificioso, vano, hueco, prehistórico , apolillado, periclitado… Da mil vueltas siempre para contarte algo. Desconoce el valor de conceptos como síntesis o intriga. Cervantes no engancha a nadie, es el Fundamentalismo Cultural quien nos engancha a Cervantes.Cervantes fue siempre y con toda razón criticado y menospreciado como escritor en su época. Fue en realidad sólo el autor de un pelotazo bestseller, El Quijote, lo cual le consagró, sin ser considerado un gran escritor entonces. Fue otro horrorífico Dan Brown del XVII.
ESQUIZOFRÉNICO DE TODO A 100
Nos imponen que Sancho y el Quijote representan la mitad de nuestra psique, el homo duplex, lo cual, es sencillamente una gilipollez, cuando no una absurda simplificación. Nuestra mente es mucho más compleja, como sugieren la clasificaciones modernas de Koplowitz, Jung, Maslow o de la moderna Psicología Transpersonal. ¡Qué sabe un mercenario y estafador profesional de la profundidad subliminal de la mente humana!. El idealismo es la búsqueda del infinito, no convertirse en un esperpéntico loco de atar. El presunto idealismo de Alonso Quijano tampoco es universal, aparte de que a nosotros nos parece más propio de un esquizofrénico catatónico que de un ser humano en búsqueda de máximo desarrollo de su potencialidad. Preferimos el idealismo pragmático de Buda o de un romántico clásico, tipo Novalis. El argumento del Quijote es absurdo. No tiene ninguna verosimilitud. Como su mano postiza, todo es artificial en Cervantes, hasta su filosofía de jubilado barroco en fase terminal. Una filosofía de todo a 100 que dice cosas de cajón como: "El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho". Profundísimo. No nos habíamos dado cuenta si Cervantes no nos lo dice. Otro heavy plomífero de la crítica, Don Francisco Rico, lo aplaude y lo glosa en estudios tan excesivos y aburridos como la propia prosa del penalizado manco. Poco te puede enseñar un ladrón , un estafador, un profesional de la guerra y un presidario vocacional al que hipócritamente entierran con un sayal de franciscano.El Quijote no tiene weltanschauung, visión del mundo, sólo la que le dan los críticos pedantes, como los que hablan del perspectivismo relativista o novela polifónica, la típica filosofía del que no tiene nada claro. Que todo el mundo tiene una escisión dual en la mente, parte más racional, parte más espiritual, pues sí, y qué…¿qué pasa qué eso es un descubrimiento de Cervantes?. Además creemos que fue una casualidad. El caballero necesitaba un compañero de aventuras y la elección de Sancho Panza fue aleatoria. Luego los críticos ociosos –casi todos escritores frustrados- se pusieron a especular con la dualidad psicológica. En realidad el recurso facilongo, elemental, de una pareja protagonista es un tópico de la narrativa o cuentística universal, desde Adán y Eva hasta Mortadelo y Filemón. Es como decir que Mortadelo y Filemón representan al homo duplex . Pues no, sólo es una casualidad de cómic. Un tipo que se viste de caballero andante y va por el mundo a deshacer entuertos. Muy gracioso. Es ciencia ficción, trama ilógica, descabellada que muere cada vez que el chapucero autor nos castiga con una nueva interpolación que rompe toda la trama principal. El argumento no se lo traga nadie, a menos que lo tomemos como el script de un comic. Todo en el quijote –sobre todo su estilo- es falso, inútil, pretencioso. Gusta como pueden gustar Manolo Escobar o Bustamante (hay público para todo si te lo imponen por televisión o por educación), después de que el Fundamentalismo Cultural te lo meta por los ojos hasta en la sopa y desde la cuna. De tanto decirte que es una obra maestra la gente llana asiente y se dice "no sé que verán, pero debe ser bueno", aunque en lo más intimo de sus mentes, cuando les obligaban a leerlo de adolescentes se dicen a sí mismos : "vaya coñazo".
UN LADRILLO, GROSOR ASESINO
Eduardo Mendoza, un genial escritor de verdad, que le da mil vueltas a Cervantes y le enseña que la amenidad, la originalidad y la ruptura de la percepción del lector (eso es la literariedad según el Formalismo Ruso), son lo más importante en la novela, reconoce: "Lo único que quería decir es que mi primera lectura del Quijote no fue una experiencia placentera, aunque sí enriquecedora (…) siempre me ha parecido incomprensible que el Quijote se considere a veces una lectura apropiada para la adolescencia, y más aún para la infancia" (El País, 1998). Mendoza ha dicho (2005) que todos los escritores están influidos por El Quijote, incluso los que no lo han leído. ¿Cómo va a afectar a los que no le han leído?. Esto muestra que la Religión Quijotesca afecta incluso a la quijotera de este virtuoso de la palabra, a quién sólo acusaríamos de fallar levemente en los contenidos, que ya se le agotan, quizá por esto augura una polémica y equivocada "muerte de la novela". Será de la suya, aunque sus lectores no se merecen perder a este maestro.Mentiríamos si dijéramos que El Quijote no tiene ningún valor. Tienen un valor histórico y filológico innegable. Se anticipa además a los rudimentos de la novela moderna. Tiene cierto valor como relato superficial –COMPLETAMENTE PASADO DE MODA- de aventuras ñoño-infantiloides (clavileño, Barataria, molinos, galeotes...) del siglo XVII. Pero de ahí a decir que es una obra actual, universal y maestra va un gran trecho. Puede que a un lector del barroco le dijera algo o a un fundamentalista cultural cervantino, pero no a un lector exigente moderno, a menos que alguien se identifique con un alunado del siglo XVII, con el tópico y típico Sancho Panza, con el bachiller Sansón Carrasco, el ventero Palomeque, la pastora Marcela o El Caballero de la Blanca Luna. Tiene además otras muchas utilidades. Por su grosor podría servir para perpetrar un asesinato o para defenderte de los ataques de un moscón, o de la pesadez tu esposa, jefe o suegra . Puede servir también de adorno en la librería o para hacer nivel bajo la pata de una silla o una mesa. Puede servir como mismísimo "ladrillo" o como harta eficaz celulosa higiénica (utilísima por su elevada paginación). Puede servir especialmente como terapia para combatir el insomnio: para nosotros este es su más grande e indiscutible valor.El Quijote es una de las cimas de la literatura plúmbea universal, junto con el indigesto Ulisses (sólo para pedantes) o las obras de Sanchez Dragó y José María Pemán. Puede que a alguien le guste, porque de gustibus non est disputandum , pero todo el mundo reconocerá que pocas veces en la historia de la literatura se ha alcanzado un nivel más alto de pesadez y aburrimiento y articulación anacrónica de historias insulsas del año de la maricastaña pegadas a la principal cual lo que eran el autor y casi toda su familia, COMO CHORIZOS.
miércoles, abril 12, 2006
martes, abril 11, 2006
ELISABETH SOBARZO: LECTURA DE POESÍA
Lectura de Poesía por Elizabeth Sobrazo
Presentación por el escritor Omar Pimienta (Tj)
Musica DJ Kuis y DJ Panda
Galería de la Ciudad de Ensenada
19:30 horas
Presentación por el escritor Omar Pimienta (Tj)
Musica DJ Kuis y DJ Panda
Galería de la Ciudad de Ensenada
19:30 horas
ENTRADA LIBRE
Sobre la poesía de Elizabeth Sobarzo Gaona
Donde la expectativa de apropiarse algún día del insurgente atizador de los poros blandos del cuerpo, donde el final de cada verso es el último aliento de una dolencia erótica de la cual es difícil despedirse, tan intensa como efímera, tan descabellada como peregrina, es ahí donde Elizabeth Sobarzo es funámbula sin precedente. Para quien ha perdido la fe bastará el fantasma cicatrizado sobre los hilos púrpura de sus palmas, visible sólo en su poesía y en las muñecas que visten la soledad de una existencia que huye de la verdad para construir el enamoramiento entre lo mortal y lo divino como único sentido de vida. Dicho de esta manera, no hay motivo para estar aquí, el mundo y sus amores son una mentira, su poesía una forma de morir sin ellos, una ampolleta de morfina que lleva directo al gozo de la carne, mágica estación, única, donde es posible vislumbrar el limen del verdadero paraíso.
Luís Martínez
México D.F abril de 2006
Sobre la autora
Elizabeth Sobarzo Gaona
Elizabeth Sobarzo Gaona
Nace en el puerto de Ensenada Baja California en julio de 1977, autora de los libros sueños bajo la lengua FEBC, CONACULTA, E Instrucciones para un suicidio seguro y sin dolor (en prensa) y Vino de boca (en prensa, Athame Edit.) y participante de un CD de poesía Voz de luna. Ganadora de la mención honorífica del Premio a la Juventud 2000, Coordinadora de Salas de Lectura (CONACULTA desde 1999). Es fundadora y responsable del círculo de creación colectiva arte_factos (2001-2006) Ha publicado en diferentes revistas y periódicos fronterizos. Ha tomado cursos con maestros como Dionisio Morales, Francisco Hinojosa, Alma Velazco(D.F), Flora Calderón Ruiz entre otros. Promotora de la lectoescritura, editora del Tríptico mensual “TRIP poético” y del fanzine “art y maña”. Actualmente coordina el taller literario “Versos de-mentes” en la Biblioteca Pública Benito Juárez en Ensenada, y el taller de creacion literaria en el centro de recuperación BRADY.
Elizabeth Sobarzo Gaona
El Poeta es el concubino de la poesía,
yo solo soy su amante vouyerista.
www.elizabeth-sobarzo.blogspot.com
El Poeta es el concubino de la poesía,
yo solo soy su amante vouyerista.
www.elizabeth-sobarzo.blogspot.com
lunes, abril 10, 2006
SLAWOMIR MROZEK: DRÁCULA
Cuando, tras años de destierro, el príncipe Drácula regresó a su castillo, las gentes de la comarca lo recibieron con pan y sal, y las campanas de las iglesias tañeron agradecidas, aunque al príncipe no le agradaban ni las iglesias ni las campanas. Este cruel soberano, vampiro sanguinario de los Cárpatos, fue antaño odiado por sus súbditos, quienes llegaron a añorarlo una vez reemplazado por la autoridad comunista. Finalmente, ésta cayó y Drácula regresó a sus dominios.
Terminada la fiesta de bienvenida, anocheció. Una tras otra se extinguían las lucecitas de las cabañas bajo el castillo. Pero en éste reinaba un continuo movimiento y llegaban de él extraños ruidos.
Continuó así hasta la aurora, cuando los pastorcillos que sacaban al campo su ganado, vieron al príncipe huyendo del castillo. Salió escopeteado, ladera abajo y desapareció tras el horizonte emitiendo gritos de terror. En cambio, en los muros del castillo apareció el fantasma de Ceausescu, el último primer secretario del Partido Comunista de Rumanía.
Ahora la única esperanza está en los turistas extranjeros, y es que alguien tendrá que tomar el poder.
Terminada la fiesta de bienvenida, anocheció. Una tras otra se extinguían las lucecitas de las cabañas bajo el castillo. Pero en éste reinaba un continuo movimiento y llegaban de él extraños ruidos.
Continuó así hasta la aurora, cuando los pastorcillos que sacaban al campo su ganado, vieron al príncipe huyendo del castillo. Salió escopeteado, ladera abajo y desapareció tras el horizonte emitiendo gritos de terror. En cambio, en los muros del castillo apareció el fantasma de Ceausescu, el último primer secretario del Partido Comunista de Rumanía.
Ahora la única esperanza está en los turistas extranjeros, y es que alguien tendrá que tomar el poder.
sábado, abril 08, 2006
HUESOS DELUCIÉRNAGA: POESÍA
HUESOS DE LUCIÉRNAGA
Eddie (J. Bermúdez)
Lo poético es el hueso, materia que premanece.
Lo poético es la luciérnaga, fulgor efímero.
Y lo poético por imposible es reunir ambos objetos en una misma imagen: huesos de luciérnaga.
Porque lo que es imposible en eso que se ha dado en llamar ‘el mundo real’, es perfectamente válido en la lógica sintáctica del lenguaje y, sobre todo, en esa lógica poética que tiene sus propias leyes. Leyes que sólo pueden ser acatadas y comprendidas por quienes moldean sueños, recortan fragmentos de lenguaje, combinan, asocian, dicen y contradicen, y hasta maldicen.
Todas estas cosas acontecen en ese espacio poético donde siempre se anda a tientas, para dejar que se enciendan chispas de revelación que los sentidos y la intuición descubren antes de que el pensamiento analice.
Desde el título, los poemas de Eddie nos dan una clave de interpretación: luces fugaces, que van marcando un itinerario al lector y lo guían en esa constelación de luciérnagas que son palabras, sílabas, voces, susurros, frases, gritos, en busca del Poema desde el poema mismo.
Eddie nos propone un recorrido que abarca tres momentos: Huesos de luciérnaga, La Poema y Lo Lumbre. Del primero paracen abrirse los otros a modo de dos caminos: los huesos hacia la poema; las luciérnagas hacia lo lumbre. La atribución genérica del artículo rompe con la morfología establecida y le da a los términos poema y lumbre un fulgor insólito que los rodea de una extraña atmósfera: la (el) poema; lo (la) lumbre.
Hay, en principio, un despertar, pero no hacia la luz, sino a la incertidumbre del acto de nombrar. Porque la poesía es un puente que se tiende entre la noche, el sueño y el ser palabra, palabra cargada de nada y de silencio. Son la nada y el silencio iniciales, que imponen una negación manifestada en el lenguaje y en el flujo de imágenes que éste crea:
gestos, acordes necios
recuerdos de un poblado
sin habitantes
[...]
me dejo a los gestos,
me abandono a la no escritura
sin más,
a una noche sin retorno
La escritura busca las palabras del poema y encuentra sílabas, susurros, silencio. Intenta un asidero en la realidad, pero ésta escapa a todo signo que la sitúe en otro orden, porque el lenguaje es un sistema simbólico distinto de la realidad: las palabras sólo definen palabras, no objetos, y el lenguaje circula entre el deseo de nombrar y la incertidumbre de la negación.
Los microelementos que constituyen el lenguaje se mueven en los poemas de Eddie como seres diminutos, luciérnagas, libélulas, formando enjambres que llegan hasta los límites y se detienen ante el silencio para volver a deambular por el interior del espacio poético.
Pero también hay un mundo oculto, no el misterio que buscamos tras las apariencias de lo real (que también), sino lo que está enterrado, los muertos, las ratas, los desechos urbanos y humanos. Elementos entrañados que, desde su latencia, van generando un impulso que, de pronto, los expulsa con violencia: vómito que es palabra, o menos, grito, sílaba, voz desarticulada en tránsito hacia el poema.
El poemario está traspasado por un estremecimiento, una agitación proveniente de la rebeldía ante el lenguaje convencional de palabras gastadas, que parecen no querer vaciarse para dejarse penetrar de significados nuevos. Esto supone, por parte del poeta, una relación agónica con el lenguaje, y en muchos momentos sentimos los estertores de esa agonía en palabras rotas, versos anhelantes, ritmos entrecortados, en un choque íntimo de sentidos. Pero el afán creador se impone y, en medio de la lucha, reflejo de la vida misma, en medio del dolor o de la rabia por lo que es como es en el mundo y en los seres humanos, por lo que es imposible cambiar, está la Poesía. Y el Poema que dice es siempre un acto de valentía, de redención y de esperanza.
Eddie es poeta que dice. Su poesía es la expresión de una búsqueda y, sobre todo, de un talento y de un compromiso. Una entrega total:
no vale
ser a medias
si no ser que anuda
una piel anaranjada por el sol
no es lícito
no ser más que quejido
y, si hay que serlo, ya puestos,
seamos grito
Lo poético es el hueso, materia que premanece.
Lo poético es la luciérnaga, fulgor efímero.
Y lo poético por imposible es reunir ambos objetos en una misma imagen: huesos de luciérnaga.
Porque lo que es imposible en eso que se ha dado en llamar ‘el mundo real’, es perfectamente válido en la lógica sintáctica del lenguaje y, sobre todo, en esa lógica poética que tiene sus propias leyes. Leyes que sólo pueden ser acatadas y comprendidas por quienes moldean sueños, recortan fragmentos de lenguaje, combinan, asocian, dicen y contradicen, y hasta maldicen.
Todas estas cosas acontecen en ese espacio poético donde siempre se anda a tientas, para dejar que se enciendan chispas de revelación que los sentidos y la intuición descubren antes de que el pensamiento analice.
Desde el título, los poemas de Eddie nos dan una clave de interpretación: luces fugaces, que van marcando un itinerario al lector y lo guían en esa constelación de luciérnagas que son palabras, sílabas, voces, susurros, frases, gritos, en busca del Poema desde el poema mismo.
Eddie nos propone un recorrido que abarca tres momentos: Huesos de luciérnaga, La Poema y Lo Lumbre. Del primero paracen abrirse los otros a modo de dos caminos: los huesos hacia la poema; las luciérnagas hacia lo lumbre. La atribución genérica del artículo rompe con la morfología establecida y le da a los términos poema y lumbre un fulgor insólito que los rodea de una extraña atmósfera: la (el) poema; lo (la) lumbre.
Hay, en principio, un despertar, pero no hacia la luz, sino a la incertidumbre del acto de nombrar. Porque la poesía es un puente que se tiende entre la noche, el sueño y el ser palabra, palabra cargada de nada y de silencio. Son la nada y el silencio iniciales, que imponen una negación manifestada en el lenguaje y en el flujo de imágenes que éste crea:
gestos, acordes necios
recuerdos de un poblado
sin habitantes
[...]
me dejo a los gestos,
me abandono a la no escritura
sin más,
a una noche sin retorno
La escritura busca las palabras del poema y encuentra sílabas, susurros, silencio. Intenta un asidero en la realidad, pero ésta escapa a todo signo que la sitúe en otro orden, porque el lenguaje es un sistema simbólico distinto de la realidad: las palabras sólo definen palabras, no objetos, y el lenguaje circula entre el deseo de nombrar y la incertidumbre de la negación.
Los microelementos que constituyen el lenguaje se mueven en los poemas de Eddie como seres diminutos, luciérnagas, libélulas, formando enjambres que llegan hasta los límites y se detienen ante el silencio para volver a deambular por el interior del espacio poético.
Pero también hay un mundo oculto, no el misterio que buscamos tras las apariencias de lo real (que también), sino lo que está enterrado, los muertos, las ratas, los desechos urbanos y humanos. Elementos entrañados que, desde su latencia, van generando un impulso que, de pronto, los expulsa con violencia: vómito que es palabra, o menos, grito, sílaba, voz desarticulada en tránsito hacia el poema.
El poemario está traspasado por un estremecimiento, una agitación proveniente de la rebeldía ante el lenguaje convencional de palabras gastadas, que parecen no querer vaciarse para dejarse penetrar de significados nuevos. Esto supone, por parte del poeta, una relación agónica con el lenguaje, y en muchos momentos sentimos los estertores de esa agonía en palabras rotas, versos anhelantes, ritmos entrecortados, en un choque íntimo de sentidos. Pero el afán creador se impone y, en medio de la lucha, reflejo de la vida misma, en medio del dolor o de la rabia por lo que es como es en el mundo y en los seres humanos, por lo que es imposible cambiar, está la Poesía. Y el Poema que dice es siempre un acto de valentía, de redención y de esperanza.
Eddie es poeta que dice. Su poesía es la expresión de una búsqueda y, sobre todo, de un talento y de un compromiso. Una entrega total:
no vale
ser a medias
si no ser que anuda
una piel anaranjada por el sol
no es lícito
no ser más que quejido
y, si hay que serlo, ya puestos,
seamos grito
Teresa Martin Taffarel
viernes, abril 07, 2006
INVITACIÓN
Presentación de la Biblioteca CyH
FNAC de Zaragoza
Martes, 18 de abril
A las 19.30 horas
Entre las novedades de la editorial se presentarán los tomos que integran la Antología de la Poesía Visual, El largo viaje al interior de O’ Neill, de Carmen Hernández Bastos y La memoria del laberinto, de Iván Humanes Bespín.
Contará con la presencia y la presentación de Ana María Navales, Rosendo Tello, y el editor Víctor Pozanco.
FNAC de Zaragoza
Martes, 18 de abril
A las 19.30 horas
Entre las novedades de la editorial se presentarán los tomos que integran la Antología de la Poesía Visual, El largo viaje al interior de O’ Neill, de Carmen Hernández Bastos y La memoria del laberinto, de Iván Humanes Bespín.
Contará con la presencia y la presentación de Ana María Navales, Rosendo Tello, y el editor Víctor Pozanco.
miércoles, abril 05, 2006
CALOS MAZA SERNEGUET: MICROCUENTO
La explosión del globo terráqueo
Durante una mañana entera, los polos tiraron con fuerza, cada uno hacia su achatamiento favorito; sería la hora de comer cuando el globo cedió y se abrió; en un vuelo aparentemente caótico por la estancia, el aire en su interior fue tosiéndose poco a poco. Cayó cuan largo era sobre una silla, delante del escritorio desocupado, decribiendo pliegues apocalípticos.
lunes, abril 03, 2006
CARLOS MAZA: CUENTO
Adulterio
¿ Por qué no has llamado?
Se apretó tanto contra mí al besarme y saludarme, era uno de esos metros con los que la ciudad rememora los trenes hacia Auswitz, que la blusa se le excitó a la altura de los pechos, magnetizada. Sin soltar la mano de la hija vuelta del colegio había alzado la rodilla al apartarse. La estela del roce cosquilleaba a su paso por los vaqueros. Entonces volví a pensar que aquella mujer, por la que tanto tiempo en cama pasé ese verano, se había perdido definitivamente el respeto. Que, otra vez, aunque no parecía inspirarle pudor la presencia de la multitud, era más vulnerable que nunca. Probablemente sufría. Había pensado aquello tantas veces que el hábito convirtió la vaga impresión original en costumbre y, sin plantearme siquiera su verdad, para mí era el dedo de Dios. Por extraño que pueda parecer, la cavilación apaciguó la reacción que la física hubiera ordenado guiada por la lúbrica puesta en escena. Quizá le parecí entonces demasiado circunspecto al finalizar su acto de presentación, pues se abotonó la blusa como quien guarda un regalo en el desván ante una ofensa de última hora. A menudo actuaba así, dando con exceso, arrebatando y apagándose más por sensaciones, por desmesuradas intuiciones, que obedeciendo a estructurados motivos, haciéndose incomprensible para el resto, posiblemente también para sí misma. Finalmente uno se acostumbraba a su noria, y ya no era tanto el vértigo de la subida ni el vientre despeñándose en las bajadas.
Había comenzado en una cocina, aunque comenzara dos horas más tarde empezó en la cocina, ella y el delantal florido agitándose ante los vasos llenos de leche merengada; pese al soplido impotente del aire acondicionado, el sopor cálido de las tardes de julio. El congelador era el único escondrijo posible para el frío en la casa, y el dulce preparado se había convertido en su interior en piedras de sabroso caramelo. Ella intentaba deshacerlas con una cuchara, con energía y técnica masturbatorias, como me sugeriría más tarde. Yo iba y volvía de su lado a la habitación de la hija, por ese mes como es natural sin clases. Tampoco su carácter le permitía mantenerse ocupada mucho tiempo en algo. Se aburría. Junto a ella la chica franco-alemana que acogían cada año unas semanas en verano, una niña de rasgos árabes muy pendiente de si se la observaba, con innegables dotes teatrales, que desde que entré en el cuarto se dedicó a escrutarme y a hacer monerías en los interludios; por lo demás, mi presencia le era totalmente indiferente, pues lo mismo le hubiera dado otro. Acabado el deshielo, la madre nos llamó a los tres y pasamos juntos a la cocina. Parecía que había tomado una ducha antes de mi llegada; el pelo todavía estaba húmedo, un mechón le caía acentuando sobre la frente una de sus cejas, el carmín vivo de los labios. Ahora la veía de cerca, sentada a mi lado, hablando sobre algún suceso del día, con las dos niñas escarbando su copa atentas a la conversación de los mayores. Tenía la cara manchada sin afearla –la piel era muy blanca, y el sol la afectaría no poco esos meses-, y un vello finísimo y oscuro cubría los carrillos debajo de las patillas Liza Minelli. Decidí que no era guapa. Tampoco aparentaba más edad de la que señalaban sus años. El tiempo había sido justo con ella. También con los pechos, al menos esa impresión daba tras el parapeto del sostén. Enmarcado en la costura de las bragas bajo el pantalón, el culo se movía con firmeza. Tras salir del paritorio, su cuerpo todavía había podido subir a la tribuna de oradores y levantar aplauso.
Las niñas volvieron al ordenador sin entenderse, pues ni la una sabía hablar alemán o francés, ni la otra una palabra de castellano, pero eran niñas y tenían un ordenador. Mientras, la mujer que me había invitado a su casa recogía las copas de helado e iba colocándolos cuidadosamente en el lavavajillas. Yo la oía hablar de los padres de la joven franco-alemana, de que vendrían pronto a pasar unos días con ellos, como era costumbre, y entonces podría llamarme para practicar el estado de mi idioma con ellos. Colocó el último vaso; la que pasó en Francia había sido la mejor de las épocas de su vida, contaba; allí había ido ella siguiendo a su prometedor marido después de que éste hubo acabado su carrera de química, había conseguido un trabajo modesto como baby-sister y había andado y conocido a las gentes de aquél país. De aquel tiempo guardaba todavía a sus amigos extranjeros. Fue la primera vez que salía del pueblo, mientras pasábamos a la sala de estar y nos arrellanábamos cada uno en un brazo del sofá. Pese a la fecha en la que estábamos, su marido pasaba casi todo el día en la universidad, donde era profesor titular de química. Dedicaba mucho tiempo a la investigación; como es habitual en los investigadores estaba absorbido por su labor científica. Su familia era el recreo. Yo la escuchaba. Lo que decía no me gustaba. No me gustaba su carácter, y probablemente a ella yo tampoco le gustara. No tenía amigos ni amigas en la ciudad, sólo conocidos en clase, nadie excepto su marido ausente y la hija desde que volvieran de Francia. La hija había nacido aquí, y desde entonces ya ningún trabajo. Eché un vistazo a las estanterías, sin literatura, tampoco películas. En clase gustaba de sacar las mejores notas, y para saberlo no reparaba en preguntar a cada uno por su resultado, en ese sentido siempre muy competitiva, incluso parecía molestarle el que ocasionalmente yo tuviera mayor éxito en algún examen. De las clases, ni hablar con su marido. Con la blusa teloneando el ombligo, decía como a aquél no le gustaba que ella hablara de cosas que él no conocía, o que un día conoció y había olvidado. Las discusiones eran por el reparto de las dedicaciones. Ella a la hija y poco más, él a los tubos de ensayo y nada más, así lo veía ella. A pesar de todo siempre hablaba con orgullo de la labor de su marido, y cuando le reclamaban de alguna universidad extranjera para alguna ponencia o conferencia, la satisfacción ganaba en ella la partida a la tristeza del abandono, de los días a solas con la hija. La miraba, hablando de todo aquello en un tono que parecía más complacido de las conclusiones que apenado por su fondo. Eso me parecía. Tampoco quería verla llorar, claro. Interiormente la culpaba de falta de imaginación, de intentar superar su situación mediante el reproche y la culpa al otro, de tipismo femenino. El marido estaba loco, y sólo cabía esperar que se recuperase alcanzada la vejez, cuando el ansia de resultados científicos desfalleciese; ella, por el contrario, ella se había condenado sola, cubriendo de oropel su pasado y sentenciando a patíbulo el presente. Yo no era compasivo. Entendía sus problemas, me los explicaba a mí mismo, pero los sentimientos no acompañaban. Tampoco hubiera sido lógico culparse por ello, la lógica era cosa distinta de los afectos. Ella hablaba, yo escuchaba. Convencido además de que era la única actitud posible, pues sabía también que carecía de soluciones. Quien cree tener soluciones, pensaba, es porque ha generalizado las que se ha dado a sí mismo. Esa operación no era lícita, era inútil. Entró la hija; la niña franco-alemana se había apoderado del ordenador sin dar más explicaciones, y no le dejaba tocarlo. Su madre le contestó que ella, su hija, tenía el ordenador todo el año, que no fuera egoísta. Le plantó dos besos en la cara y le prometió que después darían una vuelta por la feria. Al decirlo levantó el brazo, en la mesa a su espalda había un libro sobre la educación. Era dura, pero el último día de clase había preparado una tarta para todos y comprado fresas por sorpresa. Y luego disfrutó cortando los trozos y repartiendo la fruta entre los compañeros. Yo le decía, gracias mami, y ella sonreía. De eso hacía dos meses, ahora era verano. Le dije que podríamos ir alguna mañana a la playa con las niñas. Aunque prefería que fuera en compañía de su marido, esto me lo guardé; no quería que pensara que me encontraba incómodo con ella a solas. Pero lo estaba. A ella le gustó la idea. Luego se levantó y cogió de la estantería un libro sobre su pueblo en el que aparecía fotografiada de adolescente. Hacía muchos años de eso, dijo, sentándose a mi lado. Hojeaba el libro sin interés, con ella respirando sobre mi hombro; ahora era sólo el perfume, al principio fuerte, afrutado en el fondo. Vimos su foto; entonces apoyó una de sus manos en mi rodilla y comenzó a escalar con ojos cerrados el cuello, a saltos de tímida ventosa. Entonces me volví, y ella coronó la boca de las comisuras a la línea de simetría. Las lenguas se encontraron en lo oscuro. Ahora ella me ceñía suavemente con sus manos la cabeza, alborotando el pelo entre la nuca y la coronilla; mis dedos se deslizaron por debajo de la blusa, señalando al tacto las estrías del abdomen, acariciando la cicatriz de la cesárea, no osando todavía a ascender a lo alto. Besaba lentamente, como si el momento no supusiera nada brusco en la trama, como habiéndolo ensayado cada tarde con otro que sólo era yo finalmente. Besaba detrás de los lóbulos; yo abría los ojos al pecho agitado, ya con una mano sobando con descaro el trasero, separando furtivamente el pantalón y las bragas de la carne sudada, arrastrando el filo de los dientes por los hombros desnudos.
Cuando en clase el profesor me prestaba sus discos, o cuando ella veía que hablábamos animadamente durante los descansos, si en el camino a casa yo le preguntara alguna duda, contestaba que ya que era tan amigo del profesor fuera a él a importunarle. Tú eres el que habla con él, decía, velando su reproche con una sonrisa. Porque ella no quería reprochar nada, y sin embargo no podía dejar de hacerlo. No quería mis discos ni mi conversación, eso estaba claro, no me envidiaba a mí, simplemente no tenía aquello que imaginaba que yo tenía con el profesor. No sabía con exactitud si lo quería o no, pero no lo tenía. Le hacían reír el sarcasmo y la broma amarga que desdeña los reveses de la vida; no puedo decir si escuchaba, pero presenciaba las conversaciones; de vez en cuando me señalaba mi “mala cara” de por las mañanas. No era hábil en el trato, pero lo intentaba, y estaba siempre presta a tomar un café, más por la idea de sentarse a tomarlo que por hacerlo realmente. Yo casi nunca me negaba. Ahora atravesábamos el pasillo oscuro; ella iba delante, guiándome a la habitación donde cada noche compartía la cama con su marido; los dedos de la hija y su amiga daban contra el teclado del ordenador y el sonido nos llegó para abrirnos la muros. Para su hija todo seguía como cuando nos dejó, charlando en el sofá, cada uno en su brazo respectivo. Entramos en el dormitorio lleno de silencio y me preguntó si llevaba preservativo, contesté que no. Entonces dijo que esperara un momento y se metió en el cuarto de baño del matrimonio; la blusa se había apartado dejando ver definitivamente el negro sostén y la blanquísima piel hasta el cuello, el pantalón caía desordenado por debajo de la cadera. Debido al calor no estaba puesto el sobrecama. Cuando salió del baño con un par de preservativos en la mano y bajó las persianas de la ventana que daba a la calle, me pareció que las sábanas se hinchaban de frescura. Fue a sentarse al borde de la cama, dejando a un lado los condones. Uno a uno, iba despasando los botones de la blusa que habían sobrevivido al sofá; lentamente, observándose, yo la miraba desde la puerta. Esa imagen quedaría asociada más tarde a su soledad, no sé por qué extraño mecanismo. Los pechos bajaron un escalón al desabrocharse el sujetador, y unos pezones con aspecto de gominolas descollaron santificados por magnas y sonrojadas aureolas. Entonces me miró como lo había hecho otras veces, cuando yo expresaba alguna opinión o le comentaba alguna decisión que había tomado, como a un niño inconsciente. Quizá sólo descargara tensión con los labios. Todavía sin quitarse los pantalones me preguntó si iba, si venía. Me deshice del polo azul y me acosté. El colchón y la almohada se hicieron rígidos en mi cuerpo. Enfrente de la cama, el armario de amplias puertas de espejo fue devolviendo el deslizarse del pantalón hacia el suelo, las manos obligando a desfilar a las bragas por las avenidas de las piernas, el culo albino, los leves cúmulos de grasa bisagreándose con los muslos. Miré al frente, el conjunto se completó con nervudas y prominentes caderas, el vientre ausente y un pubis rasurado hacía días, deseo del marido. Colgando de la cama los pies, con las tibias apoyadas en las sábanas fue bajando mi pantalón; habían caído las pieles de cebolla, todo estaba en el suelo; nada, excepto yo y ella, veía como después de haber pasado el índice un par de veces arriba y abajo por el miembro, iba engulléndolo poco a poco, demorándose imperceptiblemente en cada centímetro, hasta la base, la lengua deslizándose por toda la superficie del glande, las yemas de los dedos derrocando dulzura en los testículos. Se entretuvo así, escondiendo y descubriendo el falo como un faro en la noche cerrada, el tiempo suficiente para que mi cuerpo alzara la voz por los días pasados sin ocuparme de él. Tragó gran parte.
Una mañana, en clase, el profesor nos había invitado a que hablásemos de nuestra primera experiencia sexual. Ella no guardaba un gran de recuerdo. El resto lo calló. A los diecisiete años se había escapado de una verbena con dos chicos del pueblo algo mayores. El destino era un descampado en el que las parejas culminaban amorosamente sus citas veraniegas, cuando las luces de los bailes al aire libre se apagaban. Desde que la edad le despertó el deseo le había seducido la idea de perder la virginidad con dos chicos a la vez, poderlo contar a sus amigas, aunque sólo uno la desflorara realmente. Ya de camino al lugar que debía ser testigo de su iniciación, con aquellos dos metiéndole mano a las tetas y al culo, sintió que no. Sintió simplemente que no, pero el alcohol y la superior fuerza de los chicos la intimidaron. No sabía cuál podría ser su reacción si ahora se echaba para atrás; además, sentía que era ella quién había empezado aquello, acercándose en el baile a ellos y jugueteando en medio suyo toda la noche. No les podía fallar. Cuando llegaron al descampado, los jóvenes la penetraron brutalmente, ignorantes del daño que aquél modo de proceder podía producir en una niña. La penetraron por el coño y por el culo, sin miramientos. A la hemorragia por la rotura del himen se unió otra en los esfínteres. No estaban preparados para esas acometidas. Aquello asustó a los muchachos; se marcharon corriendo, dejándola dolorida y sangrando. Pero ella se vistió y corrió a casa de una amiga. Tenía que lavar las bragas y la falda si no quería que sus padres se preocuparan y llegasen a descubrir lo sucedido. De modo que fue allí, en el lavadero del corral de casa de su amiga, donde concluyó su primer encuentro con el sexo, aquél que por supuesto no hizo público en clase y que me confesó, dando razón a alguna negativa, en nuestro tercer o cuarto encuentro.
Ahora estaba delante de mí, ofreciendo las magras nalgas; vi cómo agarraba con fuerza las sábanas cuando, ya con el miembro en el umbral del clítoris, penetré la estrechez de su ano con el pulgar, hundiéndolo lentamente hasta el comienzo del metacarpo. Entonces giró el rostro algo desencajado y dijo que por ahí no, ni siquiera a su marido. Tampoco había dejado que le masturbara con la lengua largo rato, en el tiempo que me di después de la primera eyaculación. Le había preguntado cómo prefería que se lo hiciese, en qué zona era más sensible; ella no había sabido responder. Pensando que el otro se aburría, le gustaba más provocar placer que disfrutarlo de una forma que a ella le resultaba en exceso pasiva. A pesar de todo, dijo haber tenido un orgasmo; yo me raspé la nariz con el pubis rasurado en alguna aproximación imprudente. Me tumbé de nuevo de espaldas sobre la cama y se acopló encima, haciendo rodillo con la cadera y dando ligeros saltitos, los pechos girando como molinillos de viento. Disfrutábamos, ella y yo; el sexo era bueno. No obstante, tanto esta vez como las que vinieron tuve la sensación de que ella atendía más a satisfacer que a ser satisfecha, como había confesado, y que si bien podía decirse que conocía la teoría de las artes amatorias y variadas y placenteras posturas, le faltaba algo de confianza para ejecutarlas de forma verosímil y convertirse en maestra, como si hubiera pensado en ellas no como en algo que sirviera para sí misma, sino para otro. Entró al baño a lavarse, tumbado en la cama yo la observaba sentada sobre el bidé; vi mi reflejo en el espejo; parecía claro que aquello se repetiría, lo deseaba. Mis opiniones anteriores sobre aquella mujer no contaban; mientras se secaba con la toalla, pensaba en la próxima vez, en volver a aquella casa y a aquella habitación otras tardes y repetir aquello; pensaba que ella también lo desearía, aunque no lo dijera con palabras. Al fin y al cabo su marido sólo se ocupaba de llamar varias veces posponiendo su hora de vuelta. Ella estaba enfadada. Salió del baño y se echó desnuda y mojada sobre mí, besándome de nuevo en el cuello y detrás de los lóbulos, como al principio. Los pechos masajeaban mi esternón, otra vez los dedos buscando el clítoris refrescado. De repente sonaron nudillos en la puerta, los dos nos sobresaltamos y ella corrió a sujetarla. La voz al otro lado preguntaba por la madre, si estaba allí. Por un momento la voz de la hija fue la sombra del marido. Desde la puerta me hacía aspavientos con el brazo indicando el baño, sosteniendo el pomo con nervio; me escondí, y ella respondió sin abrir que yo me encontraba mal, que los dos estábamos en el cuarto de baño buscando medicinas para ver si me ponía mejor, que enseguida saldríamos, que volviese a su cuarto y no dejara sola a su amiga.
Nos vestimos todavía bajo el efecto de lo que no fue, con el tiempo justo yo para llegar al trabajo; ella y el marido se reunirían en el centro, pasearían con la hija y la niña hasta que oscureciese. Me preguntó si la llamaría, dije que sí. Creía que lo había pasado bien, incluso me pareció que algunas sombras se habían mudado del rostro. Necesitaba aquello, sin duda. Yo era la única persona fuera de su familia con la que trataba en la ciudad. Por otro lado, no había hecho nada para poseerla, y si lo había hecho no me había dado cuenta. Pero esto es siempre así, me decía, los demás imaginan nuestras cualidades, sólo cabe aceptarlo. Damos hechos, todos, y después los convertimos en cualidades imaginadas. Estaba sola. No llamarla hubiera sido cruel, no podía dejarla hundirse en su casa, fastidiada por el cuidado de una hija que sólo servía para recordarle el tiempo en que no existía, abandonada por un marido entregado a sus ocupaciones, seguramente pensaba que era tonta. De repente, aquel hombre era despreciable. Ella me necesitaba. Yo tenía novia, sí, pero el sexo con esa mujer me gustaba, me excitaba más. Creía poder distinguir entre una cosa y otra, me parecía obligado el hacerlo. No diferenciar sexo y relación con de pareja hubiera resultado poco fino intelectualmente. Seguiría viendo a aquella mujer, poco importaba que estuviera casada, eso no era más que otra ficción, un vínculo imaginario. La mujer era independiente de su matrimonio, a mí eso ni me iba ni me venía.
La visité en su casa tres veces cada semana durante el mes de julio, a veces cuatro; ella se interesaba por lo que yo hacía, más por necesidad de saberlo que de que yo lo compartiera; me preguntaba cosas, pero luego no hacía nada con ellas, sólo quería saberlas. Teníamos muy poco en común. Sentados en el sofá, hablando, yo sentía la misma indiferencia de siempre. No fingía escucharla, al contrario, pero no me sentía vinculado a lo que decía, aunque el diálogo hiciera parecer otra cosa. Una tarde, antes de consumar de nuevo el adulterio, me propuso quedar todos juntos un sábado. Vendría su marido, podría conocerle, tomaríamos un café por el centro. De momento no me gustó lo que consideraba un abuso, una cosa era ver a su mujer sin que él me conociera y otra bailarle de esa forma delante de sus narices. No, no me gustaba ese juego. Ese hombre no formaba parte de mi vida y ahora se convertiría en un elemento más. Con su sospecha no quería contar. Por otro lado, él había mostrado una falta total de interés por la suerte de su mujer, probablemente si tuviera alguna duda respecto a su fidelidad la habría desechado inmediatamente, incapaz de creer en ella. Se trataba sólo de pasear un rato con ellos, tomar algo en una terraza y marcharme, los temores iniciales desaparecerían una vez le tuviera delante y luego todo seguiría igual. Ella habría disfrutado de su idea. Quizá sólo quería verme durante el fin de semana, quizá le hacía ilusión.
Me esperaban junto a un escaparate, era final de julio y salvo dos o tres parejas el centro de la ciudad estaba desierto. Allí los vi juntos por primera vez, separados de los maniquíes por las rejas y el metacrilato; ella llevaba de la mano a su hija, con él detrás contrastando con la llamativa ropa de la esposa, esa tarde petalada de una blusa fucsia, el sostén rojo mimando los pechos. Andaba y hablaba animadamente; al día siguiente irían al teatro a ver una obra griega con los amigos franco-alemanes, y al siguiente a un parque de atracciones; en agosto ella y el marido devolverían la visita en Francia, y la hija se quedaría con los abuelos en el pueblo. Allí acudirían a conciertos, visitarían museos y comerían cosas deliciosas. Teniéndolos de nuevo cerca, ella sentía que los había recuperado, que seguía siendo como aquellos años pasados en el extranjero. El hombre me miraba detrás de las gafas de pasta; era la primera vez que me veía, hablaba poco; ahora llevaba a su hija de la mano y le prometía que al volver a casa alquilarían una película de dibujos. Le pregunté un par de cosas sobre su trabajo en la universidad, queriendo integrarle en la conversación. Dijo tener ganas de que pasara julio, las verdaderas vacaciones de un profesor universitario se reducían al mes de agosto, y ya a comienzos de septiembre había que ponerse de nuevo en marcha, preparando horarios, temarios, clases. Hice un par de bromas que no le movieron a la risa. Pero no sabía nada. Era así y yo distinto. Ella parecía contenta de vernos hablar. Ahora miraba al hombre y veía un ser taciturno y apocado, y ella era la mujer joven con ganas de participar. Me preguntó por el trabajo y sobre mis intenciones de cara al futuro, y de nuevo sonreía ante mis respuestas. Para ella, mis planes siempre tenían alguna pega, algo que hacía que no mereciesen ser tomados en consideración. Los veía disfrutar de las monerías de la hija de pie sobre la silla, disfrutar regañándola y besándola, cómo se llamaban unos a otros utilizando diminutivos cariñosos y se preguntaban por lo que harían cuando me fuera. En septiembre ella, la madre, se apuntaría a un gimnasio de cadena. Continuaría con las clases. Esa noche cenaban con unos compañeros de universidad de él, para cuidar de la niña habían alquilado una niñera. Aunque no eran amigos, cuando estaban con esos compañeros lo pasaban bien, dijo ella. Quizá allí sería distinto. Me invitaron al café. Apenas tenía diez minutos para llegar al trabajo, a la otra punta de la ciudad, menos mal que se me había ocurrido coger el coche. Ella me preguntó si les llamaría en agosto; organizaríamos algo juntos, yo y su familia. Él asintió, con la niña sobre los hombros, con expresión inocente y despistada. Nos despedimos y me fui.
Era la primera en llegar a clase por las mañanas; media hora antes de comenzar ella se sentaba en el banco e iba recibiendo a los que paulatinamente nos incorporábamos a ese núcleo inicial. Era ella la primera en hablar con el profesor, al que conocía ya de otros cursos. Yo había creído en su soledad, la había imaginado sola cuando estaba a solas con ella, como ella misma a veces cuando estaba a solas con ella y al contármelo, y su rostro se me había vuelto triste; y había creído que el sexo acababa con su pena, pero la verdad era que el sexo conmigo no podía acabar con su pena, pensaba, que al fin y al cabo se fingía a sí misma contra sí misma. En el estante del mueble del dormitorio sólo había libros de sexología, de cómo mejorar y disfrutar el sexo en pareja. Pero no era yo quien había comprado esos libros, ni éstos habían sido comprados para mí. Porque quería al marido consigo más de lo que éste estaba con ella, fuera el tiempo que fuese, y no sentirse sola con la hija, porque la hija no era la que ella había imaginado en todo momento, y alguna ocupación que le permitiera disfrutar del marido y de su hija y no sentirse sola. De repente me veía como un palo en la rueda de aquellas emociones ajenas. Me había masturbado muchas veces imaginándola desnuda. Había sido yo quien sugirió el vernos tras las clases, muchas de esas invitaciones las había promovido yo. De haber podido elegir desde el principio, ella no hubiera elegido mi aparición, no en esas condiciones, haciendo sexo cuando faltaba el marido. Poco a poco había ido adulterándome el relato de los hechos, adulterando las imágenes, los recuerdos. Adulterándome. Yo no creía en la soledad de que se habla comúnmente. Quizá sin desear hacerlo la había consolado en aquellas revelaciones angustiosas. Ella me escuchaba hablar atentamente, también muchas de sus sonrisas burlonas me las había fingido. Yo había imaginado la angustia, adulterando las revelaciones, imaginando la verdad de mis respuestas adulteradas. Mi aparición así había sido una aparición contra ella. Por otro lado, esto quedaba al margen en la cama, sencillamente estas consideraciones no compartían la cama con nosotros. Primaba la carne, era así y era mejor aceptarlo. Nos gustaba. A ella le gustaba hacer sexo conmigo, pero el relato que me llevaba a él era adúltero, los motivos falseados. No creo que nadie desee reflexionar cuando hace sexo, pero acabado éste se convierte en simiente de historias, cuentos adúlteros hacia delante y hacia atrás. El marido no estaba loco, pensé. Imaginaba a su marido con la máscara que me proporcionaba mi fantasía, mi imagen sobre lo que yo mismo creería ser si fuera investigador científico. Tampoco él desea en todo momento su investigación, probablemente le apasione su trabajo, pero no es razonable pensar que él mismo haya ensanchado tanto ese escenario de su vida. Y si lo ha hecho, con mayor motivo querrá luego volver a casa y sostener en brazos a su hija y besar a su mujer y hacerle el amor y dormirse junto a ella, derrotado por su ideal. Me había acostado con su mujer, pero el adulterio lo consumé también con el marido. No, había sido víctima de mis prejuicios sobre ese hombre y mis presentimientos sobre esa mujer. Me había utilizado como instrumento de alivio de una pena que no era tal, pensaba, que era tal sólo a veces, como cualquier pena. Yo había engrandecido ese sentimiento de ella contra mí mismo. Me dije que el sexo con esa mujer era bueno, que ir a su casa por las tardes mientras su marido trabajaba y su hija estaba en su cuarto era excitante, que eso hacía que fuera difícil dejarlo, aunque tuviera novia y ésta fuera joven y considerada guapa e inteligente, y mis amigos me dijeran lo afortunado que yo era por tener una novia así. Y me había dicho que el sexo con ella se había convertido en rutinario, que estaba harto, y que prefería sentarme en el sofá a su lado para ver alguna película que hubiera escogido ella y adormecerme. Estaba solo, soledad como la de aquel que cree en la realidad de su relato.
Recuerdo que la miré y le dije algo orillando su pregunta. La siguiente estación era la mía; bajé.
Se apretó tanto contra mí al besarme y saludarme, era uno de esos metros con los que la ciudad rememora los trenes hacia Auswitz, que la blusa se le excitó a la altura de los pechos, magnetizada. Sin soltar la mano de la hija vuelta del colegio había alzado la rodilla al apartarse. La estela del roce cosquilleaba a su paso por los vaqueros. Entonces volví a pensar que aquella mujer, por la que tanto tiempo en cama pasé ese verano, se había perdido definitivamente el respeto. Que, otra vez, aunque no parecía inspirarle pudor la presencia de la multitud, era más vulnerable que nunca. Probablemente sufría. Había pensado aquello tantas veces que el hábito convirtió la vaga impresión original en costumbre y, sin plantearme siquiera su verdad, para mí era el dedo de Dios. Por extraño que pueda parecer, la cavilación apaciguó la reacción que la física hubiera ordenado guiada por la lúbrica puesta en escena. Quizá le parecí entonces demasiado circunspecto al finalizar su acto de presentación, pues se abotonó la blusa como quien guarda un regalo en el desván ante una ofensa de última hora. A menudo actuaba así, dando con exceso, arrebatando y apagándose más por sensaciones, por desmesuradas intuiciones, que obedeciendo a estructurados motivos, haciéndose incomprensible para el resto, posiblemente también para sí misma. Finalmente uno se acostumbraba a su noria, y ya no era tanto el vértigo de la subida ni el vientre despeñándose en las bajadas.
Había comenzado en una cocina, aunque comenzara dos horas más tarde empezó en la cocina, ella y el delantal florido agitándose ante los vasos llenos de leche merengada; pese al soplido impotente del aire acondicionado, el sopor cálido de las tardes de julio. El congelador era el único escondrijo posible para el frío en la casa, y el dulce preparado se había convertido en su interior en piedras de sabroso caramelo. Ella intentaba deshacerlas con una cuchara, con energía y técnica masturbatorias, como me sugeriría más tarde. Yo iba y volvía de su lado a la habitación de la hija, por ese mes como es natural sin clases. Tampoco su carácter le permitía mantenerse ocupada mucho tiempo en algo. Se aburría. Junto a ella la chica franco-alemana que acogían cada año unas semanas en verano, una niña de rasgos árabes muy pendiente de si se la observaba, con innegables dotes teatrales, que desde que entré en el cuarto se dedicó a escrutarme y a hacer monerías en los interludios; por lo demás, mi presencia le era totalmente indiferente, pues lo mismo le hubiera dado otro. Acabado el deshielo, la madre nos llamó a los tres y pasamos juntos a la cocina. Parecía que había tomado una ducha antes de mi llegada; el pelo todavía estaba húmedo, un mechón le caía acentuando sobre la frente una de sus cejas, el carmín vivo de los labios. Ahora la veía de cerca, sentada a mi lado, hablando sobre algún suceso del día, con las dos niñas escarbando su copa atentas a la conversación de los mayores. Tenía la cara manchada sin afearla –la piel era muy blanca, y el sol la afectaría no poco esos meses-, y un vello finísimo y oscuro cubría los carrillos debajo de las patillas Liza Minelli. Decidí que no era guapa. Tampoco aparentaba más edad de la que señalaban sus años. El tiempo había sido justo con ella. También con los pechos, al menos esa impresión daba tras el parapeto del sostén. Enmarcado en la costura de las bragas bajo el pantalón, el culo se movía con firmeza. Tras salir del paritorio, su cuerpo todavía había podido subir a la tribuna de oradores y levantar aplauso.
Las niñas volvieron al ordenador sin entenderse, pues ni la una sabía hablar alemán o francés, ni la otra una palabra de castellano, pero eran niñas y tenían un ordenador. Mientras, la mujer que me había invitado a su casa recogía las copas de helado e iba colocándolos cuidadosamente en el lavavajillas. Yo la oía hablar de los padres de la joven franco-alemana, de que vendrían pronto a pasar unos días con ellos, como era costumbre, y entonces podría llamarme para practicar el estado de mi idioma con ellos. Colocó el último vaso; la que pasó en Francia había sido la mejor de las épocas de su vida, contaba; allí había ido ella siguiendo a su prometedor marido después de que éste hubo acabado su carrera de química, había conseguido un trabajo modesto como baby-sister y había andado y conocido a las gentes de aquél país. De aquel tiempo guardaba todavía a sus amigos extranjeros. Fue la primera vez que salía del pueblo, mientras pasábamos a la sala de estar y nos arrellanábamos cada uno en un brazo del sofá. Pese a la fecha en la que estábamos, su marido pasaba casi todo el día en la universidad, donde era profesor titular de química. Dedicaba mucho tiempo a la investigación; como es habitual en los investigadores estaba absorbido por su labor científica. Su familia era el recreo. Yo la escuchaba. Lo que decía no me gustaba. No me gustaba su carácter, y probablemente a ella yo tampoco le gustara. No tenía amigos ni amigas en la ciudad, sólo conocidos en clase, nadie excepto su marido ausente y la hija desde que volvieran de Francia. La hija había nacido aquí, y desde entonces ya ningún trabajo. Eché un vistazo a las estanterías, sin literatura, tampoco películas. En clase gustaba de sacar las mejores notas, y para saberlo no reparaba en preguntar a cada uno por su resultado, en ese sentido siempre muy competitiva, incluso parecía molestarle el que ocasionalmente yo tuviera mayor éxito en algún examen. De las clases, ni hablar con su marido. Con la blusa teloneando el ombligo, decía como a aquél no le gustaba que ella hablara de cosas que él no conocía, o que un día conoció y había olvidado. Las discusiones eran por el reparto de las dedicaciones. Ella a la hija y poco más, él a los tubos de ensayo y nada más, así lo veía ella. A pesar de todo siempre hablaba con orgullo de la labor de su marido, y cuando le reclamaban de alguna universidad extranjera para alguna ponencia o conferencia, la satisfacción ganaba en ella la partida a la tristeza del abandono, de los días a solas con la hija. La miraba, hablando de todo aquello en un tono que parecía más complacido de las conclusiones que apenado por su fondo. Eso me parecía. Tampoco quería verla llorar, claro. Interiormente la culpaba de falta de imaginación, de intentar superar su situación mediante el reproche y la culpa al otro, de tipismo femenino. El marido estaba loco, y sólo cabía esperar que se recuperase alcanzada la vejez, cuando el ansia de resultados científicos desfalleciese; ella, por el contrario, ella se había condenado sola, cubriendo de oropel su pasado y sentenciando a patíbulo el presente. Yo no era compasivo. Entendía sus problemas, me los explicaba a mí mismo, pero los sentimientos no acompañaban. Tampoco hubiera sido lógico culparse por ello, la lógica era cosa distinta de los afectos. Ella hablaba, yo escuchaba. Convencido además de que era la única actitud posible, pues sabía también que carecía de soluciones. Quien cree tener soluciones, pensaba, es porque ha generalizado las que se ha dado a sí mismo. Esa operación no era lícita, era inútil. Entró la hija; la niña franco-alemana se había apoderado del ordenador sin dar más explicaciones, y no le dejaba tocarlo. Su madre le contestó que ella, su hija, tenía el ordenador todo el año, que no fuera egoísta. Le plantó dos besos en la cara y le prometió que después darían una vuelta por la feria. Al decirlo levantó el brazo, en la mesa a su espalda había un libro sobre la educación. Era dura, pero el último día de clase había preparado una tarta para todos y comprado fresas por sorpresa. Y luego disfrutó cortando los trozos y repartiendo la fruta entre los compañeros. Yo le decía, gracias mami, y ella sonreía. De eso hacía dos meses, ahora era verano. Le dije que podríamos ir alguna mañana a la playa con las niñas. Aunque prefería que fuera en compañía de su marido, esto me lo guardé; no quería que pensara que me encontraba incómodo con ella a solas. Pero lo estaba. A ella le gustó la idea. Luego se levantó y cogió de la estantería un libro sobre su pueblo en el que aparecía fotografiada de adolescente. Hacía muchos años de eso, dijo, sentándose a mi lado. Hojeaba el libro sin interés, con ella respirando sobre mi hombro; ahora era sólo el perfume, al principio fuerte, afrutado en el fondo. Vimos su foto; entonces apoyó una de sus manos en mi rodilla y comenzó a escalar con ojos cerrados el cuello, a saltos de tímida ventosa. Entonces me volví, y ella coronó la boca de las comisuras a la línea de simetría. Las lenguas se encontraron en lo oscuro. Ahora ella me ceñía suavemente con sus manos la cabeza, alborotando el pelo entre la nuca y la coronilla; mis dedos se deslizaron por debajo de la blusa, señalando al tacto las estrías del abdomen, acariciando la cicatriz de la cesárea, no osando todavía a ascender a lo alto. Besaba lentamente, como si el momento no supusiera nada brusco en la trama, como habiéndolo ensayado cada tarde con otro que sólo era yo finalmente. Besaba detrás de los lóbulos; yo abría los ojos al pecho agitado, ya con una mano sobando con descaro el trasero, separando furtivamente el pantalón y las bragas de la carne sudada, arrastrando el filo de los dientes por los hombros desnudos.
Cuando en clase el profesor me prestaba sus discos, o cuando ella veía que hablábamos animadamente durante los descansos, si en el camino a casa yo le preguntara alguna duda, contestaba que ya que era tan amigo del profesor fuera a él a importunarle. Tú eres el que habla con él, decía, velando su reproche con una sonrisa. Porque ella no quería reprochar nada, y sin embargo no podía dejar de hacerlo. No quería mis discos ni mi conversación, eso estaba claro, no me envidiaba a mí, simplemente no tenía aquello que imaginaba que yo tenía con el profesor. No sabía con exactitud si lo quería o no, pero no lo tenía. Le hacían reír el sarcasmo y la broma amarga que desdeña los reveses de la vida; no puedo decir si escuchaba, pero presenciaba las conversaciones; de vez en cuando me señalaba mi “mala cara” de por las mañanas. No era hábil en el trato, pero lo intentaba, y estaba siempre presta a tomar un café, más por la idea de sentarse a tomarlo que por hacerlo realmente. Yo casi nunca me negaba. Ahora atravesábamos el pasillo oscuro; ella iba delante, guiándome a la habitación donde cada noche compartía la cama con su marido; los dedos de la hija y su amiga daban contra el teclado del ordenador y el sonido nos llegó para abrirnos la muros. Para su hija todo seguía como cuando nos dejó, charlando en el sofá, cada uno en su brazo respectivo. Entramos en el dormitorio lleno de silencio y me preguntó si llevaba preservativo, contesté que no. Entonces dijo que esperara un momento y se metió en el cuarto de baño del matrimonio; la blusa se había apartado dejando ver definitivamente el negro sostén y la blanquísima piel hasta el cuello, el pantalón caía desordenado por debajo de la cadera. Debido al calor no estaba puesto el sobrecama. Cuando salió del baño con un par de preservativos en la mano y bajó las persianas de la ventana que daba a la calle, me pareció que las sábanas se hinchaban de frescura. Fue a sentarse al borde de la cama, dejando a un lado los condones. Uno a uno, iba despasando los botones de la blusa que habían sobrevivido al sofá; lentamente, observándose, yo la miraba desde la puerta. Esa imagen quedaría asociada más tarde a su soledad, no sé por qué extraño mecanismo. Los pechos bajaron un escalón al desabrocharse el sujetador, y unos pezones con aspecto de gominolas descollaron santificados por magnas y sonrojadas aureolas. Entonces me miró como lo había hecho otras veces, cuando yo expresaba alguna opinión o le comentaba alguna decisión que había tomado, como a un niño inconsciente. Quizá sólo descargara tensión con los labios. Todavía sin quitarse los pantalones me preguntó si iba, si venía. Me deshice del polo azul y me acosté. El colchón y la almohada se hicieron rígidos en mi cuerpo. Enfrente de la cama, el armario de amplias puertas de espejo fue devolviendo el deslizarse del pantalón hacia el suelo, las manos obligando a desfilar a las bragas por las avenidas de las piernas, el culo albino, los leves cúmulos de grasa bisagreándose con los muslos. Miré al frente, el conjunto se completó con nervudas y prominentes caderas, el vientre ausente y un pubis rasurado hacía días, deseo del marido. Colgando de la cama los pies, con las tibias apoyadas en las sábanas fue bajando mi pantalón; habían caído las pieles de cebolla, todo estaba en el suelo; nada, excepto yo y ella, veía como después de haber pasado el índice un par de veces arriba y abajo por el miembro, iba engulléndolo poco a poco, demorándose imperceptiblemente en cada centímetro, hasta la base, la lengua deslizándose por toda la superficie del glande, las yemas de los dedos derrocando dulzura en los testículos. Se entretuvo así, escondiendo y descubriendo el falo como un faro en la noche cerrada, el tiempo suficiente para que mi cuerpo alzara la voz por los días pasados sin ocuparme de él. Tragó gran parte.
Una mañana, en clase, el profesor nos había invitado a que hablásemos de nuestra primera experiencia sexual. Ella no guardaba un gran de recuerdo. El resto lo calló. A los diecisiete años se había escapado de una verbena con dos chicos del pueblo algo mayores. El destino era un descampado en el que las parejas culminaban amorosamente sus citas veraniegas, cuando las luces de los bailes al aire libre se apagaban. Desde que la edad le despertó el deseo le había seducido la idea de perder la virginidad con dos chicos a la vez, poderlo contar a sus amigas, aunque sólo uno la desflorara realmente. Ya de camino al lugar que debía ser testigo de su iniciación, con aquellos dos metiéndole mano a las tetas y al culo, sintió que no. Sintió simplemente que no, pero el alcohol y la superior fuerza de los chicos la intimidaron. No sabía cuál podría ser su reacción si ahora se echaba para atrás; además, sentía que era ella quién había empezado aquello, acercándose en el baile a ellos y jugueteando en medio suyo toda la noche. No les podía fallar. Cuando llegaron al descampado, los jóvenes la penetraron brutalmente, ignorantes del daño que aquél modo de proceder podía producir en una niña. La penetraron por el coño y por el culo, sin miramientos. A la hemorragia por la rotura del himen se unió otra en los esfínteres. No estaban preparados para esas acometidas. Aquello asustó a los muchachos; se marcharon corriendo, dejándola dolorida y sangrando. Pero ella se vistió y corrió a casa de una amiga. Tenía que lavar las bragas y la falda si no quería que sus padres se preocuparan y llegasen a descubrir lo sucedido. De modo que fue allí, en el lavadero del corral de casa de su amiga, donde concluyó su primer encuentro con el sexo, aquél que por supuesto no hizo público en clase y que me confesó, dando razón a alguna negativa, en nuestro tercer o cuarto encuentro.
Ahora estaba delante de mí, ofreciendo las magras nalgas; vi cómo agarraba con fuerza las sábanas cuando, ya con el miembro en el umbral del clítoris, penetré la estrechez de su ano con el pulgar, hundiéndolo lentamente hasta el comienzo del metacarpo. Entonces giró el rostro algo desencajado y dijo que por ahí no, ni siquiera a su marido. Tampoco había dejado que le masturbara con la lengua largo rato, en el tiempo que me di después de la primera eyaculación. Le había preguntado cómo prefería que se lo hiciese, en qué zona era más sensible; ella no había sabido responder. Pensando que el otro se aburría, le gustaba más provocar placer que disfrutarlo de una forma que a ella le resultaba en exceso pasiva. A pesar de todo, dijo haber tenido un orgasmo; yo me raspé la nariz con el pubis rasurado en alguna aproximación imprudente. Me tumbé de nuevo de espaldas sobre la cama y se acopló encima, haciendo rodillo con la cadera y dando ligeros saltitos, los pechos girando como molinillos de viento. Disfrutábamos, ella y yo; el sexo era bueno. No obstante, tanto esta vez como las que vinieron tuve la sensación de que ella atendía más a satisfacer que a ser satisfecha, como había confesado, y que si bien podía decirse que conocía la teoría de las artes amatorias y variadas y placenteras posturas, le faltaba algo de confianza para ejecutarlas de forma verosímil y convertirse en maestra, como si hubiera pensado en ellas no como en algo que sirviera para sí misma, sino para otro. Entró al baño a lavarse, tumbado en la cama yo la observaba sentada sobre el bidé; vi mi reflejo en el espejo; parecía claro que aquello se repetiría, lo deseaba. Mis opiniones anteriores sobre aquella mujer no contaban; mientras se secaba con la toalla, pensaba en la próxima vez, en volver a aquella casa y a aquella habitación otras tardes y repetir aquello; pensaba que ella también lo desearía, aunque no lo dijera con palabras. Al fin y al cabo su marido sólo se ocupaba de llamar varias veces posponiendo su hora de vuelta. Ella estaba enfadada. Salió del baño y se echó desnuda y mojada sobre mí, besándome de nuevo en el cuello y detrás de los lóbulos, como al principio. Los pechos masajeaban mi esternón, otra vez los dedos buscando el clítoris refrescado. De repente sonaron nudillos en la puerta, los dos nos sobresaltamos y ella corrió a sujetarla. La voz al otro lado preguntaba por la madre, si estaba allí. Por un momento la voz de la hija fue la sombra del marido. Desde la puerta me hacía aspavientos con el brazo indicando el baño, sosteniendo el pomo con nervio; me escondí, y ella respondió sin abrir que yo me encontraba mal, que los dos estábamos en el cuarto de baño buscando medicinas para ver si me ponía mejor, que enseguida saldríamos, que volviese a su cuarto y no dejara sola a su amiga.
Nos vestimos todavía bajo el efecto de lo que no fue, con el tiempo justo yo para llegar al trabajo; ella y el marido se reunirían en el centro, pasearían con la hija y la niña hasta que oscureciese. Me preguntó si la llamaría, dije que sí. Creía que lo había pasado bien, incluso me pareció que algunas sombras se habían mudado del rostro. Necesitaba aquello, sin duda. Yo era la única persona fuera de su familia con la que trataba en la ciudad. Por otro lado, no había hecho nada para poseerla, y si lo había hecho no me había dado cuenta. Pero esto es siempre así, me decía, los demás imaginan nuestras cualidades, sólo cabe aceptarlo. Damos hechos, todos, y después los convertimos en cualidades imaginadas. Estaba sola. No llamarla hubiera sido cruel, no podía dejarla hundirse en su casa, fastidiada por el cuidado de una hija que sólo servía para recordarle el tiempo en que no existía, abandonada por un marido entregado a sus ocupaciones, seguramente pensaba que era tonta. De repente, aquel hombre era despreciable. Ella me necesitaba. Yo tenía novia, sí, pero el sexo con esa mujer me gustaba, me excitaba más. Creía poder distinguir entre una cosa y otra, me parecía obligado el hacerlo. No diferenciar sexo y relación con de pareja hubiera resultado poco fino intelectualmente. Seguiría viendo a aquella mujer, poco importaba que estuviera casada, eso no era más que otra ficción, un vínculo imaginario. La mujer era independiente de su matrimonio, a mí eso ni me iba ni me venía.
La visité en su casa tres veces cada semana durante el mes de julio, a veces cuatro; ella se interesaba por lo que yo hacía, más por necesidad de saberlo que de que yo lo compartiera; me preguntaba cosas, pero luego no hacía nada con ellas, sólo quería saberlas. Teníamos muy poco en común. Sentados en el sofá, hablando, yo sentía la misma indiferencia de siempre. No fingía escucharla, al contrario, pero no me sentía vinculado a lo que decía, aunque el diálogo hiciera parecer otra cosa. Una tarde, antes de consumar de nuevo el adulterio, me propuso quedar todos juntos un sábado. Vendría su marido, podría conocerle, tomaríamos un café por el centro. De momento no me gustó lo que consideraba un abuso, una cosa era ver a su mujer sin que él me conociera y otra bailarle de esa forma delante de sus narices. No, no me gustaba ese juego. Ese hombre no formaba parte de mi vida y ahora se convertiría en un elemento más. Con su sospecha no quería contar. Por otro lado, él había mostrado una falta total de interés por la suerte de su mujer, probablemente si tuviera alguna duda respecto a su fidelidad la habría desechado inmediatamente, incapaz de creer en ella. Se trataba sólo de pasear un rato con ellos, tomar algo en una terraza y marcharme, los temores iniciales desaparecerían una vez le tuviera delante y luego todo seguiría igual. Ella habría disfrutado de su idea. Quizá sólo quería verme durante el fin de semana, quizá le hacía ilusión.
Me esperaban junto a un escaparate, era final de julio y salvo dos o tres parejas el centro de la ciudad estaba desierto. Allí los vi juntos por primera vez, separados de los maniquíes por las rejas y el metacrilato; ella llevaba de la mano a su hija, con él detrás contrastando con la llamativa ropa de la esposa, esa tarde petalada de una blusa fucsia, el sostén rojo mimando los pechos. Andaba y hablaba animadamente; al día siguiente irían al teatro a ver una obra griega con los amigos franco-alemanes, y al siguiente a un parque de atracciones; en agosto ella y el marido devolverían la visita en Francia, y la hija se quedaría con los abuelos en el pueblo. Allí acudirían a conciertos, visitarían museos y comerían cosas deliciosas. Teniéndolos de nuevo cerca, ella sentía que los había recuperado, que seguía siendo como aquellos años pasados en el extranjero. El hombre me miraba detrás de las gafas de pasta; era la primera vez que me veía, hablaba poco; ahora llevaba a su hija de la mano y le prometía que al volver a casa alquilarían una película de dibujos. Le pregunté un par de cosas sobre su trabajo en la universidad, queriendo integrarle en la conversación. Dijo tener ganas de que pasara julio, las verdaderas vacaciones de un profesor universitario se reducían al mes de agosto, y ya a comienzos de septiembre había que ponerse de nuevo en marcha, preparando horarios, temarios, clases. Hice un par de bromas que no le movieron a la risa. Pero no sabía nada. Era así y yo distinto. Ella parecía contenta de vernos hablar. Ahora miraba al hombre y veía un ser taciturno y apocado, y ella era la mujer joven con ganas de participar. Me preguntó por el trabajo y sobre mis intenciones de cara al futuro, y de nuevo sonreía ante mis respuestas. Para ella, mis planes siempre tenían alguna pega, algo que hacía que no mereciesen ser tomados en consideración. Los veía disfrutar de las monerías de la hija de pie sobre la silla, disfrutar regañándola y besándola, cómo se llamaban unos a otros utilizando diminutivos cariñosos y se preguntaban por lo que harían cuando me fuera. En septiembre ella, la madre, se apuntaría a un gimnasio de cadena. Continuaría con las clases. Esa noche cenaban con unos compañeros de universidad de él, para cuidar de la niña habían alquilado una niñera. Aunque no eran amigos, cuando estaban con esos compañeros lo pasaban bien, dijo ella. Quizá allí sería distinto. Me invitaron al café. Apenas tenía diez minutos para llegar al trabajo, a la otra punta de la ciudad, menos mal que se me había ocurrido coger el coche. Ella me preguntó si les llamaría en agosto; organizaríamos algo juntos, yo y su familia. Él asintió, con la niña sobre los hombros, con expresión inocente y despistada. Nos despedimos y me fui.
Era la primera en llegar a clase por las mañanas; media hora antes de comenzar ella se sentaba en el banco e iba recibiendo a los que paulatinamente nos incorporábamos a ese núcleo inicial. Era ella la primera en hablar con el profesor, al que conocía ya de otros cursos. Yo había creído en su soledad, la había imaginado sola cuando estaba a solas con ella, como ella misma a veces cuando estaba a solas con ella y al contármelo, y su rostro se me había vuelto triste; y había creído que el sexo acababa con su pena, pero la verdad era que el sexo conmigo no podía acabar con su pena, pensaba, que al fin y al cabo se fingía a sí misma contra sí misma. En el estante del mueble del dormitorio sólo había libros de sexología, de cómo mejorar y disfrutar el sexo en pareja. Pero no era yo quien había comprado esos libros, ni éstos habían sido comprados para mí. Porque quería al marido consigo más de lo que éste estaba con ella, fuera el tiempo que fuese, y no sentirse sola con la hija, porque la hija no era la que ella había imaginado en todo momento, y alguna ocupación que le permitiera disfrutar del marido y de su hija y no sentirse sola. De repente me veía como un palo en la rueda de aquellas emociones ajenas. Me había masturbado muchas veces imaginándola desnuda. Había sido yo quien sugirió el vernos tras las clases, muchas de esas invitaciones las había promovido yo. De haber podido elegir desde el principio, ella no hubiera elegido mi aparición, no en esas condiciones, haciendo sexo cuando faltaba el marido. Poco a poco había ido adulterándome el relato de los hechos, adulterando las imágenes, los recuerdos. Adulterándome. Yo no creía en la soledad de que se habla comúnmente. Quizá sin desear hacerlo la había consolado en aquellas revelaciones angustiosas. Ella me escuchaba hablar atentamente, también muchas de sus sonrisas burlonas me las había fingido. Yo había imaginado la angustia, adulterando las revelaciones, imaginando la verdad de mis respuestas adulteradas. Mi aparición así había sido una aparición contra ella. Por otro lado, esto quedaba al margen en la cama, sencillamente estas consideraciones no compartían la cama con nosotros. Primaba la carne, era así y era mejor aceptarlo. Nos gustaba. A ella le gustaba hacer sexo conmigo, pero el relato que me llevaba a él era adúltero, los motivos falseados. No creo que nadie desee reflexionar cuando hace sexo, pero acabado éste se convierte en simiente de historias, cuentos adúlteros hacia delante y hacia atrás. El marido no estaba loco, pensé. Imaginaba a su marido con la máscara que me proporcionaba mi fantasía, mi imagen sobre lo que yo mismo creería ser si fuera investigador científico. Tampoco él desea en todo momento su investigación, probablemente le apasione su trabajo, pero no es razonable pensar que él mismo haya ensanchado tanto ese escenario de su vida. Y si lo ha hecho, con mayor motivo querrá luego volver a casa y sostener en brazos a su hija y besar a su mujer y hacerle el amor y dormirse junto a ella, derrotado por su ideal. Me había acostado con su mujer, pero el adulterio lo consumé también con el marido. No, había sido víctima de mis prejuicios sobre ese hombre y mis presentimientos sobre esa mujer. Me había utilizado como instrumento de alivio de una pena que no era tal, pensaba, que era tal sólo a veces, como cualquier pena. Yo había engrandecido ese sentimiento de ella contra mí mismo. Me dije que el sexo con esa mujer era bueno, que ir a su casa por las tardes mientras su marido trabajaba y su hija estaba en su cuarto era excitante, que eso hacía que fuera difícil dejarlo, aunque tuviera novia y ésta fuera joven y considerada guapa e inteligente, y mis amigos me dijeran lo afortunado que yo era por tener una novia así. Y me había dicho que el sexo con ella se había convertido en rutinario, que estaba harto, y que prefería sentarme en el sofá a su lado para ver alguna película que hubiera escogido ella y adormecerme. Estaba solo, soledad como la de aquel que cree en la realidad de su relato.
Recuerdo que la miré y le dije algo orillando su pregunta. La siguiente estación era la mía; bajé.














